Por Rubén Adrián Valenzuela
El escritor Julio Cortázar, cuya muerte el 12
febrero de 1984 llenó de luto por mucho tiempo las letras universales,
sostenía que la coma era una puerta giratoria del pensamiento. Para
ilustrar su afirmación, dejó escrita la siguiente frase en la que una
simple coma, puesta antes o después de una palabra, da otro sentido a
todo el conjunto. Lean y analicen:
"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría a cuatro patas en su búsqueda."
Si usted es mujer, con toda seguridad colocará la coma después de
la palabra "mujer". Si es varón, en cambio, colocará la coma después de
la palabra "tiene."
Pocas veces ha habido tanta unanimidad a la hora de juzgar la obra
y la personalidad de un autor, como en torno a la figura de Julio
Cortázar, a quien muchos han dado en llamar "Cronopio Mayor".
El autor de "Rayuela", "Los premios", "62. Modelo para armar", "La
vuelta al día en 80 mundos" y un largo etcétera, decía que los aviones
eran el violín del cielo y que "Nada está perdido si se tiene el valor
de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo".
Saúl Yurkievich decía del gigantón con alma de
niño que "Su obra literaria lo proyecta y lo encarna tal como fue,
resucita al niño grande y tierno que siempre está de ida, el amigo
candoroso e ingenioso, atento a las señales de entremundos, de
extramuros, el lúcido que se alucina y sabe abrir las puertas para
salir a jugar, que todo lo siente y lo presiente, que todo lo percibe o
lo palpita, el artista, el letrado que se aventura por las marismas de
lo pavoroso y lo perverso, por las galerías de lo desconocido, el
amante del amor, el intenso y desasosegado buscador, alguien que anda
por París, Calcuta, Managua, alguien siempre propenso a dar la mano,
alguien que muestra un colmo de humanidad".
Ya sé que esta galería de "Gente que me cae
bien" nació con la intención de hablar de personas vivas, cotidianas, a
las que uno se puede encontrar en el bar, la panadería, el mercado, el
cine o en el tren. Pero es que Cortázar, para mí, es todo eso y más y
cada vez que me siento frente a un teclado para dar forma a algún texto coherente, surge entre las letras, se me planta en la
pantalla del PC y aparece en los papeles que imprimo o desecho. Su
figura desproporcionada y lúcida se me aparece como aquel día que me
encontré con él gracias a una invitación "secreta" del recién electo
Presidente de Chile, Salvador Allende. Una invitación "secreta" a las
que llegamos como mil personas, entre alumnos de la Universidad de
Chile, periodistas y políticos amigos del flamante nuevo Mandatario.
"Véngase mañana, como a las 10", me había dicho
en un pasillo el Presidente Allende. "Habrá un premio", había añadido
con cierta picardía en la mirada, queriendo aludir al libro de Cortázar, "Los
premios", que yo le había regalado un par de semanas antes en
Antofagasta (la capital del cobre chileno), donde tuvo lugar una de las
más estremecedoras y concurridas manifestaciones de apoyo a su
candidatura para el sillón presidencial. Corría el año 1970.
En la U. de Chile el "secreto" había saltado
por los aires. Julio Cortázar se había venido de incógnito (pobrecito,
él se creía que podía ir de incógnito por la vida) a celebrar con
Allende y el pueblo chileno el triunfo del socialismo democrático en la
urnas. Y cuando llegué había más de un centenar de personas que lo
ocupaban todo, salvo un sitio en el suelo, frente a un pupitre
arrinconando. Me instalé allí con tan buena suerte que, cuando el
Cronopio Mayor hizo su aparición, buscó ese pupitre para sentarse y yo
quedé frente a sus desproporcionados zapatos y casi debajo de sus
enormes manos, que movía con mucha serenidad. Mirando esas manos yo me
lo imaginaba escribiendo a máquina y pensaba que con esos dedos tan
desproporcionados debía ser muy difícil acertar a las teclas debidas,
pero se ve que él no tenía problemas, porque escribió casi hasta su
última semana de su vida.
Yo no recuerdo si lo dijo él aquel día en la
Universidad de Chile o yo me lo inventé o lo saqué de contexto de otra cita de otro escritor, pero lo cierto es que la frase "escribir
es un acto de rebeldía permanente contra el poder establecido" me
acompaña siempre. Y sé que hablar de "Gente que me cae bien" o de un
alcalde de una Villa perdida en el mapa de Europa, es, sin lugar a
dudas, una forma de rebelión. Es ganarse el derecho de ser o
desaparecer sin permiso de nadie. Por eso quería que este aniversario
de la coma de Cortázar, la coma que lo hizo doblar el camino de la vida
a los 70 años de edad, no pasara desapercibido. Él, que viajó a París
para hacerse escritor y acabó convertido en latinoamericano, hoy se
alza, tremendo, como Patriarca de los sudacas. Pese a quien pese. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es).