viernes, 22 de octubre de 2010
Por Rubén Adrian Valenzuela   
 
 
 
Las guerras suelen dejar para la historia imágenes terribles, llenas de dramatismo y dolor. La destrucción, el pánico de las multitudes que huyen, la desolación, el miedo se vienen a la mente de quien escucha la palabra guerra. Importa poco si estuvo allí o se lo contaron, si lo leyó en su periódico favorito o lo vio por televisión.


Hay una guerra, la del Frente Sandinista de Liberacion Nacional, en Nicaragua, que me despierta los sentimientos más contradictorios y cálidos...  Y hay un episodio, que si me fuera dado rebobinar la moviola hasta situarla en aquellos tremendos días de julio y agosto de 1979, elegiría sin dudar.
Eran los días de la llamada "Ofensiva Final". El ejército revolucionario que, entre otros comandaba Daniel Ortega, se acercaba ya, con aire victorioso, a la capital, Managua Allí, el útimo dinosaurio de una dinastía de dictadores: Anastasio Somoza Debayle, se debatía entre la ofuscación y el rencor. Su ejército y la aviación que comandaba se habían cebado sobre la población civil, arrasando los barrios pobres, las ciudades miserables y las aldeas sospechosas de estar apoyando a los rebeldes. Pero aún así las fuerzas del FSLN avanzaban, imparables, anunciando el triunfo que buscaban desde el 26 de agosto de 1978.
En una de esas escaramuzas, en las que los periodistas suelen quedar atrapados entre dos fuegos, de los que hay que huir  pese a que uno de los fuegos sea el de los amigos, un cura que salió no se sabe de dónde vino a decirnos que si nos agachábamos y le seguíamos, él nos sacaría del atolladero. Parecía imposible por la lluvia de cascotes y metralla. Una tanqueta de la Guardia Nacional disparaba sin ton ni son sobre nuestras cabezas y si no nos alcanzaba con sus proyectiles daba lo mismo porque un trozo de muralla, una ventana desvencijada o un andamio en ruinas nos podían cazar igualmente. Pero hicimos caso del sacerdote que, a los gritos, nos decía que hallaríamos refugio en una iglesia cercana a la que nos podía llevar con cierta seguridad. Todo era cuestión de arrastranos y reptar entre las ruinas que iban dejando las fuerzas en combate.
De pronto, alguien me cogió por un tobillo. Era una joven periodista que trabajaba, creo, para una radio argentina o chilena. Nunca lo supe. Sólo que, en aquel momento comenzaba para ella lo que yo interpreté como un episodio de pánico incontrolable o de histerismo. Gritaba, lloraba diciendo que íbamos a morir; que nos matarían antes de llegar a la iglesia que nos ofrecían como refugio y que ella no quería morir sin antes hacer el amor conmigo.
Traté de tranquilizarla, mientras los otros corresponsales de guerra y el religioso que nos guiaba, se iban alejando más y más de la trampa en que nos hallábamos.
"¡Hazme el amor, hazme el amor antes de que nos maten!", gritaba la joven mientras me abrazaba, besaba mi cara con su boca llena de gritos y de lágrimas y a mí me producía un ardor irresponsable y sensual, que no supo resistirse y decir que no, que no era ni el lugar ni el momento adecuado.
Febril, como en el mejor preludio erótico, buscamos un rincón, lo libramos de cascotes y de ruinas y sin medir las consecuencias, nos despojamos de las ropas esenciales y no amamos en un concierto de gritos y jadeos que se mezcló -o eso creí yo-, con las explosiones de los obuses y la artillería que nos rodeaba. Fue magnífico. Insuperable. Algo así como asistir a la ejecución de la Obertura 1812 de Tchaicovski, pero siendo tú uno de los ejecutantes.
Nunca más volvimos a vernos. Nunca supe su nombre, ni su nacionalidad, ni el medio para el que trabajaba. Sólo sé que fue la mujer que mas intensa y desinteresadamente me amó: sin pedir nada a cambio, sin reproches, sin acusaciones. Nunca se quejó de mi modo de actuar, ni de si la había estimulado adecuadamente y el tiempo necesario para que ella entrara en el juego... Tampoco me acusó de haberme servido de ella para mi disfrute sexual. Fue la relación más pura y más auténtica que he tenido nunca... Y ahora la recuerdo como si fuera ayer, sollozando en mi boca mientras me besaba y buscando mi cuerpo como yo buscaba el suyo.
Alguien, cuando conté este episodio en una tertulia de café, en barcelona, hace ya un tiempo, dijo que Eros y Tánatos se habían encontrado en un campo de guerra para elegir el amor y la vida. "Iban a morir y eligieron amar y vivir".
Yo lo que sé es que casi 30 años después de esa guerra, sigo pensando en ese episodio como la circunstancia en que conocí el amor más desinteresado y puro y que, gracias a él pude, unas horas después, hacerle una de las últimas entrevistas al dictador que huía, ante el inminente triunfo de la Revolución. Pero eso, como diría Michael Ende, es otra historia. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es
 


Tags: ¿Sucedió así realmente?


Publicado por R.A.Valenzuela @ 10:36
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