Por Rubén Adrián Valenzuela.- Miguel Delibes y un ridículo brutal
Durante un paseo por las calles de Valladolid, el pintor gallego Jos Penna hizo reir, a mandíbula batiente, al autor de "Los santos inocentes".
Miguel Delibes vivía en el centro de Valladolid, en una calle con referencias históricas: Dos de Mayo, a la que fuí una mañana, inducido por el pintor gallego Jos Penna, quien se pavoneaba de haberle tratado muchas veces pero de no haberle leído nunca. "En sus novelas habla de una España que yo no conozco ni comparto", me decía.
Yo llevaba poco tiempo viviendo en España y ya había leído casi todo lo del viejo cazador, pero estaba deslumbrado con su novela más reciente y más corta, de apenas 120 páginas: "Los santos inocentes", que aún no se convertía en película.
"Ya verás" - me decía Jos Penna-, "que es un personaje de lo más corriente. Yo diría que es casi aburrido".
Llegamos a la puerta de su casa justo en el momento en que Delibes salía para un paseo habitual en él. Y no nos invitó a pasar, sino a que le acompañásemos. Iba hasta un parque cercano, donde solía encontrarse con sus amigos y contertulios, con los que participaba -para mi gusto-, en una costumbre un poco macabra. Cada vez que comenzaba una de esas llamadas "Operación salida", en que miles de españoles se echan a la carretera con sus coches para unos días de vacaciones, ellos hacían una quiniela intentando adivinar el número de muertos que habría al final de la jornada. 40, 75, 90 o 115 víctimas mortales, según la cifra que entregaría la DGT ( Dirección General de Tráfico), darían el triunfo a uno o a otro, que quedaría excento de pagar su cuota en un restaurante al que concurrían cada cierto tiempo.
Penna me contó esta costumbre del escritor y sus amigos, mientras cruzábamos calles y pasajes, camino del parque. Delibes casi no hablaba, pero cada tanto preguntaba cosas sobre Sudamérica y las dictaduras; sobre Pablo Neruda (al que había citado en "El disputado voto del señor Cayo", en uno de los versos más dramáticos del libro-poema "Alturas de Macchu Picchu" ). El personaje de ficción, que para mí era Felipe González con otro nombre aunque Delibes lo negaba, recita en la novela, mientras levanta un vaso de vino: "Yo vengo a hablar/ por vuestra boca muerta".
- ¿Le gustaba Neruda, maestro?, pregunté mientras aguardábamos ante un semáforo.
- Era un escritor torrencial. Su producción es tanta, que aunque haya cosas muy malas, como su poesía política, hay cumbres de genialidad que yo he disfrutado mucho.
El pintor gallego que nos había presentado quiso halagarme diciendo que yo era un profundo conocedor de la obra de Neruda, pero Delibes le cortó: "Escribió tanto y de tantas cosas que no creo que haya nadie que conozca toda su producción". Luego añadió que para miles de españoles Neruda había sido un refugio y una esperanza en los tiempos de la dictadura de Franco. "Yo pasaba por ser franquista" -dijo- "porque dirigí un periódico del Movimiento, pero en ese tiempo era hacer eso o desaparecer. Y Neruda, con sus versos, en los que mandaba al general San Jurjo a los infiernos y a Franco a los infiernos como chacal "que el chacal rechazaría", era reconfortante.
Penna insistió para que el escritor vallisoletano nos hablara de su apuesta sobre los muertos tras la "Operación salida" y él retrucó: "Pero bueno... ¿por qué te interesa tanto ese asunto. Es una cosa nuestra, inocente, sin trascendencia".
Penna, que veía en esa pregunta su oportunidad de atraer la atención y de llevar la conversación a su terreno, soltó algo que yo creo que hasta hoy, en su nicho del cementerio, debe estar causando la risa de Delibes:
- Es que yo creo, maestro que el hecho de que tanta gente se mate en las carreteras forma parte, también, del equilibrio ecológico... La naturaleza regula así el crecimiento de la población.
Delibes y yo, al unísono, soltamos una carcajada que hasta hizo que algún autmovilista que pasaba por allí, se sobresaltara. Creo que pocas veces el autor de "El disputado voto del señor Cayo" se habrá reído tanto y ante tanta gente, porque cuando llegamos al punto donde se debía reunir con sus amigos, les contó la burrada que había dicho mi amigo pintor y ya la carcajada fue general y a coro. Penna, que no sabía donde meterse tras el soberano ridículo, añadía más y más leña a la hoguera, insistiendo: "Pero es que si la gente no se muriera, ¿dónde de ibamos a caber todos?, digo yo".
Nunca más volví a visitar Valladolid. Tampoco tuve ocasión de charlar otra vez con el viejo periodista, que se despidió de mí llamándome "colega", de un modo que yo sentí como un halago inmerecido. Pero seguí interesándome por su obra y por su figura. Cuando lo entrevistaban en la tele o leyendo sus artículos en alguna revista solía admirarme con su sencillez y bonhomía. ¡Qué distinto de aquel censor, arribista y chivato franquista que fue Camilo José Cela, al que sí le dieron un premio Nobel! Y puede ser, leo ahora en algunos homenajes, que Delibes salió ganando al morirse sin recibir un premio que tan poco prestigio añade a la obra de un autor. Y es que, como decía Neruda, "hay muertos que más se elevan/ cuanto más su ataúd baja". (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)