sábado, 06 de febrero de 2010
 
El mundo de los muertos era todo luz y bondad. No existían ni el sufrimiento ni el dolor y sólo la falta de comunicación con el mundo de los vivos causaba cierta inquietud.
 
 
 
Por Rubén Adrián Valenzuela  
 
 
 
"Tienes que volver, Señor. Apiádate de nosotros y vuelve ya de aquel lugar al que te anviaron los hombres".
Yo había preguntado por la gente. Quería saber qué hacían, qué decían y cómo observaban la Palabra de Dios, pero los obispos no contestaban. Se limitaban a rezar y a rogar que abandonase mi lugar entre los muertos, los cuales a su vez no querían verme de nuevo entre los vivos.
"Te volverán a matar", me había dicho uno de ellos.
"Te crucificarán de nuevo. O, peor aún, te llevarán a una cárcel secreta y te torturarán con métodos modernos", añadió otro.
"La iglesia te negará una vez más y te entregará a los verdugos".
El mundo de los muertos era todo luz y bondad. No existían ni el sufrimiento ni el dolor y sólo la falta de comunicación con el mundo de los vivos causaba cierta inquietud.
"¿Por qué no podemos ayudarles, servirles de guía, aconsejarles?"
Yo les decía que los hombres habían de aprender la lección ellos solos. Que sus acciones debían marcarles el camino, ayudarles a encontrar la verdad.
"¿Y por qué, para morir primero hemos de vivir? El paso por la vida es lo que lleva a muchos a perderse".
Había mucha sabiduría, mucha comprensión entre los muertos. Ellos entendían lo que yo mismo no había comprendido cuando en mi tránsito terrenal tuve que padecer tanto dolor, tanta humillación: "¡Padre! ¿Por qué me has abandonado?" "¡Aparta de mí este cáliz!"
"Este es tu Reino, Señor. Aquí tu Palabra es Ley y nadie podrá traicionarte", insistió una de las almas que me acompañaban. Yo sabía que los hombres en la tierra no habían escuchado mi mensaje. Les miraba matándose unos a otros, inventando métodos para eliminar pueblos enteros con sólo apretar un botón, sin remordimientos y, en muchos casos, invocando mi nombre. Veía mi casa arrasada, mi iglesia convertida una vez más en circo y lonja para mercadeo. Sabía que mis obispos y sacerdotes no soportaban mi carga; que renegaban a solas de mi mandato y que incurrían en actos censurables sólo porque eran hombres y, como tales, sin fuerza mi voluntad para encontrar el camino.
"¿Por qué no les castigas, Señor? ¿Por qué no les envías una plaga que les saque de la vida y vengan aquí a rendir cuentas?", insistían los muertos, los que ya gozaban de la paz eterna y estaban con mi Padre y junto a mí...
En mi Reino nadie rinde cuentas. No hay un juicio final, como se ha dicho. No al menos como en un gran tribunal. Y no hay un juez supremo que investiga y castiga, porque aquí todo se sabe. Los que no saben, son los hombres. Y son ellos los que han de aprender, corregir y enmendar sus actos. Ellos, en vida, deben aprender la lección, buscar la verdad y la luz del entendimiento y, si al morir, su juicio final, su propio juicio, no les dice que han cumplido, han de repetir y repetir hasta encontrar el Camino que les trae hacia mí.
"¿De modo, Señor, que no volverás a habitar entre los vivos?, quiso saber uno de los muertos.
Yo le miré y no respondí, porque esa era la misma respuesta que estaban esperando los obispos que habían venido a mi tumba tres días después de mi muerte.
"Señor" -intervino el obispo del Oeste, que hasta ese momento no había abierto la boca-. "¿Es esta tu iglesia, la verdadera, la única, la que te representa?"  (rubénadrianvalenzuela@yahoo.es).
 

Tags: Todo era luz y bondad

Publicado por Desconocido @ 17:57
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