Por Rubén Adrián Valenzuela
Les dije, sin embargo, que la muerte del Pastor no justificaba que sus ovejas se esparcieran, descarriadas, por el monte. "No se entregan animosas en las fauces del lobo, ni se arrojan decididas al barranco en la montaña". = sumario
Tres días después de mi muerte, vinieron a verme los sacerdotes para decir que era conveniente salir del sepulcro y mostrarme en público. Ellos pensaban que si pasaba mucho tiempo sin que la gente supiera de mi, comenzarían a desencantarse, a mostrarse impíos, faltos de fe, insolidarios, crueles y hasta salvajes con sus semejantes.
Yo no estaba de acuerdo con los hombres del Templo, pero debía ser prudente. Ellos eran el único nexo que me quedaba con el mundo de los vivos y si se alejaban, si se sentían ignorados por mí, podían sentirse inclinados a buscarse otro Señor, alguien a quién servir sin tantas dificultades y muchas más compensaciones.
Les dije, sin embargo, que la muerte del Pastor no justificaba que sus ovejas se esparcieran, descarriadas, por el monte. "No se entregan animosas en las fauces del lobo, ni se arrojan decididas al barranco en la montaña. Si algo han aprendido, permanecerán juntas, buscarán abrigo y alimento y al llegar la noche volverán a su redil, como de costumbre".
El obispo del Norte exclamó quejumbroso que yo no conocía la naturaleza de los hombres, que eran como niños, irreflexivos, caprichosos, egoístas y mezquinos. Dijo que lo querían todo para ellos, que sólo buscaban satisfacer sus instintos y que no les importaba el bien común. "Si hacen un estropicio" -enfatizó-, "no se detienen a recoger los despojos ni a restaurar lo destruido. Siguen adelante, como si solucionar los desperfectos fuese tarea de otros".
Su hermano el obispo del Sur añadió que todo el tiempo que yo había pasado entre los muertos era mucho y que más parecía que me había tomado unas largas vacaciones. "Han crecido la herejía y la blasfemia. Los profetas ya no cantan a tu nombre y anuncian redentores falsos con mandatos nuevos. Visten raros ropajes, dictan leyes injustas y hacen fiesta entre semana. " La guerra y la muerte son el pan de cada día" -dijo el prelado-. "Tiran bombas y metralla. Lanzan fuego, peste y hambre y el dolor no les detiene. Si se debe matar pueblos enteros, no desvían ni sus tanques ni sus coches. Aplastan niños, mujeres y animales, queman todo y asesinan. El horror es su consigna y la tortura una enseñanza que se imparte en sus escuelas".
El hombre sollozaba, temblaba y se atoraba. "Todo lo hacen en defensa de un sistema que no sabe de respeto ni decencia. Da lo mismo si eres negro, blanco, viejo o concejal. Te llevan a cárceles clandestinas, te torturan, te mancillan... No se vuelve a saber ni de tus huesos".
"Tienes que volver, Señor", dijo el del Este. "Sólo Tú puedes salvarnos".
Yo guardé silencio. Meditaba.
El del Sur habló de nuevo: "Hacen cosas en tu Nombre, pero mienten o interpretan tus Palabras a su antojo. No les gustan muchas cosas que Tú hiciste y las cambian, como dioses rencorosos. A algunas les extirpan el clítoris y a otras les tapan la cara. Pero luego, en lupanares, hacinados, fornican con hombres y animales. Y se exhiben desnudos, en bandadas, para despertar el lubrio y la sevicia. Nada les detiene, nadie es sagrado, ninguno es respetuoso y pagando el precio convenido se obtiene lo que place, sea niño, hembra, bestia o funeral...
El purpurado del Norte asentía a todo, diciendo que si, que era cierto que ya nadie estaba seguro en la Tierra. Se refirió a la doble moral de los mandantes, capaces en público de lapidar a la misma mujer con la que habían estado fornicando la noche antes. Habló de los vicios y la corrupción, de la trata de esclavos sobre la cual se construían imperios y de la guerra como negocio, de la explotación de los niños en minas inmundas y del aborto legal, que pagaba el Estado. "A los niños no natos los matan y a los que llegan al mundo los violan, los exhiben desnudos, los usan de recambio, arrancando sus partes en trasplantes de riñon, de pulmones, de ojos...
"Hazte cargo, Señor", volvió a insistir el mitrado del Este. "Sólo si te muestras vivo y resplandeciente las cosas volverán a ser limpias y puras".
No me daban respiro. Era como una letanía de despropósitos y aberraciones. Me hablaron de las guerras, de las campañas de exterminio de pueblos completos y de los ejércitos invasores. Supe de las cámaras de gas y de las bombas de napalm. Me contaron de Hiroshima y de Nagasaki, de Sabra, Chatila, Chernobil y Bhopal. Escuché, lleno de horror, los relatos de campos de exterminio masivo en Alemania, Polonia, Yugoslavia. Describieron Vietnam, Laos, Camboya con sus campos de la muerte, Chile, Argentina, Guatemala, El Salvador.
Supe de las guerras religiosas de los Balcanes y de las Torres Gemelas de Nueva York, la invasión de Irak por un maná que llamaban petróleo y la destrucción de los bosques en la Amazonia, en busca de un metal, el oro, que ya antes habían usado para construir un becerro en el desierto con el que pretendían sustituirme...
"¡Ya basta!", exclamé de pronto, agobiado. "¿La gente, qué dice?"´
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