Los ángeles viajan en autobús ( Capítulo II )
Un milagro en el terrado
Por Rubén Adrián Valenzuela.- Mucha gente sabe ya que es cierto que "no estamos solos" y están convencidas de que Dios o esa forma de luz que nos ilumina en momentos de incertidumbre, está dentro de nosotros, porque somos, en realidad, el Dios hecho a imagen y semejanza de los hombres.
"Hay criaturas que se parecen a Dios solamente en el existir, como las piedras; otras, como "las plantas y los animales, en el vivir; otras, en el entender imperfectamente, como el "hombre. Parece pues natural, que existan otras criaturas puramente espirituales y "perfectamente intelectivas, que se parezcan a Dios de la manera más perfecta en que se le "pueden parecer las criaturas." (Santo Tomás de Aquino: Summa Teológica).-
Parece que Tomás de Aquino lo tenía claro, pero no mucho. En su propia definición de los ángeles se puede ver que él entendía que ya nos podíamos parecer a Dios solamente en el existir, sin comprender que en realidad Dios se parecía a nosotros, porque somos Dios y habita en nosotros hasta que se manifiesta.
Esto lo saben ahora miles de personas que han encontrado la luz en su interior y se han dado cuenta de que pueden manifestarse en su Gracia Divina, hacer milagros y predecir los acontecimientos futuros, aunque queda mucha oscuridad y mucha ignorancia para combatir.
Conozco el caso de un hombre que subió al terrado de su casa (un edificio de unos seis pisos), para darle un baño de sol a su hijo, de unos ocho o nueve meses. Allí, mientras el crío jugaba y se movía de uno a otro lado, el hombre se distrajo con el teléfono móvil. Pasados unos minutos quiso buscar al niño, pero este había desaparecido. Desesperado, corrió por todas las esquinas y todos los recovecos del terrado, mientras clamaba al cielo: "Que no pase nada, que no ocurra nada, por Dios".
Al cabo de unos minutos, mientras daba vueltas en círculo en torno al patio de luz del edificio, oyó una conversación. Alguien hablaba con su hijo y pensó que se trataba de un vecino. Llamó en voz alta, pero nadie le respondió. Buscó un taburete y se encaramó sobre el muro que separaba el patio del terrado y allí vió, con verdadero espanto, que el niño estaba unos dos metros más abajo, gateando sobre una viga (seguramente una salida de humos o una descarga de gases), bajo la cual se abría un abismo de 15 metros, jalonado de tendederos y uno que otro toldo de esos que se instalan para proteger la ropa recién lavada.
MI amigo buscó el sitio por el cual pudo gatear su hijo hasta esa viga y a ras de suelo encontró una gatera: esas aberturas de no más de 30 centímetros cuadrados por las cuales descarga la lluvia de los terrados y que sirven a los gatos de la comunidad para ir a uno u otro sitio del edificio. Se agachó, mientras seguía oyendo que alguien hablaba con su hijo, el que a su vez gorjeaba algunas palabras en su media lengua de bebé. Vió uno de los pies del chiquillo y sin pensarlo un segundo metió el brazo por el pequeño agujero y cogió a su hijo por el tobillo.
Tendido boca abajo sobre el terrado, el hombre comprendió que mientras perdía el tiempo hablando por teléfono, el niño gateó y se coló por la gatera hasta salir, cual felino, al otro lado, donde el suelo le esperaba 15 metros más abajo. Le aferró por una pierna decidido a no soltarle así pasaran las horas y comenzó a dar voces, buscando que alguien le escuchase y viniera en su ayuda. Nada. El silencio más atroz le respondía.
Si sacaba al niño por el pequeño agujero, jalándole hacia sí, le iba a desgarrar los brazos, que quedaban atascados a la altura de las axilas. "Dios" -dijo, no sabe si en voz alta o mentalmente-, "si mi hijo cae, yo saltaré detrás de él. No podría vivir con este dolor".
Pasó una hora interminable. El bebé lloraba a ratos, quedamente, como diciendo: "Papá, sácame ya de aquí", pero pronto se quedó dormido y se relajó. Mi amigo volvió a dar voces, llamando a alguno de sus vecinos, pero nadie acudió en su ayuda. Entonces, con el bebé durmiendo sobre la estrecha pasarela de gatos, deslizó su mano haciendo presión sobre la espalda del crío.
La otra mano no podía meterla por la gatera, por falta de espacio y porque para intentarlo era necesario soltar el pequeño cuerpecito, cosa que mi amigo no estaba dispuesto a hacer por nada del mundo. Buscó uno de sus bracitos y lo puso paralelo al cuerpo y luego hizo lo propio con el otro brazo y volvió a coger el cuerpo de su hijo, ahora por las dos piernas y comenzó a tirar. Milagrosamente el niño ni se movió ni cambió la postura de sus brazos, con lo cual salió como un pez a traves del pequeño túnel en la gatera.
En cuanto tuvo a su hijo en los brazos, mi amigo corrió al templo católico más cercana y, sin haberlo vestido siquiera, lo levantó en brazos, desnudo frente al altar mayor y dió las gracias a aquel ser invisible, ángel o deidad, que mantuvo la atención del niño para evitar que se sentara o cambiara de postura sobre la viga que se cernía hacia el vacío.
Cuando visité el lugar para constatar la historia de mi amigo, que me acompañó con su hijo cogido de la mano, sentí vértigo al ver allá abajo, a ras de la planta baja, esa terraza interior donde ni la ropa que cae de los tendederos, se puede recuperar con facilidad.
Mi amigo dice que él no es creyente, pero está convencido de que un ángel, un ser de luz, acompañó a su hijo en momentos tan cruciales. Y es que, como dicen los que saben, Tomás de Aquino incluido, "no estamos solos". (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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