lunes, 19 de octubre de 2009
POR Rubén Adrián valenzuela.- Hay un algo de voluntarismo y un mucho de anticomunismo trasnochado en esta apuesta por una efemérides que aún hoy, los propios alemanes, no ha digerido.


Para muchos en este país, la caída del tristemente célebre "Muro de Berlín" es un acontecimiento más digno y memorable que la llegada de Colón y sus naves a América. Las televisiones y las radios nos han estado machacando con programas especiales, que recogen testimonios y archivos de lo que fue, en los primeros días de noviembre de 1989, aquella herida que dividía en dos a Alemania. Un importante rotativo madrileño dedicó todo el suplemento dominical a recordar "un momento que cambió el mundo para siempre", como si lo de la Pinta, La Niña y la Santa María hubiese sido un cuento para cantar en las rondas infantiles y en los patios del colegio, a la hora del recreo.
Hay un algo de voluntarismo y un mucho de anticomunismo (anticomunismo tardío y manoseado), en esta apuesta por una efemérides que aun hoy, los propios alemanes no han digerido. El escritor, Premio Nobel de Literatura en 1999, Günter Grass todavía clama por cómo se hizo la reunificación de las dos alemanias y culpa a Helmut Kohll, ex canciller la RFA, de una cierto voluntarismo a la hora de enfrentar ese proceso. "La cosa no habría ido tan mal con un poco de calma y alguna consulta a los intelectuales", dice.
De hecho, para quienes hemos visitado Alemania después de la famosa "caída" y posterior reunificación, lo único que queda en evidiencia es que hoy la división es, no entre alemanes del este y alemanes del oeste, sino entre alemanes pobres y alemanes no tan pobres (los ricos siempre corren en una división especial). Más aún, hubo miles de alemanes que, pasados dos días después de derribada esa frontera artificial, todavía no se habían enterado de la noticia, porque sus preocupaciones vitales eran otras, mucho más urgentes y sentidas. Y he sabido de amigos míos que tardaron hasta tres y cuatro meses en visitar el "otro lado" del muro, porque estimaban que allí no se les había perdido nada. Y más de uno y más de miles se han cuestionado estos días de crisis económica global, si no estaban más protegidos y sin tantos agobios en el "Anciem Regim", donde había poco de todo, pero todos tocaban un poco, por poco que fuese.
Pero se trataba de desprestigiar el comunismo a cualquier precio. Era la representación del mal y cuando el muro cayó (y más tarde la URSS), el mal cambió de representante y ahora lo toca el turno a los árabes y los musulmanes, mientras que levantar muros (Entre USA y México en América o entre Israel y Palestina en Oriente Medio) ya no es tan feo ni tan reprochable y nadie nos ofrecerá dominicales en papel satinado para contarnos cuántos mueren a diario en esas fronteras entre la vida y la muerte.
Por eso nos olvidamos de Colón, que pasó lo suyo para llegar al Nuevo Mundo. Su idea de una nueva ruta para hacer negocios y su ideología de cristiano ( si es que no era judío, como dicen) no molestan a nadie, aunque casi nadie, hoy, recuerde que para llegar a donde llegaron, los gallegos, vascos, andaluces, cántabros, extremeños, castellanos y etc., hubieron de pasar hambres, enfermedades, beber aguas fermentadas, comer panes podridos y otras calamidades de imposible enumeración.
Jerónimo de Vivar, un burgalés nacido en 1524 y que emigró a las tierras al otro lado del Atlántico cuando ya Colón estaba en España condenado por la Santa Inquisición, cuenta en un libro de crónicas que ha permanecido inédito durante siglos, que "el agua de bebida es de tan mal olor y salobre (...) que aun no habiendo tanta los hombres buscan de no beberla. Acostúmbrase llevar el agua en calabazos, donde los hay. Y en ocasiones acostumbran de llevarla en unos odres o vasijas de cuero, hechas desta forma: "Matan algún carnero o animal similar y le desuellan las piernas de la rodilla hacia arriba, hasta la ingle y le atan y otros le cosen y pélanle no muy bien y con el pelo adentro, hínchanle de agua y por quitar el mal sabor del agua, échanle un poco de harina de maíz tostado. Cabe en un odrecillo de éstos un azumbre (medida de capacidad en la época) o dos de agua y de aquella beben y no la tienen en poco...
De verdad, si se contara la historia de cómo fue y para qué sirvió tamaña empresa, que sí cambió el curso de la historia para siempre, no tendríamos que estar dedicando suplementos domincales a una demolición que nadie, ni los más secretos servicios de espionaje, supo prever. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)

Tags: Anticomunismo manoseado

Publicado por Desconocido @ 13:42
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