Por Rubén Adrián Valenzuela.- Nadie te levanta el ánimo. Todos quieren verte sufriente y cariacontecido y si te muestras indiferente frente a la enfermedad, te acusan de irresponsable.
Desde hace tres o cuatro días estoy en cama, con el pie izquierdo en alto y el brazo del mismo lado semiparalizado. Dos lunares cuyo aspecto no fue del gusto de mi dermatóloga, me llevaron a comienzos de semana hasta un quirófano del Hospital de la Cruz Roja, en Barcelona y aquí me tienen, agujereado por arriba y por abajo, esperando a que un forense diga ahora si había razones para operar o no.
Les cuento todo esto y yo mismo me río de la circunstancia, porque todavía no entiendo cómo fue que me dejé convencer de esta operación que, desde siempre, me ha parecido innecesaria. Ya verán cómo al final de todo descubren que se trataba de dos manchitas inofensivas, probablemente de grasa, que ni me quitaban ni me añadían atractivo. El que tuvo, retuvo, dicen... Jeje.
El tema es, sin embargo, que no sintiéndome enfermo ni alarmado, todo mi entorno se manifestó prepocupado, asustado y hasta fatalista diría yo. Por eso he mezclado los títulos de dos de las obras más conocidas y representadas de Moliere: "El médico a palos" y "El enfermo imaginario", que como sabrán, fueron escritas y representadas con gran éxito allá por los años 1666.
En "El médico a palo" Moliere contaba la historia de un pobre leñador que gustaba de pegar a su mujer, una buena costumbre que se ha perdido con los años. Vengativa ella, convenció a los sirvientes de un vecino de que su marido ( que había trabajado unos años como ayudante de un galeno de verdad), era médico en secreto pero que sólo lo admitía después de una buena paliza. Sganarelle, que así se llamaba el buen leñador, acababa molido a palos, ejerciendo falsamente de médico y metido en una feroz comedia de enredos que, afortunadamente, al final se arreglaban.
El otro personaje de Moliere, "El enfermo imaginario", hablaba de un hipocondríaco que se pensaba que estaba al borde de la muerte, para alegría de su mujer, Béline, que soñaba con enviudar para hacerse cargo de la herencia, que suponía cuantiosa (en eso no hemos cambiado tanto hasta nuestros días). Argan, el enfermo imaginario, llegó a fingirse muerto para poder descubrir quien lo quería más y era digno de heredar su fortuna, pero en el proceso y ayudado por Purgon, su médico, acabó él mismo convertido en "matasanos", lo que, al final, da lugar a una divertida serie de situaciones, cuando es introducido en la hermética sociedad de médicos de París.
En mi caso, ni acabé recibiendo palos ni tuve que fingirme enfermo, pero no faltó quien me reprochara mi falta de seriedad ante los avatares de la salud. Una amiga se enfadó cuando me puse a cantar, con la melodía de "Vamos a contar mentiras", que me iban a cortar un pie y que pronto me verían saltando a la pata coja. Otra dijo que yo era muy valiente y que ella, en mi lugar, estaría hecha un mar de nervios.
La verdad es que llegué a pensar que haría muy contentas a unas cuantas amistades si me fingía malito y me ponía pálido y nervioso (¡Si hasta la dermatóloga que me operó dijo que me estaba portando muy bien!). En fin, que ahora que ha pasado la alarma y sin que nadie se entere, estoy haciendo testamento y ordenando mis cosas más íntimas... No sea que aquellos que se preocuparon tanto por mi, tuvieran razón y yo no les hice caso. También he encargado un par de sahumerios, he comprado unos cuantos amuletos y he puesto tras de la puerta de mi habitación una patita de conejo. La salud es cosa seria y no hay que tomársela a la ligera, pero claro: esto no se lo cuento a mis amistades ni a mi neumóloga favorita, porque entonces dirían que soy cobardica y eso, eso sí que podría dañar seriamente mi salud. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es).
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