MÓNICA MADARIAGA NO QUERÍA MORIR EN UNA CÁRCEL DE MADRID
Por Ruben Adrian Valenzuela, desde Barcelona, España.- El proceso abierto por el juez Garzón en contra de varios ministros de la dictadura, impidió que la ex ministra de Justicia viajase a España para tratar su enfermedad y de paso ofrecer algunas conferencias. En esta nota de un periodista que fue su amigo y confidente, se traza un perfil de la mujer que impidió que Pinochet se autocalificase de Jefe del Estado de Chile.
Por Rubén Adrián Valenzuela
Un día, en su despacho del ministerio de Justicia, le conté a Mónica Madariaga un chiste que la hacía aparecer, a ella misma, en una recepción de la embajada de Bolivia. "Señora ministra" -decía el embajador boliviano-, "le presento a nuestro ministro de Marina" ¿Ministro de Marina? -respondía asombrada Mónica-. ¡Pero si Bolivia no tiene mar! ¿ Y cómo usted es ministra de Justicia en un país que no sabe lo que es eso?, le contestaba con prontitud el representante del Ejecutivo altiplánico.
Mónica Madariaga rió con desgano el chiste y me pidió que, en todo caso, no contara yo, en mis crónicas, esta anécdota. "No puedo aparecer públicamente escuchando este chiste y no aplicarte el artículo xxx, sobre desacato a la autoridad...
- Espero que no se lo cuentes a tus soplones de la DINA, le dije, un poco teatralmente, como para seguir chinchándola.
- No te preocupes mijito, que ya lo saben todo de ti. En tu diario estás rodeado de "Dinos", que vigilan tus paso, los míos y los de todo el mundo. También tienes a la CIA sentada muy cerca de tu mesa de trabajo.
No quiso dar nombres, pero sí las suficientes pistas como para que yo me cuidara un poco más.
La amistad con Mónica Madariaga me vino dada por vía matrimonial: La madre de mis hijos (con la que llevo ya muchos años separado) había conocido de pequeñita a la mamá de Mónica (me parece recordar que la señora hizo alguna vez de modista para la familia de mi ex) y era tanta la confianza y amistad, que hasta la llamaban tía. De modo que cuando Mónica Madariaga apareció en público, yo no tuve ninguna dificultad para acercarme a ella y convertirme en su amigo y, a veces, en su confidente, pese a que mi condición de izquierdista le invitaba a la prudencia y a veces a la ironía.
Un día me reprochó: "Eres tan antipinochetista, que no encuentras nada bueno en su accionar, aunque merezca la pena celebrarlo".
"Cuidaos de aquellos demonios que vendrán a hacer milagros en mi nombre', dijo Jesús", fue mi respuesta.
Ella gustaba de explicar a sus conocidos que el cargo de ministra de Justicia me lo debía: "Fue la entrevista que Rubén le hizo a Renato Damilano (aquel jurista que, como ministro de Justicia, declaró que los obispos eran tontos útiles del marxismo), lo que me trajo hasta aquí. Damilano renunció y yo tuve que venir a reponer los platos rotos".
Recientemente, ya aquejada del cáncer que la llevaría a la tumba, me pasó un e-mail donde me contaba que entre las grandes meteduras de pata de don Renato, la que más le había dolido era que hubiese sacado a los menores en situación irregular de la tutela del Ministerio de Justicia y la hubiese pasado a Interior. "Tardamos como tres años en corregir sus desaguisados y para recuperarlos y ampliar la cobertura para preocuparse de ellos fue necesario crear el SENAME. Fue una ardua tarea . Cuando cayó por la burradas que declaró en tu entrevista, Augusto (Pinochet) me pidió que lo mandase de vuelta al Consejo de Defensa del Estado, de donde vino a hacerse cargo del ministerio, pero yo me opuse con todas mis fuerzas. No quería tenerlo cerca".
Mónica era así, tajante. Definitiva en sus fobias y leal amiga y servidora cuando entrabas a formar parte de su círculo. Su pasión por la verdad y las cosas bien hechas, la llevaban a comprometerse aún más allá de lo prudente, al extremo de arriesgar el cargo y la salud por defender sus posturas.
Un día que pasé a verla a su despacho, estaba echa un basilisco porque la periodista Rosario Guzmán Errázuriz había dicho, en una entrevista, que la ministra tenía un jarrón con flores de plástico en la mesa de centro de su departamento. ¿Cómo quiere que ponga flores de verdad, con agua y en jarrones de cristal, si mi mamita se cae y con todo eso arma una melcocha cuando está sola?
La convencí de que se olvidara y se viniera conmigo a ver una película. Eran las 11 de la mañana y en una distribuidora cinematográfica de la calle Huérfanos estaba previsto un pase privado (para la prensa especializada) de la película "Brubaker", con Robert Redford. Pospuso todos sus compromisos y se vino conmigo al cine, donde la convencí de que lo mismo que pasaba en el filme, debíamos hacerlo en la Cárcel Pública de Santiago. Fue la génesis de mi reportaje "La cárcel por dentro", que La Tercera (diario que aún me debe una cuantiosa suma de dinero) publicó por capítulos y que provocó tanto malestar en Pinochet, que a punto estuvo de cerrar el diario por una semana. Si no lo hizo fue porque su prima, ministra de Justicia, asumió toda la responsabilidad y dijo que ella se había comprometido a facilitar su publicación.
No sé si alguno recordará el revuelo que provocó ese reportaje, pero yo comencé a pasarlo muy mal, con amenazas de muerte e insultos y llamadas telefónicas anónimas a mi esposa y mis hijos. Mónica me dijo que eso eran puras bravatas y que ya pasarían y, para tranquilizarme, propuso que la invitara a cenar con mi familia. Quedamos una tarde, a la salida del ministerio, y nos fuimos en su automóvil oficial, sin chofer, por Providencia hacia arriba. Dos vehículos de seguridad y un par de motos de carabineros comenzaron a seguirnos y a cerrarnos peligrosamente el paso. De pronto, antes de llegar a Pedro de Valdivia, una moto se detuvo delante de nosotros de manera tan abrupta que casi nos lo llevamos por delante. Indignada, Mónica bajó del coche, fue hasta el carabinero y le preguntó qué pasaba. "Es por protegerla a usted, señora Ministra". La respuesta fue fulminante: "Nadie le pidió que me proteja y mucho menos que se me cruce por delante de mi vehículo. ¡Retirense todos, inmediatamente, voy a la casa de un amigo y no hay ningún peligro del que deban protegerme". Cuando volvió al coche, ordenó que me pusiera al volante: "Tú conoces mejor el camino a tu casa, así es que llévame tú". Ocupé su lugar, más contento que un niño con zapatos nuevos y en el trayecto a mi casa nos divertimos haciendo sonar la sirena de alarma del vehículo y saltándonos tres o cuatro semáforos, sin poner a nadie en peligro. Al llegar a casa fueron mis hijos los que quisieron repetir la experiencia y estuvimos dando tres o cuatro vueltas a la manzana, en una velada inolvidable.
Una semana o dos más tarde, metido aún en los coletazos de "La cárcel por dentro", vinieron a verme al diario los familiares de algunos presos políticos que se hallaban en la Penitenciaría de Santiago. Sospechaban que algo extraño estaba pasando con sus seres queridos (lamento no tener aquí los nombres) a los que parecía que les estaban aplicando gas venenoso, para enfermarlos y que murieran. Desde mi mesa de trabajo llamé directamente a la ministra de Justicia y la puse en antecedentes de lo que acababan de informarme. ¡Que se vengan de inmediato al ministerio!, dijo. Y dos días después me llamó para contarme que, efectivamente, sospechaba que estaban usando gas sarín con los presos políticos, especialmente con los del MIR. Se había presentado de improviso en la Penitenciaría y desde allí, al ver el estado de los presos, ordenó que llamaran al director de Gendarmería. ¿Y ahora, qué harás?, le pregunté: "Es mejor que no te involucres ni publiques nada" -me dijo-. "Ya he dado órdenes para que los lleven a un hospital y que se abra una investigación. No te olvides que no soy experta en gas sarín, pero he visto algunas cosas raras y ordenado una investigación".
Podría seguir así, contando anécdotas de la actitud solidaria y humana de Mónica Madariaga, pero les agotaría con tanto texto. Baste decir que una vez hizo que un grupo de generales de carabineros se reunieran conmigo para que escucharan la denuncia de un taxista, preso en Coquimbo, por haberse enemistado con un carabinero. Y otra vez sacamos en libertad a un hombre al que habían detenido, mientras dormía en un jardín próximo a la Vega Central, acusándole de ser el asaltante de una comerciante que se dirigía a abrir su negocio.
Más tarde, cuando debí salir de Chile para afincarme en España, siguió ayudándome con mis amigos en problemas. A dos de ellos, que luego se olvidaron hasta de mi existencia (ni siquiera asistieron al funeral de mi hijo Mauricio, en Santiago) conseguimos que les revocaran la orden de expulsión y, desde su propio teléfono en el ministerio les avisamos de que ya podían volver al país: Uno de ellos fue Erick Schnake (socialista ) y el otro fue el ex DC Alberto Jeréz. Del primero sé que falleció y del segundo no he vuellto a tener noticias.
Teniendo en cuenta todas estas actuaciones solidarias de Mónica Madariaga, es que me resulta particularmente doloroso el que no haya podido viajar a España a tratarse de sus dolencias y a allegar algunos fondos a su escuálida cuenta con alguna que otra conferencia, que ya habíamos amarrado. Para que se entienda lo que digo, les adjunto su último mensaje, que lleva fecha de agosto de 2009
· ¿Ir a España? Mi cáncer me lo impide. No sé cuánta vida me queda… pero no es mucha. No me gustaría terminarla en una cárcel de Madrid. Mi amiga Gladys Marín, a pesar de nuestra buena relación, le entregó a Garzón el listado de todos quienes fuimos ministros del gobierno militar. Sólo se saltó a los desconocidos, que no fueron pocos. Eso determina que si viajo se reactiva de inmediato la orden de detención que pesa en nuestra contra de parte del juececillo aquel (Un día lo pelamos bastante con mi amigo Felipe González, ya que incluso con él hizo el intento de encarcelarlo….) Mi delito, ‘haber sido ministra de Pinochet’. ¡Vaya justicia la del caballeritín!
(rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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