jueves, 21 de mayo de 2009



Por Rubén Adrián Valenzuela   


Una amiga mía, suscriptora de La Vanguardia, está
convencida de que la gente de izquierdas no soporta a
este diario catalán ni a ninguno que se presente como
reflexivo y mesurado, "porque son mal pensados y ven
intenciones ocultas allí donde todo es claro". Como si
la COPE (la radio de la Conferencia Episcopal española),
con el inefable Federico Jiménez Losantos a la cabeza,
fuese reflexiva y mesurada y  el diario ABC no fuese
sensacionalista. Y  cada edición de El Mundo
contuviese el decálogo de los principios deóntológicos
de la profesión periodística.

Mienten hasta cuando se proclaman a sí mismos "prensa
de calidad" y adoptan formas aparentemente serias y
solventes para convencernos de unas bondades que no
son tales. La objetividad hace tiempo que pasó a ser
historia y aquello que nos enseñaban de que "los
periodistas no han de opinar al dar una noticia,
porque la opinión del periódico está reflejada en su
editorial" ya parece una memez  de los tiempos de
Tintín.
Mi amiga dice que, de todo eso, el gran público no
tiene ni idea. Pero en La Vanguardia, hasta el
director escribe con faltas de ortografía. Y no es que
un director no deba o no pueda equivocarse al
escribir, es que ni sus colaboradores más próximos lo
cuidan y pulen para no dar tan mala impresión.
"La Contra", la sección estrella del diario de los
Godó, que ha lanzado a la fama a sus tres
realizadores: Víctor Amela, Ima Sanchís y Lluís
Amiguet (insoportables en su megalomanía) es
probablemente la pieza menos honesta de todo el
periodismo contemporáneo. De los entrevistados nunca
se sabe qué lengua hablan y con ellos pasa como en las
películas del viejo Hollywood: se entienden a las mil
maravillas el personaje y los nativos, como si en todo
el mundo, hasta los sacerdotes del Tawantinsuyo
hablasen la lengua del imperio. Ni qué decir tiene que
usan traductor, pero éste jamás se merece el crédito
de una mención (¿o es que los tres de "La Contra"
hablan una docena de idiomas cada uno?). De dónde
hicieron la entrevista no se entera jamás el lector y
tampoco de que la sección está al servicio de grandes
instituciones como la Obra Social de la Caixa (es un
decir), el Caixa Forum, el Opus o institutos de
formación empresarial y económica como el ESADE,
Incasea, etc.
El sábado 21 de julio de 2007 la noticia del día era
la orden de secuestro de la revista "El Jueves",
dictada por un juez  que se siente más allá del bien y
del mal. El diario madrileño El País, con muy buen
criterio periodístico y consciente de la importancia
de un hecho que atenta contra un derecho inalienable
de todo ciudadano europeo en una nación en democracia,
daba la noticia en su principal titular, a cuatro
columnas y editorializaba,  al mismo tiempo que
destinaba dos páginas interiores al acontecimiento. La
Vanguardia, en cambio, destinaba a esta información un
pequeño recuadro en la parte inferior derecha de la
portada y todo el titular principal, a lo ancho de la
portada y hasta casi la mitad de la misma a contarnos
que "Rajoy escoge a Sirera tras la negativa de Alberto
Fernández".
¿Por qué tanto despliegue en favor del PP en
Catalunya, donde ese partido es casi testimonial?
¿A quien afecta, sino a los poquísimos miembros de ese
colectivo en esta Generalitat? ¿Puede este hecho, de
caracter interno de un partido (y cuyos efectos sólo
pueden repercutir entre los electores de la derecha en
Catalunya) equipararse al grave deterioro de un
derecho constitucional, pilar de la democracia en
España y el mundo civilizado?
Créanme, se los dice alguien que ha pasado por muchos
medios en éste y otros países de América y Europa: en
la clases de "Periodismo Comparado" que se imparten en
algunas de las más importantes facultades de Filosofía
y Letras, La Vanguardia saldría (y sale) muy mal
parada. Lejos de la "prensa de calidad" que se
autoproclama. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)



Tags: Ni serios ni de calidad

Publicado por Desconocido @ 21:49
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Comentarios
Publicado por jazminmaria
sábado, 23 de mayo de 2009 | 11:41
Estoy mirando tu blog ya te diré si me ha guistado, o no, necesito tiempo para leerlo con tranquilidad.