Por Rubén Adrián Valenzuela.- Las siluetas en el patio se movían como sombras, en silencio, lo mismo que en las pesadillas. Sabía que no estaba soñando y además repasaba mi propia existencia, como si el condenado fuese yo mismo: me acordaba de cuando niño, frente a un veterinario, supe que mi perrito se moría sin remedio: “Dios, que no se muera. Que se produzca un milagro”, rezaba. Pero ni Dios estaba allí –no al menos para mi perro-, ni los milagros se producen por encargo…
Ahora era distinto. Era imposible rezar y los milagros, como la policía, nunca llegan cuando se los necesita. Esperábamos una decisión y, acaso, una rebelión. Desesperada, pero rebelión al fin, que demostrara que no era yo el único que estaba allí contra la aplicación de la pena de muerte. Me acordaba, con envidia, de uno de mis viejos maestros, periodista Mario Gómez López, quien durante la ejecución de otro criminal, al que hicieron famoso como “El Chacal de Nahueltoro”, llamó ¡asesinos! a los fusileros (el cineasta Miguel Littin tuvo el acierto de recoger este momento en su famoso filme sobre ese caso), aunque ello no impidió la tragedia. Gabriel Hernández Anderson y su subalterno y cómplice, Eduardo Villanueva, iban a morir acribillados, pese a todos los indicios de irregularidades en el juicio. Y, una vez muertos, no habría ninguna posibilidad de volver a fojas cero el proceso, de investigarlo todo hasta llegar a los verdaderos y definitivos culpables… Un oficial del Servicio de Prisiones, con el sable desenvainado, tomó posición en un vértice del patio. Desde allí lo veían los dos grupos de fusileros y también los que oficiábamos de testigos. El desenlace era inaplazable, pero tuve tiempo aún de pensar en unos versos de una canción de Silvio Rodríguez. Aquellos en los que habla de la posibilidad de que dos balas se encuentren sobre un campo de guerra: “Algo debe ocurrir/ que prediga el amor/…” Las descargas salieron sordas, secas, unívocas, hacia los pechos de los dos condenados. “¡Dios!”, dijo entre sollozos una mujer situada a nuestras espaldas, mientras una enorme bandada de palomas –o gaviotas, muy comunes en esa zona-, se alejó espantada, más allá de los confines de la prisión. El disco rojo que alguien había puesto, marcando el corazón de los reos, sobre sus camisas blancas, lucía perforado. Pero el drama no había acabado: el médico forense advertía que uno de los fusilados estaba aún con vida y había que rematarlo. Tiro de gracia le llaman, pero aún no consigo ver donde esta la gracia, toda vez que, para propiciarlo, se necesita que un funcionario de prisiones, sin bala de fogueo ni artificio que se le parezca, esté decidido a ultimar a un moribundo. El oficial al mando, con el sable aún fuera de su funda, dio la orden con un gesto y un cabo sacó su arma reglamentaria: apuntó a la sien del caído y aguardó, acaso en un intento de comprobar que su intervención no sería necesaria. Pero su superior, por dos veces volvió a insistir con la cabeza, ordenándole que disparara. Fue tremendo, porque el pobre funcionario, que en su vida le habría disparado ni a los patos de una feria, gatilló su arma al mismo tiempo que, conmovido, apartaba la mirada de su víctima. La bala cruzó de lado a lado el cráneo del moribundo, chocó en el suelo y de rebote fue a estrellarse contra una cristalera en el segundo piso, añadiendo a la madrugada un terrible, sórdido réquiem de cristales rotos, que se precipitaron sobre el patio. Eran las 6,10 de la mañana y ya no pude aguantar yo mis ganas de llorar. Era el precio que debía pagar por cumplir aquella sentencia de mi viejo colega: “Para ser un periodista cabal, hay que haber visto una ejecución… Que me perdone Dios. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)