viernes, 15 de mayo de 2009
Por Rubén Adrián Valenzuela  
 
 
                             
Les llevaron a un lugar, conocido como Chiu-Chiu, distante unos 20 o 25 kilómetros de la ciudad y en pleno desierto les hicieron tenderse sobre unas plataformas de madera que ya habían preparado previamente. Debajo había explosivos como para volar un fuerte y, vivos, los dinamitaron. Dicen algunos informes no confirmados, que el chofer que los acompañó en esta etapa del operativo, Francisco Díaz, horrorizado ante el sangriento espectáculo, confesó los hechos a un superior y éste, a su vez, formuló la denuncia que condujo a la detención de los asesinos. Pero hasta que llegó ese momento, hubo tal confusión y abundancia de noticias falsas, que una de las personas vinculadas a las víctimas intentó suicidarse. Todos los días se publicaban noticias sobre los empleados de banca, supuestamente prófugos.


Los asesinos, por su parte volvieron a Calama donde emprendieron una vida de derroche y borracheras, que encandilaba a todos quienes se relacionaban con ellos. En los protíbulos de la zona se había hecho  una leyenda el gusto de Eduardo Villanueva por las rancheras mexicanas. Su canción favorita "Sigo siendo el rey", zonaba en algunas lupanares tan pronto él llegaba, pero para sorpresa de alguno, no le gustaba esa canción porque él mismo se sintiera el rey "con dinero o sin dinero", sino porque era la favorita de su héreo nacional: Augusto Pinochet Ugarte...
Cuando visité la zona del feroz asesinato, en Chiu-Chiu, el pueblo había convertido el lugar en una especie de santuario y siempre había flores (algunas de papel, típicas en las áridas soledades de aquel desierto), pero aún era posible rescatar restos humanos de los pobres Luis Martínez Araya y Luis Yáñez Ayala. Eran pequeños trozos, no más grandes que una de las antiguas monedas de cien pesos, y su aspecto era el de un trozo de piel o cartón quemado. Alguien había instalado sobre unas rocas un bote de cristal para que se arrojaran allí.
 Ahora ambos asesinos, confiados en que sus jefes darían la cara y les salvarían del patíbulo, esperaban pacientemente, confinados en celdas de aislamiento. Y yo estaba allí, como invitado, para ver que los mataran realmente, pero mi estado de ánimo comenzaba a flaquear, porque a las dificultades propias de investigar un crimen cometido por los mismo que gobernaban desde Santiago, debía sortear las trampas de un jefe de redacción convertido en agente doble.
El solo posó sus primero rayos sobre la vetusta cárcel de Calama. Ya podían dar comienzo a la escena final, la del crimen legalizado.
Los dos condenados aparecieron como fantasmas, sin ninguna voz de alerta. Pese a la alfombra, los habían calzado con deportivas blancas y les habían cogido los tobillos con unos grilletes de cuero natural, casi  como una correa, que no hacían ruido ni restaban mucha movilidad al caminar.
Todo estaba ocurriendo tan deprisa y tan en silencio, que parecía una pesadilla.  Los perros seguían ladrando y aullando en la lejanía, pero en el interior del penal algún sollozo y el rumor sordo de un cura rezando en voz baja daban al recinto un ambiente de congoja y recogimiento.
Instalaron a los condenados en sus banquillos. Villanueva quedó frente a la tribuna donde estábamos los testigos pero de Hernández Anderson sólo percibíamos su perfil izquierdo.  Alguien en un diario escribió que Villanueva había gritado a su jefe: “¡Hasta siempre mi capitán!”, pero eso era pura literatura, porque ni hubo despedida entre los dos reos, ni éstos estaban capacitados para gritar, porque resultaba evidente que los habían drogado para restarles lucidez o algún grado de resistencia.
Horas más tarde nos enteraríamos, además, que el director de la cárcel había dispuesto que en cada celda del penal se instalase un guardia armado, con orden de disparar al primero que intentase una manifestación de apoyo a los condenados o de repulsa por la doble ejecución.  Pero ahora, sin reloj, ni bolígrafo, rotulador o lapicera –mucho menos magnetofón, micrófono, cámara de TV o fotográfica- ,  lo único que nos quedaba era asistir, mudos, a la macabra puesta en escena.
Salieron los dos grupos de fusileros, también calzando zapatillas.  Y una vez instalados frente a sus blancos, quedó perfectamente configurado un signo más (+): los condenados ocupaban dos de los extremos y los verdugos los otros dos.
 El momento era de una tensión indescriptible y yo sentía la trascendencia de lo inminente.  Los segundos eran eternos y la eternidad un sollozo.  Estábamos  a punto de asistir a la ejecución de dos hombres a los que no habíamos visto en nuestras vidas pero yo sentía  que el corazón galopaba desbocado en mi pecho: ¡ Nada lo iba a impedir ni nadie trataría de impedirlo!
(rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)


Tags: El Caso Calama

Publicado por Desconocido @ 9:52
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