Rubén Adrián Valenzuela
Protegiéndose los hombros con una manta que había sacado de su cama en el hotel, el escritor Enrique Lafourcade, vino a buscarnos. “Hagamos juntos el trayecto”, propuso, mientras se acomodaba sobre los hombros el singular abrigo. “Hace mucho frío en el desierto a estas horas”.
Salimos a la calle en penumbras, para descubrir que estaba sembrada de barreras y controles policiales. En muchas casas las puertas y las ventanas estaban abiertas de par en par y muchos se agolpaban, expectantes, mirando ese desfile irregular y mustio de los que íbamos a asistir a la ejecución fría y premeditada de dos hombres.
“Ya comienza el show”, dijo alguien en sordina, desde una ventana. “¡Sinvergüenzas!”, gritó sin pudores, una mujer. “¿Para qué tanto teatro si no los van a matar?”.
Decidimos bajar a la calzada, pero los comentarios soeces se dejaban sentir por todas partes. Alguien que reconoció a Lafourcade le recriminaba: “¡a ver si de una buena vez se decide a contar la verdad, en su columna de El Mercurio, don Enrique!”. A mí me acusaban de vendido: “¿Cómo es posible que se preste usted a este montaje?”.
Seguíamos la marcha cabizbajos. Bajando la vista como si estuviésemos cometiendo una ruindad, pero en el fondo yo me alegraba de que la gente estuviese manifestando así su rabia. Por fin le estaban perdiendo el respeto a los policías secretos, a los informadores de la CNI y a todo el aparato represivo de la dictadura. Yo no podía manifestarme del mismo modo.
Casi al llegar a la última barrera, antes de la puerta principal de la prisión, una conocida me cortó el paso. Traía una flor en la mano y no era para los condenados….”Es para ti” –me dijo-. “A partir de hoy tú también estarás condenado, porque te están utilizando y lo has permitido. La dictadura sabe que eres su enemigo y que el pueblo te cree su periodista más veraz. Por eso te han invitado como testigo: Si tú dices que a esos dos los han fusilado, usarán tu testimonio como prueba de su ecuanimidad, pero el pueblo ya no creerá en ti. Si no los fusilan, nunca podrás publicarlo, con lo cual estarás muerto para quienes creyeron en ti…”
Me entregó la flor y escupió en el suelo, mientras mi amiga reportera pasaba su brazo sobre mi hombro con la intención de consolarme. Así hicimos los últimos metros del recorrido hasta la puerta de la cárcel, sabiendo que cada paso que dábamos nos acercaba al escenario de un drama cuyo final tardaría/tardaríamos años en olvidar.
CAMINO DEL PATÍBULO
Los condenados salieron al patio por una especie de túnel situado justo bajo nuestros pies. Era como si, estando en el teatro, ellos hubieran entrado por la puerta del patio de butacas, mientras los testigos permanecíamos en la platea alta. Una alfombra cruzaba todo el patio, hasta los dos patíbulos, instalados curiosamente en ángulo de 90 grados, de tal manera que todas las previsiones fotográficas que había hecho el diario para el cual yo trabajaba, se venían estrepitosa –y felizmente para mí- al suelo. Nadie había previsto este escenario y las fotos trucadas, pensaba yo, no servirían.
Un sacerdote, que había acompañado durante toda la noche a uno de los condenados, encabezaba el triste cortejo, rezando vivamente un Avemaría. Hernández y Villanueva, con las manos esposadas por delante, pasaron raudos bajo nuestros pies y yo pude adivinar, por el tipo de cabeza y la calva incipiente, que el que iba en primer lugar era Hernández Anderson, o se le parecía bastante...
Los dos hombres que iban a caer abatidos ante nuestros ojos habían sido parte del aparato represivo de la dictadura. Les habían convencido de que lo que hacían era "para proteger los intereses de la patria" y veían un enemigo en cada compatriota que no pensaba como ellos. Estaban entrenados para cumplir órdenes sin discutir y podían matar o morir en el cumplimiento de esas órdenes. Por eso todo el país pensaba que si los mataban -cosa de la que muchos dudaban-, era para acallarlos, para cerrarles la boca para siempre y evitar así que algún día delataran a los verdaderos instigadores del horrendo doble asesinato.
Pero la participación de más personas, algunas con rango militar de alto grado, era evidente. No de otro modo se explicaba que vehículos militares y armamento diverso, así como choferes y tropa se hubieran trasladado desde Arica, ciudad limítrofe con Perú, en el extremo norte del país, hubiesen cruzado el desierto para venir a Calama con su mensaje de muerte.
Poco antes el dictador Pinochet había dicho que en el país no se movía una hoja sin que él lo supiera. Y cuando en 1981 la oficina del Banco del Estado en Calama fue asaltada y dos de sus funcionarios asesinados, todo el mundo sospechó de la policía secreta del régimen, porque hacía tiempo que se sabía que financiaban sus operaciones ilícitas, fuera del país, con asaltos, robos, manipulaciones del sistema de apuestas deportivas del Estado y hasta con el tráfico de drogas.
Juan Delmás, un comandante de ejército destinado en Arica y jefe de los dos condenados, había aparecido muerto cerca de una aguada, en el desierto, suicidado en su coche con un tiro en la sien. De nada sirvió que algunos informes periciales revelaran que Delmás era zurdo, pero el tiro se lo había dado en la sien derecha. Y sólo en 2008, en el marco de otras investigaciones, la justicia ha podido establecer que fue asesinado para que acabara en él, y en sus dos subordinados, la investigación sobre el asalto.
Yo por mi parte había acumulado abundante información sobre la autopsia del mayor Delmás, gracias a unos confidentes que vinieron a verme de parte de la defensa de los condenados. Sabíamos, por ejemplo, que el cuerpo presentaba heridas y hematomas impropias de un suicida y había una peladura en el cráneo que revelaba que alguien había jalado por los pelos al militar, arrancándole parte del cuero cabelludo. Tampoco era muy creíble que, para adentrarse en el desierto, donde apareció muerto, el mayor Delmás hubiese preferido usar su coche particular, en circunstancias de que disponía de todos los vehículos militares que su cargo le procuraba. Y precisamente, una de las pruebas fundamentales en favor de la tesis de "la orden superior", desapareció antes de que se dictara la sentencia de muerte de Hernández y Villanueva: se trataba de una hoja del libro de guardia de un regimiento, en Arica, en el que se habían apuntado los movimientos de los
vehículos militares desplazados hacia Calama. Allí debía haber constancia de las horas, días de salida de vehículos y armamento y... lo más importante: del nombre del jefe militar que había autorizado esos movimientos.
El famoso redactor jefe soplón, del que ya he hablado antes, se guardó el informe del forense que examinó el cadáver del mayor Delmás, aduciendo que podía ser falso. "Se trata de un recurso de la defensa y quieren hacernos meter la pata".
Recientemente el ministro (juez de fuero) Alejandro Madrid, que ha reabierto el caso, cree que los verdaderos autores del asesinato del mayor Delmás siguen en libertad y disfrutando de la fortuna que se llevaron Hernández Anderson y Villanueva, quienes pese a la condena a muerte nunca revelaron dónde fue a parar el dinero - unos dos millones euros de la época -, del botín, habiéndose recuperado sólo unos 20 millones (parece ser que en el coche donde apareció suicidado el mayor Delmás).
Lo que sí confesaron fue cómo engañaron a Luís Martínez Araya, director, y a Luís Yañez Ayala, cajero, para que les entregaran las llaves de la caja de caudales del Banco del Estado y les permitieran sacar todas las sacas con el dinero destinado a pagar los salarios de Chuquicamata, la mina de cobre a tajo abierto más grande del mundo. Se llevaron más de 45 millones de pesos chilenos de la época y, a continuación, en vehículos militares salieon con ellos al desierto, a un paraje conocido como Chiu Chiu. Les habían hecho creer que era un operativo antiterrorista, coordinado desde las alturas por los jefes secretos de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) y que todo formaba parte de los planes de seguridad para la zona.
Lo que ocurrió, en realidad, rebasa todos los límites del horror y revela cómo, cuando alguien detenta el poder absoluto, pretende para sí y los suyos la impunidad absoluta. (Mañana más )
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rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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