lunes, 11 de mayo de 2009
Por Rubén Adrián Valenzuela
 
Con la cinta  aún en la mano, me dirigí a la recepción del hotel donde, junto con la llave de mi habitación, me dieron un sobre con membrete del diario para el cual trabajaba.  Rotulado por todas partes, decía que era personal y urgente y que, tan pronto lo abriera, llamara por teléfono a mi redactor jefe.
Yo quería ponerme a escuchar lo antes posible la grabación que me había anunciado el abogado y padre de Hernández Anderson, pero cumplí las instrucciones de mis jefes y extraje el contenido de aquella carta tan urgente.  Había un juego de ocho o diez fotografías, cada una marcada con una letra.
Cogí el teléfono y pedí la conferencia con la redacción de mi diario, distante unos dos mil kilómetros de donde me encontraba.  Mi jefe estaba en su puesto, pese a lo avanzado de la noche.
- ¿De qué va todo esto?- pregunté con indisimulado malestar.
-  Como ya sabrás, no han autorizado el ingreso de fotógrafos ni durante ni después del fusilamiento, así que hemos de cubrirnos.
-  Pero esto es un montaje…
-  No es problema tuyo.  Son instrucciones superiores y hemos hecho este juego de fotos con actores desconocidos.  Hemos tratado de cubrir todas las posibilidades y cada foto está marcada con una letra para que en cuanto los maten, me llames por teléfono y me digas cuál de las fotos que hemos hecho, se aproximaba más a la realidad.
-  No cuentes conmigo, lo siento.
-  Sí, si sabes lo que te conviene.
Cortó, dejándome sumido en un enorme desconcierto. Mis relaciones con este personaje (el tercero o cuarto en la escala de jerarquías del diario) habían sido siempre tormentosas, al extremo de que al menos en dos ocasiones le había planteado serios conflictos al director: "O se va Valenzuela o me voy yo, pero no estoy dispuesto a seguir trabajando con él". Sus ultimatums no tuvieron efectos, entre otras cosas porque contaba con el manto protector de la dictadura, a la que había prestado "favores" distinguidos. Su "Libro Blanco del Gobierno Militar", que se repartió profusamente en el exterior durante los primeros meses del sangriento golpe militar de Pinochet, le daba una cierta impunidad, pero el director, Alberto Guerrero, sabía remar en aguas turbulentas. "El Chico ( así le lllamábamos por su escasa estatura y su prominente barriga) es un buen gestor, un burócrata del periodismo. No será nunca un reportero de grandes exclusivas. ni
venderá periódicos como tú u otros colegas. Pero me soluciona el diario. Él llena las páginas interiores, esas que no llaman la atención de nadie, pero que deben ir en la edición de cada día..."
Para tranquilizarme aún más, Guerrero añadió: "La gente como tú es necesaria como los grandes delanteros en el fútbol, pero cuando no marcan goles, allí están los burócratas, haciendo su trabajo de hormiga. Yo los necesito a los dos..."
"El Chico", que actualmente dirige un prestigioso periódico en el Norte del país era, sin embargo, más peligroso que un burócrata, pues tenía línea directa con las instancias del poder militar. Y, aunque en ese momento yo lo ignoraba, había logrado parar entrevistas mías altamente conflictivas, editadas ya y en distribución en las primeras tiradas del diario, esas que iban a reparto muy pronto, a los extremos norte y sur del país. Así, en una ocasión logró que censuraran una entrevista nada más y nada menos que con el segundo hombre del régimen: el almirante José Toribio Merino, quien en un alarde de independencia e irreponsabilidad me había dicho, más o menos, que el Papa Juan Pablo II no tenía nada que hacer en una mediación para evitar que Chile y Argentina fuesen a la guerra por un conflicto limítrofe en aguas australes. "Si Chile y Argentina han de ir a la guerra, iremos a la guerra y aquí nos encontrarán, porque estamos
preparados. El Papa bastante tiene con mantener unida a su grey, que cada día es más escasa". Luego añadió algo que yo no me acuerdo si formaba parte de mi entrevista o si se quedó en el plano de la confidencia, pero que hoy no reviste mayor trascendencia y por eso lo comento. Según el almirante, había estado reunido con el cardenal Samoré (representante del Papa en la mediación) y éste le había tranquilizado, diciendo: "Chile tiene la fuerza de la razón, pero los argentinos tienen la razón de la fuerza y por eso están planteando este conflicto".
"El Chico", que antes que periodista era soplón del régimen, puso el grito en el cielo cuando vio la entrevista editada. Dijo que esa revelación del almirante descalificaba al cardenal Samoré como mediador y que le daría armas a los argentinos para seguir haciendo reclamaciones territoriales ilegítimas. El director sanjó la cuestión (eso creyó él) recordándole al pequeño redactor jefe: "Aquí el que manda soy yo". De madrugada y por orden expresa de Pinochet hubo que levantar la entrevista, sin que, durante mucho tiempo, entendiésemos cómo se había enterado el dictador de los contenidos del diario del día siguiente.
Yo creo que no hay nada más inquietante y angustioso para un periodista que trabaja bajo una dictadura, que tener jefes y compañeros traidores, indignos de confianza, más apegados a los dictados del poder político que al código deontológico de los profesionales de la información.
Ahora en Calama, a miles de kilómetros de distancia de la redacción, cubriendo una información sensible y altamente explosiva, yo veía cómo un vulgar fotomontaje de gente sin escrúpulos iba a mancillar el trabajo de todo un equipo de reporteros, fotógrafos, invetigadores y hasta confidentes habíamos estado haciendo con gran dedicación.

Aguantarían la tirada del periódico hasta que les llegara mi llamada, después de las seis de  la madrugada, sóplo para destinar a la portada una foto que todo el mundo sabría que era trucada.  ¿Era un recurso para vender más y más periódicos? No podía creérmelo.  Hacía tiempo que el diario superaba con creces los 200 mil ejemplares diarios y una vez había oído al gerente diciendo que ya nos aproximábamos a la curva de retorno.  Es aquel momento en el que hacer más ejemplares de una misma tirada, resulta antieconómico.  ¿Estaba la dictadura detrás del montaje?
Desconcertado, me encerré a esperar que pasarán las horas.  No podía –ni lo intenté siquiera- dormir.  En ese mismo instante, mientras a pocos metros dos hombres vivían su última vigilia antes de enfrentar al pelotón de fusileros, yo no podía dedicarme al descanso.  Puse la cinta que me había entregado el padre de uno de los dos condenados y una voz pausada, culta y bien modelada salió del magnetofón, recitando unos versos trágicos:
 
“Enterrado en blanco nicho me encuentro/ Muerto sin estarlo…”
 
Yo no había oído antes la voz del asesino que ahora aguardaba la llegada del alba.  Como nunca había hecho Periodismo de Sucesos (Policial le dicen  en Chile), no tuve ocasión de asistir al juicio ni escuchar las declaraciones de los acusados, mientras se desarrollaba el proceso. No podía, pues, identificar su voz.
Llamé por teléfono a la habitación de una colega, más experta que yo en crímenes y criminales.
-¿Duermes?
- ¡Nada! Pienso esperar a que amanezca…
Le conté lo del cassette con el poema y no pasaron dos minutos cuando ya llamaba a la puerta de mi habitación.
-¡Es él! -, dijo en cuanto escuchó los primeros versos. -¿Cómo lo has conseguido?
-¡Cómo lo han grabado! Esa es la cuestión.  En la cárcel no pueden tener grabadoras.  Cierto que su padre es abogado, pero esto…
Seguimos escuchando la cinta:
 
“Aun no alcanzo a comprender/¿Tan equivocado estaba?/Parece que mi vida/toda un error fue/Ya nada queda/De lo construido por mi/treinta años de equivocación!/¿Cómo pudo pasar?”
 
Mi amiga lloraba amargamente.
-“Los van a matar, los van a matar” repetía entre sollozos angustiados. 
Yo trataba de consolarla, sin éxito, porque también comenzaba a quebrarme.
-         “Ya no podemos hacer nada. No está en nuestras manos…”
-         “¡Pero hay que tratar de hacer algo!” gritaba la reportera. “Será un asesinato más. Ellos cumplían órdenes. Los verdaderos culpables están en la sombra y se quedarán sin castigo…
Yo tenía la esperanza de que en realidad algún día, los verdaderos culpables, recibieran su merecido. Pero en ese momento, abrazado a mi amiga que lloraba escandalosamente, pensaba que el acto final estaba próximo. Se oían voces por los pasillos del hotel. Ya todo estaba en marcha y había que salir, camino de la cárcel.

(rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
 

Tags: El Caso Calama

Publicado por Desconocido @ 10:03
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