domingo, 10 de mayo de 2009
Por Rubén Adrián Valenzuela      
 
 

Por la tarde del día anterior al fusilamiento corrió la noticia de que el Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuellar, había intervenido personalmente ante Pinochet para que no permitiese que la pena de muerte se aplicara en el país. Más tarde se supo que también el Papa Juan Pablo II había cursado un mensaje al dictador, pidiendo clemencia para los dos asesinos, pero el dictador estaba sordo a toda súplica.


Ese día, poco antes del almuerzo, una radio local me invitó a una entrevista en la que tuve que responder a una media hora de preguntas del conductor del programa y de algunos de los oyentes que llamaron por teléfono para participar. Durante un rato se habló de generalidades, de la pena de muerte y de mi postura al respecto: “Estoy en contra aún en crímenes tan atroces como este que nos preocupa…”
-         ¿Y qué piensa del pelotón de fusileros?
-         Que si yo estuviera en su lugar, no aceptaría una misión de esta naturaleza.
-         ¡Pero están obligados en función del cargo que desempeñan!
-         Nadie está obligado a ir contra su conciencia.
Así iba la entrevista hasta que alguien mencionó aquello del sorteo de las armas a los fusileros (dos iban a disparar balas de fogueo) y la inminencia del fusilamiento.
“Yo lo que espero entonces es que los pobres funcionarios de prisiones a los que nadie contrató para matar, no sufran en el futuro alguna consecuencia negativa por haber aceptado una orden superior tan drástica como ésta. No olvidemos que otros dos, que también actuaron bajo mandato superior, están hoy en capilla, esperando la muerte mientras que el verdadero responsable, nadie sabe dónde está…”
La emisora pasó a comerciales, ya no hubo más llamadas del público y hube de despedírme del locutor y de sus jefes, que se paseaban nerviosos por los pasillos.
Cuando llegué de vuelta al hotel, tenía un par de mensajes del Ministerio de Justicia en la centralita y la chica de recepción que me los entregó junto con la llave me anunció que había un señor que me estaba esperando. Era el director general de Gendarmería, que aguardaba, instalado ya en el patio-jardín de mi habitación “para un breve intercambio de opiniones”.
El funcionario, un hombre alto, fino, de modales educados, claramente funcionarial, de esos que viven apegados a los reglamentos, no me iba a echar una bronca, como yo temí al verle, y más bien diría que lo que me formuló fue una súplica. Ambos pertenecíamos, sin saberlo entonces, a una hermandad de ex marinos y navegantes, llamada La Hermandad de la Costa, solidaria con los hombres del mar. Y, en esa Hermandad, su alías era “Vikingo”. Lo supe años después y esto da una idea de lo equivocado que estuve al juzgarle una persona débil de carácter.
            - No me desmoralice al personal, amigo periodista. Bastante trabajo nos ha costado formar los dos pelotones de fusilamiento con hombres que no cumplen órdenes de un superior para matar, como usted dijo hace un rato en la radio, sino un mandato de la Justicia. Han sido los jueces y magistrados quienes han dictaminado esto y lo han ratificado las cortes de Apelaciones y Suprema. Esto se debe hacer así por imperio de la ley…
Ya más calmada la cosa, salí a la calle para dar un rodeo por las proximidades del presidio local. Había un ambiente raro, como de tensión y de fiesta a la vez. Parecía como si a la ciudad hubiese llegado el circo ese del que habla García Máruez en "Cien años de soledad", donde un gitano llamado Melquíades mostraba las últimas maravillas de la ciencia en el mundo. La gente en las aceras se movía nerviosa y expectante. Cerca de la cárcel, grupos de evangélicos  –Testigos de Jehová- y de Hare Krisna, entonaban cantos religiosos. A veces algún predicador alzaba la voz dirigiéndose hacia una ventana tras la cual, se suponía, estaban los condenados. Grabé algunas de estas manifestaciones y aún hoy, mientras las escucho serenamente instalado en mi despacho barcelonés, me suenan a circo y a espectáculo barato.
Cerca de la medianoche en la calle, frente al hotel, el abogado y padre de uno de los condenados dio una rueda de prensa para informar que Pinochet había denegado el indulto y que en un mensaje de respuesta a la llamada del Papa, decía que la justicia de los hombres se tenía que aplicar.Que en este caso no tenía cabida el perdón.
¡Habrá fusilamiento!, exclamamos casi todos los presentes, mientras desde las aceras de enfrente algunos observadores aplaudían sin disimulo.
El padre de Hernández Anderson, abogado, que había discriminado a algunos medios de prensa por aquello de que llamaron criminales y bestias humanas a su hijo y su cómplice, lloraba y suplicaba. Pedía por Dios que si alguien conocía la fórmula que permitiera salvar la vida de los condenados, que lo hiciera ya, antes de que fuera demasiado tarde.
Yo estaba con un nudo en la garganta y muchos de mis colegas no podían, casi, articular palabra. Pero le espeté: “Estoy contra la pena de muerte, pero mi periódico ha hecho causa común con las víctimas, con sus viudas y sus hijos. Y por esta razón usted ha trapicheado con la información relativa al caso. Ahora pide clemencia, pero no es así como se salva la vida de nadie”.
El pobre hombre guardó silencio y disolvió la rueda de prensa. Algunos, entonces, resolvimos irnos a la cama. Pero antes de llegar a mi habitación me dio alcance el padre del principal condenado y casi sin pronunciar palabra me extendió una casete: “Es mi hijo, al que van a matar mañana. Ha escrito el poema que aquí se recita…”  
(rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)



Tags: El Caso Calama

Publicado por Desconocido @ 13:05
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