Por Rubén Adrián Valenzuela
Compartir momentos históricos y tan dramáticos con Enrique Lafourcade era para mí toda una experiencia. Él ya escribía y gozaba de cierto prestigio intelectual cuando yo apenas tenía un año de vida. Y en el colegio nos obligaban a leer dos o tres novelas suyas, una de las cuales: "Para subir al cielo", no he visto reeditada en décadas y es mi favorita. Más tarde se convertiría en el primer escritor latinoamericano en vender más de un millón de ejemplares de un libro -"Polomita Blanca"- (que también fue llevado al cine por Raúl Ruiz), y de eso estábamos hablando en su habitación cuando llegaron a decirme que debía pedir su opinión sobre el Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez.
Lafourcade, polémico donde los haya, autodefinido como "católico en estado salvaje" y "anarquista sentimental" tenía y tiene la virtud de enfadar a todo el mundo. Sus opiniones, que publica cada domingo a toda página en el influyente "El Mercurio", habían causado serios disgustos al presidente Salvador Allende, razón por la cual todos le creíamos un derechista furibundo. Pero cuando comenzó a meterse con Pinochet y éste se puso como una moto, hubo de salir un tiempo al exilio y moderar sus comentarios para conservar su página (y posiblemente su integridad física) de los domingos. Pertenenciente a la llamada "Generación del 50", se le define o definía como un escritor neocriollista, que comenzó a narrar desde muy joven, con una primera obra: "El libro de Kareen", que se basa en la muerte, a los 17 años, de Ximena, una de sus hermanas.
Un día, en plena dictadura militar le fui a buscar a su oficina para proponerle una humorada, de la cual se harían eco los principales periódicos y telediarios del mundo. Se estaba disputando en España el Mundial de Fútbol de 1982, cuando las selecciones de Chile y Austria se enfrentaron en Oviedo. En ese partido el delantero Carlos Caszelly, cuya madre había estado detenida y torturada por la policía política de Pinochet, falló un penalty que supuso la eliminación de Chile de esa competición. Muchos creyeron que lo había hecho deliberadamente, como un desaire a la dictadura.
Enrique Lafourcade, vestido de corto y con la casaquilla de la Selección Nacional de Fútbol de Chile, se enfrentó a un portero profesional (me parece recordar que era "El gringo Neff", del club Universidad de Chile, entonces el primero en la liga de fútbol profesional) y desde los doce pasos disparó y marcó un gol que el fotografo de La Tercera y yo aplaudimos. El portero se quejó. Le había cogido por sorpresa, sin calentar y con un charco de agua en la portería sur del Estadio Nacional. Pidió que repitiéramos el disparo. Decía que sus colegas deportistas se burlarían de él cuando viesen en los diarios que un escritor mayor de edad, gordito y de mediana estatura, le había marcado un gol. Enrique volvió a disparar y ... ¡gol!, otra vez. Cuando salimos del estadio para irnos a nuestras respectivas redacciones llovía torrencialmente y el autor de "El gran taimado" (la novela que había enfadado a Pinochet), había disparado 10 penaltis y
todos habían acabado en gol.
La edición de la mañana siguiente de La Tercera llevaba una foto y un titular que hizo reir a todo el país: "Así se marca un penalty, señor Caszelly".
Ahora, mientras esperábamos la aparición del pelotón de fusilamiento en la cárcel de Calama, Lafourcade se giró desde su silla, dos filas más adelante que la mía y de modo que muchos le pudieron escuchar me dijo: "este será un gol que nos marcará la vida y que nunca podremos olvidar".
Los dos pelotones de fusileros habían llegado a Calama unas 24 horas antes de la fecha fijada para la ejecución, mientras en la cárcel, los preparativos se hacían en un ambiente cargado de secretismo y en medio de enormes medidas de seguridad.
Los periodistas de todo el país hacíamos cábalas sobre si se llegaría a efectuar el fusilamiento y los agentes secretos del régimen, mezclados entre los informadores, los curiosos y la gente de la calle, propalaban toda clase de rumores al tiempo que apuntaban las señas y comentarios de aquellos desprevenidos que osaban criticar al pinochetismo.
La idea más difundida era que un grupo de “gurkas”, como les llamaban a los comandos especiales del servicio secreto militar, iba a venir al rescate de los condenados: Ellos habían cumplido órdenes y no estaban dispuestos a dejarse matar por haber obedecido. Otros aseguraban que el propio Pinochet indultaría a Hernández y a Villanueva, “porque un jefe nunca abandona a sus hombres en el campo de batalla”.
(
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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