Por Rubén Adrián Valenzuela
Instalados en una especie de terraza de la cárcel de Calama, desde la cual se podía ver parte de un patio interior en forma de L en el que ya estaban construidas las toscas sillas sobre las que se sentaría a los dos condenados; jueces, abogados ministros de Corte, subsecretarios de Gobierno, mezclados con periodistas, escritores, funcionarios del servicio de Prisiones y algún que otro enchufado de última hora escudriñábamos el cielo, aún cuajado de estrellas, del desierto de Atacama.
No estaban entre los asistentes ni el juez ni los ministros de las cortes de Apelaciones y el Tribunal Supremo que habían decretado una y otra vez la doble pena de muerte. “Así” -pensaba yo- “resulta muy fácil dar la orden de matar a un hombre”
ALGUIEN REZABA
Mientras aguardábamos la claridad suficiente para ver que los verdugos aparecían en escena, alguien rezaba a media voz. Un perro aulló en la distancia y fue como una consigna para que todos los perros de la comarca se unieran en un coro de ladridos y lamentaciones que, a muchos, nos erizó el cabello y que me hizo pensar en la dificultad que tendría después para narrar estas sensaciones. ¿Cómo contar el escalofrío que nos produjo ese momento sin que me acusaran de estar haciendo literatura?
Alguien a quien en otro momento le manifesté mis congojas me aconsejó: “La realidad es más fuerte que todas las literaturas. Escribe tus emociones, siempre que sean verdad”.
Desde mi butaca en la antesala de la muerte, veía la nuca del escritor Enrique Lafourcade, quieto como un Moaí de la Isla de Pascua. ¿Qué estaría pensando? ¿Qué apuntes haría? ¿Cuáles eran las datos que su mente estaba registrando, puesto que nos habían quitado los lápices, el papel, las libretas de notas? ¿Le llegaban a Enrique, como a mí, los aullidos de la población canina de Calama?
Enrique Lafourcade, uno de los más activos y originales escritores del país, trabajaba para otro periódico, de gran tirada nacional y, por lo tanto, éramos competidores, pero manteníamos una relación amistosa que nos llevaba, con frecuencia, a visitarnos en nuestras casas y a comer o cenar con nuestras respectivas hijas. El había llegado a Calama dos o tres días después que yo, así es que a ratos nos juntábamos para cambiar impresiones. En uno de estos encuentros, en su habitación, descubrí que en la mesita de noche, como libro de cabecera, tenía la misma novela que estaba leyendo yo en mi habitación: “A sangre fría” de Truman Capote. Era una edicion del Club de Lectores, de tapas duras y color butano que más bien resultaba propia de escolares y que ninguno habríamos querido mostrar en público. Pero que evidenciaba que ambos estábamos enfrentando nuestra experiencia como un hecho vital, que nos obligaría a lo mejor de nuestros
recursos. Mi ejemplar, sin embargo, tenía un valor añadido, ya que me lo había autografiado, en Miami , el mismísimo Truman Capote con quien habíamos coincidido en un congreso de escritores en el famoso hotel Fontainebleau Hilton.
“Nunca haremos una novela como ésta” -me dijo Lafourcade-. “Es una de las cumbres de la narrativa “verité”.
En esas estábamos, cuando alguien interrumpió llamando a la puerta de la habitación. Abrió mi amigo pero era a mí a quien buscaban, pues tenía una llamada de mis jefes en Santiago. Era para comunicarme que la Academia Sueca acababa de anunciar que le habían otorgado el Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez y querían que recabara la opinión de … ¡Enrique Lafourcade! (
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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