viernes, 17 de abril de 2009
COMO PARA CABREARSE


Por Rubén Adrián Valenzuela          

A veces me da por confeccionar listas con las cosas que más me disgustan o que me ponen frenético. Es una forma de desahogo que no lleva a ninguna parte –o sí-, pero que sirve para comprobar cuánto del prójimo hay en mí. Así, por ejemplo, en el tren coincido con una mujer que resulta que es abogado y que toda la vida se había declarado feminista. Hasta que le tocó asistir a su hermano en un juicio de separación y por la custodia de los hijos.
 Me cuenta, mientras el tren pasa por Gavá, que su ahora ex cuñada siempre fue su amiga y que ahora, sin saber por qué motivo, ni la saluda. “Y ha mentido tanto y ha cargado tanto las tintas para hacer que mi hermano parezca culpable” –dice-, “que ahora me doy cuenta de cómo las mujeres podemos torcerle la nariz a la justicia”.
¡Y a mí que no me gustaban nada los abogados! ¿Se imaginan un mundo sin ellos?
Un amigo mío, sacerdote franciscano, me decía que bastaría con que cumpliésemos los mandamientos de la llamada Ley de Dios para que nadie necesitase nunca un abogado. Tampoco habría cárceles, ni jueces (ni por supuesto delincuentes) ni prensa del corazón. ¿De qué iban a escribir si no hubiese fornicarios, si nadie deseara a la mujer de su prójimo, si nadie mintiese o levantase falsos testimonios? ¿Quién, si no hubiese ladrones, estafadores, empresarios inmobiliarios corruptos y alcaldes estilo Julián Muñoz iba a alimentar sus páginas?

De verdad, a veces me pregunto cómo, si lo tenemos todo hecho para ser medianamente felices, sólo cun cumplir unos determinados preceptos que no tienen nada que ver con si uno es religioso o no, podríamos conseguirlo.
Por eso mi ocasional amiga abogado –abogada prefieren ahora que se diga -, cuando ya hemos pasado la primera estación me dice que lo peor del ejercicio de la justicia familiar es el convencimiento de que a la mujer hay que partir creyéndola víctima y al hombre –generalmente el imputado-, considerarle de entrada un trasgresor violento, mentiroso y mal inspirado. Y me suelta una frase que será mi ayuda de cabecera durante mucho tiempo: “Los pleitos que se ganan en los tribunales los pierden siempre los hijos, que vinieron al mundo con papá y mamá y acaban convertidos en rehenes de uno de los dos (ni falta hace que digamos que por aquel por el el cual se ha inclinado la justicia), que cuando les han asignado la guardia y custodia de los retoños se creen que han clavado la rueda de la fortuna…
¡Tampoco me gustan los jueces de familia!
 (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
 

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Publicado por Desconocido @ 10:54
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