miércoles, 15 de abril de 2009
 
 
Por Rubén Adrián Valenzuela.-   ¿O es que alguien recuerda que un policía local motorizado haya detenido un autobús para pedirle la documentación y multarlo porque se ha saltado tres semáforos en rojo?   
 
 
De todos los vicios sociales, el corporativismo es uno de los más perversos, porque pese al daño a que nos expone, no está tipificado como delito, tiene adeptos en amplios sectores de la población, se ejerce sin rubor a plena luz del día y ante la posibilidad de denunciarlo, siempre será la palabra de uno contra la del otro, sin que sean admisibles las pruebas de cargo.
Corporativismo es, por ejemplo, que nunca un agente de la Guardia Urbana multe a un agente de la Guardia Urbana cuando éste, fuera de servicio y en su coche particular comete las infracciones que le da la gana; es corporativismo lo que lleva a los mismo agentes locales (empleados a fin de cuenta del Ayuntamiento) a dejar impune todas las trastadas que pueda cometer un conductor de la Empresa Municipal de Transportes, al volante de un autobus lleno de pasajeros.
¿O es que alguien recuerda que un policía local motorizado haya detenido un autobús para pedirle la documentación y multarlo porque se ha saltado tres semáforos en rojo?
El otro día, a bordo de un autobús de la línea 45 pude escuchar toda la receta de preparado del sofrito para una paella. La estaba dictando un chófer que se servía de su móvil mientras paraba y recibía a la par que dejaba pasajeros, ninguno de los cuales se atrevió a decir ni pío para recriminar su actitud al desaprensivo.
La receta por teléfono duró todo el trayecto entre la Plaza Urquinaona y el puerto, bajando por Vía Laietana. O sea:pleno centro de la ciudad y uno de los distritos más vigilados por la cámaras de seguridad y mejor dotados de policías urbanos y de los otros. Nadie vio nada, nadie dijo nada y cuando frente a Correos informé de esto a un agente de esos a los que, eufemísticamente llamamos de los cuerpos de seguridad, me comentó que "el hombre tiene derecho a comunicar con su familia" y a dictarle las recetas de paella que le apetezca, digo yo. Poco importa si en una de esas acabamos todos empotrados en un edificio o convertidos en "paella humana" por culpa de una conducción descuidada.
La misma infracción, perpetrada por un ciudadano sin uniforme ni en nómina del Ayuntamiento habría provocado una notificación a juzgado con las penas del infierno. Otras veces he ido en transportes públicos que transitaban a exceso de velocidad o no respetaban los semáforos, sin que ninguno se haya atrevido a levantar su voz para pedir prudencia.
Si el corporativismo no es un pecado social de esos que merecen castigo, que venga Dios y lo vea. (rubenadriánvalenzuela@yahoo.es)

Tags: El corporativismo

Publicado por Desconocido @ 19:43
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