miércoles, 15 de abril de 2009



Por Rubén Adrián Valenzuela.- Lo que llama la atención de estas técnicas - y es lo que logra mostrar magistralmente el filme con las aventuras de James Bond -, es la frialdad y predisposición del torturador para cometer estos ultrajes. Tienen la serenidad suficiente del funcionario que hace bien su trabajo y luego, cumplida la faena, se lava las manos, se seca el sudor y se va a su casa a ver en familia una linda película de Walt Disney en la tele.
     



Una de las escenas de la última película de James Bond: "Casino Royal", está inspirada, sin lugar a dudas en "Los anales del horror", donde se cuentan las diversas técnicas que usaban los torturadores con los presos políticos de Pinochet. Es una escena -la del agente 007, con licencia para matar-, que hiela la sangre y embota los sentidos. Parece la obra de un loco, pero de un loco que hace daño fría y premeditadamente, al extremo que uno siente que los hombres que hay en la sala se retuercen en sus asientos. Porque, el que menos, teniendo un par de "eso", que hay que tener si se es hombre de tomo y lomo, alguna vez se ha golpeado o hecho daño en los testículos y sabe lo muy doloroso que resulta.
Imaginen ahora a un hombre desnudo, sentado en una silla sin fondo ( o sea, para que se entienda, con todas sus partes al aire) que recibe no uno ni dos ni tres, sino muchos golpes de boleadora, de esas que han popularizado los gauchos argentinos en sus espectáculos folklóricos y que originalmente se usaban para voltear el ganado, y que aún así sigue vivo.
En tiempos del dictador chileno sus esbirros llamaban "Mortadela" a este modo de tortura, porque después de una sesión de esas, el prisionero político acababa con su sexo y sus gónadas hinchadas como un embutido; como una mortadela, vamos. Eran los códigos del crimen. Si sólo te iban a hacer papilla los genitales, ta daban "Mortadela" y si te iban a matar y hacer desaparecer, te daban "Matarile", lo que ya es el colmo del refinamiento, porque la palabra está tomada de una vieja y conocida canción infantil. 
Lo que llama la atención de estas técnicas - y es lo que logra mostrar magistralmente el filme con las aventuras de Jemas Bond -, es la frialdad y predisposición del torturador para cometer estos ultrajes. Tienen la serenidad suficiente del funcionario que hace bien su trabajo y luego, cumplida la faena, se lava las manos, se seca el sudor y se va a su casa a ver en familia una linda película de Walt Disney en la tele.
La escena que comento comienza, en "Casino Royal", cuando Bond, secuestrado por sus rivales, es conducido a una especie de hangar donde un hombre, armado de navaja, va desfondando prolijamente una silla. Sólo queda el esqueleto del mueble y en él, atado de pies y manos, sientan al prisionero. Todo con serenidad y hasta se diría que con cordialidad. El preso es advertido de que si no revela el secreto que le piden, va a quedar imposibilitado de sentarse en meses. El torturador balancea, amenazante, la boleadora en cuyo entremo hay una bola de cuero rellena de puntas de metal, generalmente plomo. El resto ya pueden ustedes imaginarlo.
Lo que me repugna, sin embargo, es esta exhibición de violencia, tan innecesaria como aberrante. ¿Cuánto aprendiz de sicario sacará de aquí la idea para ponerla en práctica? No se olviden que hace apenas unas semanas la ONU instaba al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a reconocer que en España se sigue practicando la tortura con motivos políticos. ¡Espantoso!
Quienes ayer se conmovían con ese viejecito tembloroso y vacilante en que al final de sus días se había convertido Augusto Pinochet deberían ver esta película del director Martín Campbell, que se revela como un buen conocedor de lo que fueron los modos y las costumbres de la dictadura chilena. Para que luego se diga que estas son cosas de la política que la gente usa para desprestigiar una idea. (
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
 

Tags: Así torturaba Pinochet

Publicado por Desconocido @ 8:29
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