Por Rubén Adrián Valenzuela.- Cogió una linterna, la enfocó hacia la trampa para ratones que había dispuesto con un apetitoso cebo y allí estaba, intacta, como él la había dejado horas antes.
Poco después de la medianoche del jueves, Nicanor, volvió a escuchar aquellos ruidos como de jadeo que le venían inquietando el sueño los últimos días. Se quedó quieto, casi sin respirar. Buscó el origen del sonido, que no venía ni del piso de arriba ni de la habitación de al lado. Pensó que estaban allí, en su propia habitación y siguió orientando su oído hasta que estuvo seguro. Los jadeos, hipos y suspiros entrecortados surgían de debajo de su lecho, pero cuando se movió para asomarse por un costado de la cama tuvo la certeza de que cesaban de modo voluntario, como si alguien quisiera impedir que lo descubriese. Miró bajo el somier de láminas y salvo una o dos motas de polvo en estambres, sólo vio su par de zapatos Sebago limpios y ordenados como los de un escolar. No recordaba en qué momento los había dispuesto así, pero se conformó. Si se volvía pronto hacia el rincón, podría retomar el sueño sin dificultades. El pequeño ajetreo de unas ratas juguetonas no le iba a desvelar, pero tan pronto como se acomodó en la posición fetal, los ruidos comenzaron otra vez, de modo acompasado. Decidió que no haría nada esa noche. Si eran ratas, las cazaría al día siguiente con un buen cebo y una trampa. ¡Y a otra cosa!
Por la mañana, tras la ducha, se calzó y al hacerlo registró como un escalofrío de placer. Sus zapatos parecían más suaves, acogedores y cálidos que el día anterior, pero atribuyó ese repentino bienestar a su baño matinal. La ducha le había sentado bien y eso le hacía sentirse en armonía con el mundo y con sus zapatos.
La jornada le pareció leve, sintió que las horas pasaban raudas y tuvo una inesperada sensación de euforia y dinamismo, como si flotara sobre los pasos de peatón.
Por la tarde, de nuevo en su piso, tras quitarse un zapato con la punta del otro y arrojarlos en desorden sobre la alfombra, tuvo la sensación de haber envejecido de pronto. Se desmoronó sobre el sofá, cansado y sudoroso, como si todo el agotamiento acumulado durante el día se le hubiese venido encima. Cenó a duras penas y se tendió en la cama como pudo, con sólo una sábana por cobertor. Dejó sobre la mesa de noche el libro que tenía previsto leer, quitó la luz y no despertó hasta pasadas las tres de la madrugada, en que los jadeos y suspiros apasionados se dejaron sentir de nuevo. Cogió una linterna, la enfocó hacia la trampa para ratones que había dispuesto con un apetitoso cebo y allí estaba, intacta, como él la había dejado horas antes. De las ratas o ratones no había señales, pero los zapatos, relucientes y en orden, parecían estar aguardando algo. Nicanor no reparó en que apenas unas horas atrás los había tirado sucios y en desorden sobre la alfombra de la sala y decidió volverse a dormir. Se puso de espaldas sobre el colchón, ajeno a todo, con la intención de reanudar el sueño y en cuanto soltó el primer ronquido, los jadeos y suspiros acompasados volvieron. Bajo la cama, como dos amantes furtivos pero briosos, los zapatos se trenzaron en una cópula sin remilgos, llenos de pasión y de quejidos. Seguirían así hasta el amanecer, cuando su dueño, ajeno a todo, volviese a sentir que la vida le subía a raudales cada vez que encajaba sus pies en los mocasines Sebago, tan suaves y relucientes como los de un escolar en día día lunes. Y es que el amor, aun entre zapatos, sigue siendo la fuerza más poderosa del mundo. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
Tags: Unos mocasines especiales