Por Rubén Adrián Valenzuela.- - Es que el otro día estaba practicando el submarinismo con tubos y con plomos. Como a diez metros bajo el agua sonó mi movil... - ¿Bajo el agua? ¿Qué teléfono tienes? - Un motorola. Pero es que bajo el agua no lo llevaba.
Al comienzo fue como todas las cosas que se van a convertir en importantes: no hacía ruido, no producía dolor y hasta era agradable. Un pequeño remezón en la panza, levemente por debajo del cinturón, justo en la zona donde una vez estuvo el apéndice, apenas tres dedos por encima de la pelvis. Pensó que se trataba de una llamada frustrada. No perdida, porque esas, las perdidas, suenan y resuenan durante un rato hasta que se cansan o te cansas y la bloqueas para que deje de incordiar. Esta no, al menos no esta vez. El ligero temblor le hizo pensar en el teléfono móvil y automáticamente se llevó la mano a la cintura, donde cuelga la cartuchera con el aparato aquel que unas veces se queda sin saldo y otras sin batería, cuando no falto de cobertura y las más de las veces sin las tres cosas a la vez. "Qué raro" -pensó-, "No quedó registrada la llamada perdida". Pero al instante ya estaba preocupado de otra cosa y el incidente no le llamó la atención, hasta que, dos días más tarde, mientras cenaba en una terraza frente al mar -tiene que ser en una terraza frente al mar para que no se pueda aludir a la falta de cobertura-, sintió de nuevo aquella ofuscación en el lado derecho de su vientre. Pidió perdón, sacó el teléfono para ver su alguien le había dejado un mensaje y lo volvió a su funda, sin decir una palabra. -¿Quien era?, preguntó ella, que nunca se quedaba sin preguntar cuando le asaltaba la curiosidad. - Nada... nadie -¿Como nadie? ¿Por qué has mirado la pantalla de tu móvil? ¡Alguien te mandó un mensaje! - Eso pensaba -respondió resignado-. Creí sentir que el teléfono vibraba en silencio, pero ni yo lo he programado para que vibre ni ha entrado una llamada. La cuestión quedó así y cuando él ya pensaba que su terminal estaba fallando, coincidió en un autobús con Paco. - A veces creo que la piel de mi cintura, justo a la altura de la cartuchera donde llevo el móvil, vibra. Es como si estuviera entrando una llamada, pero no, porque a veces ni siquiera llevo el terminal encima. Paco casi saltó de su asiento. El estaba viviendo la misma experiencia, pero no la había cometado con nadie, para que no le dijeran que se estaba volviendo majara. -¿Majara? ¿Por escuchar tu teléfono? - Es que el otro día estaba practicando el submarinismo con tubos y con plomos. Como a diez metros bajo el agua sonó mi movill... - ¿Bajo el agua? ¿Qué teléfono tienes? - Un motorola. Pero es que bajo el agua no lo llevaba. Es puramente un refejo simpático. La conversación con Paco se le quedó grabada en el disco duro del cerebro y por la noche, mientras miraba un programa de televisión con su mujer, comentó el asunto: "Creo que me estoy convirtiendo en teléfono", dijo sin dejar de mirar la pantalla. -¿Qué quieres decir?, oyó que le preguntaba su compañera. - Que vibro como el Nokia que me compré por Navidad. A veces escucho voces, siento que me he quedado sin cobertura o se me acaba la batería... - Estas haciendo una metáfora para decir que te hace falta un descanso. No llegó a responder porque en ese momento una voz desconocida salía de su boca, como si hubiese puesto un altavoz a la operadora: "El número al que está llamando está apagado o fuera de cobertura. Si lo desea, cuando el terminal esté operativo le avisaremos. Pulse asterisco y cuelgue". Como entre sueños escuchó la voz de su mujer: "Te están brillando los ojos como una pantalla de móvil... ¿Qué has hecho? Como has conseguido que bajo la córnea aparezca esa lectura: "Consulte con su operador. Su mensaje no ha sido enviado". El cerró los ojos y todo quedó en silencio, como si hubiera desconectado. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es