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Por Rubén Adrián Valenzuela.- En un momento dado, casi llorando, mientras se consumía entre el deseo y la angustia, mi chica dijo "¿Y si nos quedamos pegados, como los perros y después tiene que venir la policía a rescatarnos?
Mentiría si dijese que yo no dudé también. Pero más pudo la racionalidad y desde entonces, para homenajear aquel casto enamoramiento, procuro hacer el amor cada Viernes Santo. Que Cristo resucitó no para castigarnos sino para hacer que el amor triunfe por sobre todas las otras pasiones de la adversidad: la guerra, la ambición, la mentira, el derroche desmedido y la obstinación de poder.
¡Cómo han cambiado las costumbres! Ya ni siquiera la Semana Santa es lo que era. Y puede que uno no sea un católico muy reverencial ni muy observante, pero echa en falta aquel espíritu de recogimiento, de santa reflexión que te imbuían en el colegio y que se prolongaba hasta tu casa, donde no se comía carne, no se escuchaba música pagana y hasta la imagen del Sagrado Corazón que había tras la puerta de tu dormitorio, estaba cubierta de un lienzo color lila.
Entrad hoy a una página de internet que tenga que ver con el tema y vereis que todo es lúdico. Fiestas, viajes, vacaciones de ensueño y hasta lujuria, entendida ésta en su sentido expositivo, en el despliegue de lujos y placeres.
A veces pienso que debió ser siempre así, que a lo mejor nunca debieron inculcarnos todo ese padecimiento, toda esa sensación de culpa por algo que aconteció sin que ninguno de nosotros nos hubiésemos pronunciado para que así sucediera.
Ayer mismo, en plena Cuaresma, monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei repetía esa sentencia que nos ha hecho sentir tan malos a lo largo de nuestras vidas:"Somos responsables de esa muerte"... Yo, en cambio, me siento más responsable de la Resurrección de Jesucristo. Pienso que si algún Plan Divino existía para que estas cosas sucedieran, era precisamente para que la vida venciera a las tinieblas, pere demostrarnos, con el ejemplo, que después de un tiempo de penas, habría días de gloria.
Si el Hijo del Hombre resucitó después de tres días entre los muertos, ¡ése es el gran momento, la gran revelación! Se muere todos los días... sólo se resucita si se es justo y bueno, si realmente se es hijo de Dios. Y lo que es obvio (pero inevitable): no se resucita si antes no se ha muerto.
Qué mal ha ejercido su ministerio la Iglesia de Roma. Qué equivocados están al tratar de convencernos que una muerrte ocurrida hace dos mil años nos salpica de culpa y responsablidad, en vez de cantar a la alegría y al gozo de esa gran Revelación.
Se me vienen a la memoria los versos aquellos que cantaba Serrat, precisamente para estas fechas: "No quiero cantar ni puedo/ al Cristo de los maderos/ sino al que anduvo en la mar...
Nunca olvidaré los lloros, que de niño, me provocaba la muerte de Jesús. Sentía que algo se debía hacer para evitarla y alguna vez pensé que estaba dispuesto a dar mi vida con tal de que el Hijo de María y José no fuese clavado en la cruz.
Estos sentimientos no eran sólo míos. Los compartíamos toda una generación y a muchos nos siguieron atormentando hasta muy entrada la pubertad. Recuerdo que la primera vez que hice el amor con mi novia, en Viernes Santo, los dos estábamos atenazados por el temor y la duda. En un momento dado, casi llorando, mientras se consumía entre el deseo y la angustia, mi chica dijo "¿Y si nos quedamos pegados, como los perros y después tiene que venir la policía a rescatarnos?
Mentiría si dijese que yo no dudé también. Pero más pudo la racionalidad y desde entonces, para homenajear aquel casto enamoramiento, procuro hacer el amor cada Viernes Santo. Que Cristo resucitó no para castigarnos sino para hacer que el amor triunfe por sobre todas las otras pasiones de la adversidad: la guerra, la ambición, la mentira, el derroche desmedido y la obstinación de poder. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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