Fecha de publicación: 27-09-2007
Quedaban pocos días para que terminará septiembre de 1973 y cientos de personas permanecían detenidas en el Estadio Nacional, entre ellos el esposo de una de mis hermanas de quien nada se sabía desde su detención y traslado, con la consecuente inquietud de toda la familia. Sin saberlo, también estaba allí uno de mis mejores amigos en la actualidad, el siquiatra Pablo Sanhueza.
Como periodista del departamento de prensa de Canal 13, tuve la oportunidad de saber que el Cardenal Raúl Silva Henríquez haría una visita al estadio; gracias a una gestión de su secretario, Luis Antonio Díaz, se me permitió unirme a la pequeña comitiva, compuesta por ellos dos y otro sacerdote cuyo nombre no recuerdo.
Mi vestimenta era totalmente negra, con un beatle cuello tortuga y chaquetón; así “pasaba” como uno más del grupo, obviamente sin revelar mi profesión.
Nos encontramos en las puertas del recinto (fuimos filmados por una cámara de Canal 13), desde donde se nos condujo directamente a una dependencia convertida en oficina del coronel Espinoza, a cargo del campo de detención.
El militar se ubicó en su escritorio y el Cardenal fue el único que tomó asiento en una butaca ubicada a un costado, cruzó las piernas y puso su sombrero sobre las rodillas.
-¿Qué puedo hacer por usted?, tronó la voz del militar mirando a monseñor.
-Vengo a ver a mis hermanos en desgracia, replicó con voz firme y segura don Raúl.
-Aquí no hay nadie en desgracia y los prisioneros no reciben visitas, retrucó el coronel.
-Usted señor no me puede impedir que entre, retumbó en las sombrías paredes de cemento la voz del Cardenal.
No recuerdo fielmente el resto del diálogo que se prolongó por varios minutos. Pero Silva Henríquez impuso sus argumentos y fue autorizado (junto con su comitiva) a recorrer parte de los camarines donde estaban encerrados los detenidos y los pasillos ocupados también por algunos prisioneros y por soldados fuertemente armados.
El ambiente era tétrico, lúgubre, insano; creo que hay que haber sufrido esa tortura para poder describirla como corresponde y no soy el indicado. Escuchábamos los gritos de los prisioneros pidiendo ayuda y los de soldados llamando al silencio.
Mientras el Cardenal confortaba a muchos a los que se aproximó, uno de los sacerdotes (no recuerdo cual) y yo no acercamos a las puertas con rejas de los camarines.
En uno de ellos estaba encerrado Oscar Waiss, periodista director de La Nación hasta el 11 de septiembre, quien sufría de una fuerte miopía.
Don Oscar- le dije- soy un periodista, ¿qué puedo hacer por usted?
Colega –me respondió- consiga que me entreguen mis lentes.
En ese momento, una persona me pasó un papel con un nombre y una dirección o teléfono; en pocos segundos tenía los bolsillos del chaquetón repletos de papelitos, mientras el sacerdote recogía otros tantos en su sombrero. Todos querían avisar a sus familiares o amigos de su ubicación.
Al salir de los camarines, en una especie de puesto de guardia, veo a una persona conocida escribiendo a máquina, una de esas Underwood negras, pasando un listado de nombres.
-¿Qué haces aquí?, le pregunto (estúpidamente).
-Como sé escribir a máquina, me pusieron en esto, me contesta Patricio Guzmán, el afamado cineasta, a quien yo conocía por razones profesionales.
-¿En que te ayudo Pato?, le digo recuperado ya de mi estupidez
-Llama a Paloma y dile que estoy bien. El teléfono es…(lo anoté en la palma de mi mano y luego cumplí con el encargo).
Al rato salimos a las graderías, donde decenas de detenidos escucharon las palabras de ánimo y esperanza del Cardenal y una cámara de televisión captó el momento. Los presos aplaudieron vívamente las palabras cariñosas del pastor...Sus palabras iniciales, parado en la que hoy es la tribuna marquesina denotan su humildad: "Buenas tardes a todos...Muchos de ustedes no me conocen...Soy Raúl Silva, Obispo de Santiago y Cardenal de Chile....."
Esos son los hechos. Sin que me corresponda analizar las consecuencias, creo que don Raúl demostró en ese momento la fortaleza con que lo dotó el Espíritu Santo para enfrentar los duros momentos por los que tuvo que pasar como Pastor para conducir a su agobiado rebaño.
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