jueves, 19 de marzo de 2009
POR RUBEN ADRIAN VALENZUELA.- A un amigo que la visitó en su casa, cerca de Gerona, le dijo al despedirse: "Te veré dentro de un rato, pues tendrás que venir a lavarte las manos". "¿Y por qué", quiso saber el visitante. "Porque te han pinchado las cuatro ruedas del coche y cuando acabes de cambiarlas, tendrá que asearte un poco y yo te estaré esperando con una taza de café recién hecho..."




Una tarde que llovía barro rojo, de ese que trae de África lo que aquí llaman "La gota fría",  busqué refugio en unas galerías comerciales del centro de Barcelona y allí la conocí. "Te estaba esperando", dijo, como si me conociera de toda la vida. Rosa, proveniente de un pueblo perdido en las montañas prepirenaicas de Cataluña, tiene el aspecto de una secretaria ejecutiva o una ama de casa resultona. Rubia, alta, bien pertrechada, con una "delantera" entusiasta y un par de piernas "como de yegua finasangre" (que diría mi padre), no parece para nada una bruja, pero lo es.
A un amigo que la visitó en su casa cerca de Gerona, le dijo al despedirse: "Te veré dentro de un rato, pues tendrás que venir a lavarte las manos". "¿Y por qué", quiso saber el visitante. "Porque te han pinchado las cuatro ruedas del coche y cuando acabes de cambiarlas, tendrás que asearte un poco y yo te estaré esperando con una taza de café recién hecho..."
Ocurrió tal cual, pero ni falta hace que yo se los cuente, porque ya se lo imaginaban.
Lo curioso es que mi amiga "bruja", a la que yo bauticé "Rosa de los Milagros", hace prodigios sin siquiera proponérselo. Es más, yo diría que ese es el principal requisito para que ella pueda manifestarse: que no sea consciente de lo que está haciendo. Mi amigo Alberto Saá, que se estaba quedando calvo completamente fue conmigo al teatro y en un decanso conoció a Rosa. Yo los presenté, después de un alto en la cafetería de la sala. Ella estaba acompañada, pero nos dedicó unos minutos durante los cuales preguntó por mis asuntos y por mi hijo, que ya cumplió los ocho años. Cuando le dije a Alberto que Rosa era bruja y que hacía milagros, él le tomó la mano y se la llvó a la cabeza: "Por favor, que vuielva a tener pelo". Ella sorprendida y divertida dijo que las cosas no se hacían así, que era algo más serio. Que debían encontrarse en otro ambiente, para que se opudieran concentrar los dos.
Alberto no soltó la mano de mi amiga, insistiendo que ya le bastaba ese toque mágico. Ella, sin dejar de sonreir, hizo un poco de presión con sus dedos, dijo algo que no entendí pero que me pareció una excusa y luego añadió: "No te rías. Puede que funcione. Una amiga me atajó el otro día en el mercado y se puso mi mano en un riñon, donde le habían detectado un tumor. Ahora le han vuelto a hacer radiografías y el tumor ha desaparecido".
La segunda parte del espectáculo nos separó. Volvimos a nuestras butacas y ya a la salida casi no pudimos hablar, así es que con gestos y un "¡Llámame!" dicho a la distancia, nos despedimos.
No he vuelto a ver a Rosa, pero si a Alberto, que dos o tres semanas después me llamó urgente para pedir el teléfono de mi amiga, pues quiere visitarla en su casa. Estaba ancantado y no quiso adelantarme el motivo de su alegróa. Nos citamos en una cafetería y entonces comprendí la razón de tanto entusiasmo: ¡Le ha salido pelo nuevo! Firme, fuerte y sano pelo nuevo, justo en las zonas donde la calva de brillaba más...
Sólo hay un problema, y esa es la razón por la que Alberto quiere ver a Rosa a como dé lugar: El pelo ha crecido en forma de mano, justo allí donde la palma y los cinco dedos de Rosa tocaron la calva de Alberto. La cosa suena divertida y lo es, porque algunos conocidos le han dicho a mi amigo que parece que llevase un guante en la cabeza. Y él, más orgulloso que un crío con zapatos de marca, dice que buscará a Rosa, la "Rosa de los Milagros" y que hará que le toque por todas partes, en la cabeza, se entiende (rubendrianvalenzuela@yahoo.es)

Tags: La Cataluña mágica

Publicado por Desconocido @ 13:38
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