viernes, 13 de marzo de 2009


Por Rubén Adrián Valenzuela.- Mi hijo pequeño salió del templo convencido de que allí no alentaba el Espíritu de Dios y sí una vocación, de los mayores, de reprimir todos los gestos de libre curiosidad que animan a un pequeño que estaba asistiendo, por primera vez, a ese mundo tan adusto y falto de felicidad.



En la misa de doce, el domingo pasado, había más de un centenar de personas. Todas mayores o muy mayores. Muchas con algún achaque o decididamente enfermas. Jóvenes no había. Niños, sólo uno: el mío, al que llevé a la iglesia no porque quiera convertirlo al catolicismo (esa será una decisión que habrá de tomar él cuando llegue el momento), sino porque quise revivir mis años de misa obligada y mis primeras comuniones; aquellas para asistir a las cuales era preceptivo no haber comido nada desde la medianoche anterior y no haber bebido ni un sorbo de agua desde tres horas antes.
Mi hijo salió del templo convencido de que allí no alentaba el Espíritu de Dios y sí una vocación de los mayores de reprimir todos los gestos de libre curiosidad que animan en un pequeño que estaba asistiendo, por primera vez a ese mundo tan adusto y falto de felicidad.
¡Con razón no se ve a más jóvenes en el templo! Y, como sigan así las cosas, creo que no los habrá en muchos años. Tal vez ni siquiera lleguen a tiempo las generaciones de recambio, para salvar esta espiritualidad que nos legó un Carpintero que murió en la Cruz hace dos mil años. La casa de Dios se está quedando sin habitantes.
En mi infancia y juventud tuve la suerte de conocer a curas y monjas de talante abierto y jovial, que vivían su magisterio con alegría y optimismo. A uno de ellos le protesté una vez porque mi asistencia a misa la controlaban los profesores del colegio en que yo estudiaba (pasaban lista como en clases) y me respondió que estaba bien así porque si no, ¿cómo iba a familiarizarme con la Palabra del Señor? Añadió que a Dios le complacía verme en la iglesia aunque fuera a la fuerza. "Si vienes tan sólo para ver a la chica que te gusta - me dijo, "el Señor valora tu gesto como si hubieses venido a una fiesta en su casa".
Hoy los chicos no vienen al templo ni para enamorar. Y a los pequeños les dejan en casa para que no vengan a molestar o porque se aburren (cosa de lo más comprensible). Se sienten constantemente reprochados por los mayores, que no paran de ordenarles silencio, quietud, inmovilidad. ¡A ellos, los invitados más dilectos del Maestro, aquel que dijo claramente y a los cuatro vientos: "Dejad que los niños vengan a mí!".
La Casa de Dios es o debería ser una fiesta y en ella la alegría, la sabia nueva, el candor y la esperanza deberían ponerla los niños. Pero los cristianos viejos creen que los jóvenes o los muy jóvenes perturban mientras ellos (los mayores digo), viven la fe como un acto sin contenido, en el que ya ni lo que se predica desde el púlpito les resulta atractivo.
El domingo, tras el oficio religioso pregunté como al descuido, a varias personas, acerca de lo que había dicho el cura en su sermón. Ni uno solo supo recordarlo, con las más diversas excusas. Mientras mi niño, que según algunos no estaba atento, escuchó que en algún momento el sacerdote decía algo de "beber sangre".
También pregunté por qué ninguno había conseguido que le acompañase un hijo, un sobrino o un ahijado adolescente, aunque sólo fuera para ver a la vecina del tercero. Ninguno supo dar una respuesta convincente, pero es obvio que cada vez son menos los que vienen a sentarse "a la Mesa del Señor".
Luego no añadamos estupor al descalabro. Qué clase de cristianos son estos que sólo se sacan la calderilla y las monedas más pobres para darlas de limosna al templo? O que a la hora de desear la paz al prójimo no van más allá del conocido o del acompañante eventual que tienen en el banco? ¿Por que no hay alegría en ese gesto y cuando te dan la mano o te palmotean la espalda parece que te estuvieran dando una condolencia?
Mi hijo observó, no sin disgusto, que varias señoras muy mayores lo miraban con ojos torvos y le indicaban silencio con el dedo índice sobre la boca. Y todo porque quería saber el nombre de aquel bebé, de escayola, al que una señora, vestida de largo y talar y también de escayola, sostiene entre sus brazos en el altar.
Cuando llegue Navidad y en nombre de ese mismo bebé, nos dejemos fortunas para homenajear a los más pequeños, fingiremos que lo daríamos todo por ellos, pero los hacemos sentirse fuera de lugar en el templo, porque molestan.
No intentaré de nuevo llevar a mi hijo a misa de doce y creo que dejaré pasar otros veinte años antes de volver al templo, para ver si ya no estan esas miradas turbias y esos gestos adustos que me encontré en la Casa del Padre después de tanto tiempo de ausencia. Por cierto, en el sermón del domingo se habló de la vida y la obra de Santa Teresa de Jesús. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)



Tags: La vacía Casa de Dios

Publicado por Desconocido @ 9:05
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