POR RUBEN ADRIAN VALENZUELA.- Comenzamos a grabar las entrevistas en las cuales quedaba clara la ninguna responsabiliad de Juan Ferrara y Dante Lagurara en el accidente y el tremendo y mortífero error del controlador aéreo de Santiago.
La Iglesia Católica de Santiago apeló a las más altas instancias de Gobierno para exigir que el secreto no se hiciera público y el propio cardenal Raúl Silva Henríquez llegó a comunicarse con el Presidente Salvador Allende para decirle que "no permita que los periodistas se ceben como buitres sobre las víctimas de tan tremenda tragedia".
Todo fue inútil porque el padre de uno de los rescatados se explayó con un periódico de Uruguay que, con un titular a todo lo ancho de la portada confirmó lo que ya todo el mundo sospechaba.
En el libro que ahora circula, bajo la firma de Nando Parrado: "Milagro en Los Andes", se afirma que cuando los supervivientes regresaron a su país se encontraron con que los diarios uruguayos planteaban la duda acerca de si todos los muertos habían resultado del accidente o si se les había dejado morir para "tener provisiones a mano".
Parrado cuenta ahora que incluso se llegó a publicar la sospecha de que la avalancha de nieve que se precipitó sobre los restos del accidente, matando a otros diez de los supervivientes "nunca llegó a producirse".
En el subconsciente colectivo siempre quedaron dudas sobre las condiciones en que sobrevivieron y cómo llegaron finalmente a salvarse los jóvenes deportitas. Pero sobre lo que nunca nadie dudó fue en atribuir la responsabilidad de accidente a los dos pilotos (que como se sabe, con diferencia de dias murieron, los dos, atrapados entre los hierros retorcidos del Fairchild), quienes además de ser inocentes, como se tratará de demostrar aquí, tras una escala técnica obligada por el mal tiempo, en Mendoza, se vieron forzados a reemprender el vuelo hacia Chile por los propios deportitas y su entrenador. Puesto que ellos eran los contratantes del vuelo charter, al ver que su viaje de deporte y vacaciones se les estropeaba por culpa de la cordillera, acusaron a los pilotos de cobardes y mariquitas, hasta que consiguieron que tomaran la decisión de intentar la travesía de la cordillera.
El piloto Julio Ferradas y su copiloto Dante Lagurara tomaron la decisión acertada de dirigir el avión hacia el sur del continente, intentando buscar los pasos menos elevados del macizo andino, pero a la altura de Curicó, a poco más de cien kilómetros al sur de Santiago, recibieron una comunicación de una de las torres de control de vuelo en Santiago (Batuco me parece que era), que les autorizó iniciar la travesía, convenciéndoles que el clima era el adecuado y los pasos cordilleranos no superaban los 3.500 metros. El controlador aéreo, un funcionario de apellido García adscrito al ministerio de Defensa de Chile, había conseguido de contrabando un trozo de asado de ternera (no olvidemos que Chile por esos días vivía una huelga salvaje de camioneros y transportistas) y se había decidido a compatir con sus compañeros el tesoro, aderezado con buenas botellas del tinto de la región.
Todo hace suponer que cuando autorizó al Fiarchild a emprpender el cruce de la cordillera no sólo estaba achispado sino en total confusión de lo que decía, porque un compañero suyo, cuando se enteró de las coordenadas que había transmitido le acusó de haber metido la pata, pero ya era tarde. El 13 de octubre de 1972, en medio de unas turbulencias inusuales, el Fairchild se encontró con que no sólo no estaban cerca de Curicó, sino que se enfrentaban a picos nevados de más de 4 mil y 5 mil metros, contra los que inevitablemente se estrellaron.
Una vez ocurrido el accidente, el copiloto Lagurara, que agonizó por días atrapado entre los mandos de la cabina y su asiento, repetía sin cesar "Ya hemos pasado Curicó".
Años mas tarde, en la redacción del diario La Tercera, donde yo trabajaba como encargado de reportajes especiales, un controlador aéreo en ejercicio en la torre de Batuco ofreció contar lo que acaban de leer, a cambio de una cuantiosa suma de dinero. La dirección, bajo la responsabilidad del periodista Alberto Guerrero, accedió a pagar lo solicitado y comenzamos a grabar las entrevistas en las cuales quedaba claro la ninguna responsabiliad de Ferrara y Lagurara en el accidente y el tremendo y mortífero error del controlador aéreo de Santiago. La dirección había fijado como fecha de publicación de estas revelaciones, un fin de semana, en que los diarios alcanzan sus más altas cotas de ciirculación, pero alguien, desde dentro del diario, alertó a los censores del régimen militar de Pinochet y todo se fue al traste. Hasta hoy, nunca, nadie, ha intentado limpiar los nombres de los dos pilotos uruguayos y yo espero que este sea el primero de una serie de actos reivindicativos de sus nombres. Ellos descansan en paz, pero sus descendientes tienen derecho a saber la verdad. Puede ser que ahora que en Chile gobierna una mujer recta y comprensiva, se pueda reabrir la investigación, para que de una vez se imponga la verdad y la justicia. (
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
NOTA DEL AUTOR: Espero poder ofrecerles, en breve, como anexo, el teletipo vetado por la Agencia EFE en Barcelona.
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