lunes, 02 de marzo de 2009
Si tenemos en cuenta que, como dicen los críticos de todo el mundo, Ian McEwan produjo con esta novela "las mejores 30 páginas de arranque de la literatura contemporánea" entenderán que dude de la necesidad de introducir unos cambios salvajes en un argumento que ya venía redondo. No puedo ni imaginarme a un profesor e investigador universitario, como el de la novela, conviviendo con la escayolista, guapa pero tonta, que introdujeron en la película basada en "El amor perdurable".

Por Rubén Adrián Valenzuela        


Los escultores no me gustan. Las esculturas - algunas esculturas -, sí. Pero quienes las hacen no. Porque, en realidad, un escultor no es más que un albañil con buen gusto y buena suerte y un fundidor, forjador o cerrajero con ideas curiosas puede llegar a ser considerado escultor en hierro pero jamás, en propiedad, un artista.
Conocí y traté hace algun tiempo a un personaje que fundía cosas en una gran fragua. Algunas le salían de chiripa y otras eran sólo el resultado de accidentes en el taller. El pulía y sacaba brillo a sus "chorreos" y luego los presentaba como producto de su inspiración: "Me han quedado bien, ¿eh?" soltaba con gran desparpajo, lo mismo que el autor de aquella tela blanca, impoluta, que protagoniza "Art", donde se luce Ricardo Darín.
De aquel escultor del que estoy hablando me llamaban la atención sus manos y su mujer. Las manos porque estaban llenas de callos, cortes, cicatrices y deformidades y su mujer, porque siendo una delicia de persona: fina, bella, frágil y culta, muy culta, se las apañaba para soportar las barbaridades de su
tosco marido. Me pregunté más de alguna vez de qué hablarían en la intimidad. ¿Qué caricias le proporcionaba él, con esas manos de recogedor de chatarra? ¿Cómo le transmitía emociones?
Duraron poco tiempo juntos. Ella se casó más tarde con un marino mercante que le traía oticias y aromas de tierras lejanas y extrañas y él se volvió a su país a disfrutar de una democracia que habían reconquistado otros y a llenar las calles y plazas de esa chatarra que tan bien pulía y por la que tan bien y tan inmerecidamente le pagan.
He querido contarles todo esto, después de ver en el cine  la versión adaptada de "El amor perdurable", una de las formidables novelas de Ian McEwan. La rebautizaron como "El intruso" y le añadieron personajes, dicen que por exigencias del guión. Pero también le cambiaron la profesión a la novia del protagonista, convirtiéndola en una escultora que queda muy bien para las imágenes, pero que de meterse a reflexionar con profunidad, nada de nada. ¿Creen ustedes que una escultora, ya en el cine como en la vida real, podría haber provocado textos como el que sigue?: "Mientras caminábamos en dirección oeste hablamos casi todo el rato de la investigacion de Clarissa: la muerte de John Keats en Roma, en la casa al pie de la escalinata de la Plaza de España donde se alojaba con su amigo Joseph Severn. Era posible que aún existieran tres o cuatro cartas de Keats sin publicar y podía estar, una de ellas dirigida a Fanny Brawne. Clarissa tenía razones para pensarlo y había pasado parte de su año sabático viajando por España y Portugal, visitando casas donde habían estado Fanni Brawne y Fanny, la hermana de Keats..."
Si tenemos en cuenta que, como dicen los críticos de todo el mundo, Ian McEwan produjo con esta novela "las mejores 30 páginas de arranque de la literatura contemporánea" entenderán que dude de la necesidad de introducir unos cambios salvajes en un argumento que ya venía redondo. No puedo ni imaginarme a un profesor e investigador universitario, como el de la novela, conviviendo con la escayolista, guapa pero tonta, que introdujeron en la película basada en "El amor perdurable". Con todo, no me hagan mucho caso y acerquense a ver este filme que ya ha cosechado una media docena de premios en festivales de cine de toda Europa. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es).



Tags: Dedicado a uno que yo sé

Publicado por Desconocido @ 16:55
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