lunes, 02 de marzo de 2009
“Y ha mentido tanto y ha cargado tanto las tintas para hacer que mi hermano parezca culpable” –dice-, “que ahora me doy cuenta de cómo las mujeres podemos torcerle la nariz a la justicia”.   
Por Rubén Adrián Valenzuela              


A veces me da por confeccionar listas con las cosas que más me disgustan o que me ponen frenético. Es una forma de desahogo que no lleva a ninguna parte –o sí-, pero que sirve para comprobar cuánto del prójimo hay en mí. Así, por ejemplo, en el tren coincido con una mujer que resulta que es abogado y que toda la vida se había declarado feminista. Hasta que le tocó asistir a su hermano en un juicio de separación y por la custodia de los hijos.
 Me cuenta, mientras el tren pasa por la primera estación, que su ahora ex cuñada siempre fue su amiga y que ahora, sin saber por qué motivo, ni la saluda. “Y ha mentido tanto y ha cargado tanto las tintas para hacer que mi hermano parezca culpable” –dice-, “que ahora me doy cuenta de cómo las mujeres podemos torcerle la nariz a la justicia”.

¡Y a mí que no me gustaban nada los abogados! ¿Se imaginan un mundo sin ellos?
Un amigo mío, sacerdote franciscano, me decía que bastaría con que cumpliésemos los mandamientos de la llamada Ley de Dios para que nadie necesitase nunca un abogado. Tampoco habría cárceles, ni jueces (ni por supuesto delincuentes) ni prensa del corazón. ¿De qué iban a escribir si no hubiese fornicarios, si nadie deseara a la mujer de su prójimo, si nadie mintiese o levantase falsos testimonios? ¿Quién, si no hubiese ladrones, estafadores, empresarios inmobiliarios corruptos y alcaldes estilo Julián Muñoz iba a alimentar sus páginas?

De verdad, a veces me pregunto cómo, si lo tenemos todo hecho para ser medianamente felices, sólo con cumplir unos determinados preceptos que no tienen nada que ver con si uno es religioso o no, podríamos conseguirlo.
Por eso mi ocasional amiga abogado –abogada prefieren ahora que se diga -, cuando ya hemos pasado por el kilómetro 30 me dice que lo peor del ejercicio de la justicia familiar es ese concepto de que a la mujer hay que partir creyéndola víctima y al hombre –generalmente el imputado-, considerarle de entrada un trasgresor violento, mentiroso y mal inspirado. Y me suelta una frase que será mi ayuda de cabecera durante mucho tiempo: “Los pleitos que se ganan en los tribunales los pierden siempre los hijos, que vinieron al mundo con papá y mamá y acaban convertidos en rehenes de uno de los dos (ni falta hace que digamos que por aquel por el el cual se ha inclinado la justicia), que cuando les han asignado la guardia y custodia de los retoños se creen que han clavado la rueda de la fortuna…

¡Tampoco me gustan los jueces de familia!
Otra cosa que no me gusta es encontrar esos periódicos que se autodenominan “prensa seria” o “de calidad” y que mezclan en sus cartas al director textos en castellano y en catalán. ¿Por qué esto sólo lo hacen los diarios que se editan en castellano? Las publicaciones en catalán jamás publicarán una carta en castellano o inglés y esto no quiere decir que no sean “prensa seria o de calidad”. Sólo quiere decir que tienen las cosas claras y saben a qué tipo de público van dirigidos.
Ahora, para colmo de ese seudo intento de asimilación del no catalán, las publicaciones dirigidas a público latinoamericano – que son muchas y de gran difusión- han comenzado a encartar separatas en catalán, como si un probable lector catalán, al escoger uno de estos semanarios o mensuarios estuviese esperando que le hablen de los países del otro lado del Atlántico en catalán. Y para colmo de los colmos, ¡como si todos los sudamericanos llegados a estas tierras estuviesen preparados para leer en su prensa específica textos en catalán, han comenzado a insertar separatas completas en la lengua de Llull. Pero lo que me pone definitivamente fuera de mi es que los del PP hablen de lo dividido que ha quedado Chile después de la muerte de Pinochet, por culpa de la decisión de la Presidenta Bachelet de no oficiar un funeral de estado. ¿De qué división hablamos si no más de diez mil personas, en un pais de casi quince millones de habitantes, fueron a visitar al dictador en su féretro?
De verdad, oiga: más divida quedó España tras la muerte de Franco y esa división no se ha superado hasta el día de hoy. ¿O es que quienes votan al PP –casi media España por si no se han dado cuenta-, no son franquistas?
Cómo para cabrearse un poco, ¿no? (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)

 

Tags: Un mundo sin abogados

Publicado por Desconocido @ 11:01
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