Así, de ese modo tan íntimo y particular conocí a Mayte Martín. No tuve a mi lado con quien compartir mis emociones y desde entonces diría que la convertí en mi hallazgo personal, mi referente musical y en buena medida en un preciado e intransferible secreto vivencial, que a veces, en muy contadas ocasiones, ofrezco a algúna persona especial a la que considere que es digna de compartir conmigo lo esencial.
Por Rubén Adrián Valenzuela
Cierta vez, hace más de una década, vi en una de las carteleras del viejo Palau de la Música Catalana, que esa misma noche actuaba allí Teté Montoliú, de quien me consideraba/considero un gran admirador. Frente a las taquillas me enteré que las entradas estaban agotadas y que la "culpa" no era de aquel talentoso pianista catalán, ciego de nacimiento, sino de la joven cantante que actuaría con él: Mayte Martín, a quien se comenzaba a considerar como la mejor representante del flamenco en Cataluña.
Yo no había oido nunca, hasta entonces, hablar de Mayte Martín y me sorprendió que una figura de tanto relieve en el mundo del jazz, como Teté Montoliú, estuviese dispuesta a poner el marco musical a la actuación de esta joven, a la que esa noche no podría escuchar, porque no quedaba una entrada ni para urgencias. Ya me iba cuando desde la taquilla alguien me llamó para decirme que un chico, al que le habían dado plantón, devolvía una entrada, una sola, que debía pagar en el acto.
Así, de ese modo tan íntimo y particular conocí a Mayte Martín. No tuve a mi lado con quien compartir mis emociones y desde entonces diría que la convertí en mi hallazgo personal, mi referente musical y en buena medida en un preciado e intransferible secreto vivencial, que a veces, en muy contadas ocasiones, ofrezco a algúna persona especial a la que considere que es digna de compartir conmigo lo esencial.
Con las canciones de Mayte Martín he retornado, muchas veces, al territorio de mi adolescencia, a los amores inconclusos o frustrados y a la felicidad de la relación más plena y pura. Ella canta y parece que su voz, que en una vida pasada debió pertenecer a un ángel, dibuja en el aire volutas de ilusión. Es como si en el escenario estuviesen estallando, cual frutas caidas de un árbol prodigioso, las notas del pentagrama celestial.
Me gusta mucho Mayte Martín. Tanto, que casi la he convertido en mi tarjeta personal, en mi regalo predilecto, en mi objeto de homenaje cuando estoy enamorado. La he seguido en sus actuaciones por el Palau, La Paloma, la "sala petita" del Auditori Nacional, el Liceu o inesperadamente, en Sitges, donde no esperaba encontrármela cantando acompañada por dos pianos en el Meliá.
Esta noche, mágica, hizo un poco de todo lo que ya le conocemos. Pero donde estuvo magistral fue en la recreación del tango de Gardel "Sus ojos se cerraron", donde alcanza cotas insospechadas de emoción. Es como si "ese sentimiento triste que se baila", que diría Borges, hubiese sido siempre su forma de expresión.
Mayte Martín ha recreado, de forma magistral, los boleros de toda la vida, las canciones que hablan directo al corazón, aquellas que una vez nos parecieron alegres y otras nos hacieron llorar como frente al confesor. Por eso resulta inexplicable que sea sólo un producto de consumo casero y que no la hayamos convertido en un icono de esta tierra; en material de exportación o embajadora de buena voluntad por todos los caminos del mundo.
Mis amigos en Colombia, México, Argentina, Chile o los Estados Unidos, a quienes alguna vez envié de regalo (o recomendé

un disco con canciones de esta catalana de Sabadell, no comprenden ese especie de silencio, casi concertado que hay entre nosotros y en los medios, en torno a la figura y la obra de Mayte Martín. Yo suelo decirles que "España es así" y que aquí, cuando un "Noi del Poble Sec", un pintor, un arquitecto o un atleta cae en gracia a un mandamás, nos lo pondrán hasta en la sopa, aunque la encargada de comerse la sopa sea Mafalda.
Si, como dice
José Angel Mañas "todas las canciones son tristes porque tarde o tempreno terminan convertidas en la banda de sonido de un amor que se murió", comprenderán por qué Mayte Martin se ha convertido en una musa insoslayable de "la banda de los corazones solitarios" y ojalá se prodigue mucho más por estas tierras de Dios. R
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
Tags: Bolerista genial