En el camping queda en evidencia que uno de los grandes males de la vida en las ciudades modernas son los ayuntamientos, con sus alcaldes y concejales, que mandan lo innecesario y ordenan lo que ya funciona. Porque aqui todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y lo respeta. El vecino saluda al recien llegado y, si puede, le facilita las tareas para que implante su "vivac", mientras los niños corren libres y alborotados, sin miedo a un motorista que corre a cien por hora con el escape libre.
Por Rubén Adrián Valenzuela
Al caer la tarde, en una aldea que no tenía más de un centenar de habitantes, sin alumbrado público ni agua corriente, mi abuela nos convocaba, en vacaciones, junto a un brasero que con sus ascuas al rojo vivo alumbraba más que la escuálida vela que titilaba en un rincón.
Una tetera-pava lanzando fumarolas por el pico, dos o tres cacharros con leche ordeñada aquel mismo día y un montón de hogazas de pan esperando el tueste, prometían una jornada de "menjar i beure" que ya se la hubiera querido para sí el bueno de Pere Romeu, fundador del mítico restaurante Quatre Gats, en Barcelona.
Desde mi pequeña y cimbreante silla de mimbre oteaba hacia la polvorienta calle central del pueblo, por donde a ratos pasaban viejas carretas tiradas por bueyes. El horizonte, poblado de arboles hirsutos y matorrales bajos en los que moraban el conejo y la liebre, se ofrecía a ratos violeta y a ratos azul oscuro, "como la boca del lobo", en el decir de los lugareños.
Eran jornadas memorables en los que la confidencia se confundía con el cuento de terror o las leyendas de aparecidos, mientras una vaporosa taza de leche caliente o un amistoso mate "con azúcar quemada" circulaban de mano en mano hasta que alguien, extinguidos ya los carbones en el brasero, daba las buenas noches y se iba a la cama más o menos al mismo tiempo que las gallinas.
Pienso en estas jornadas pueblerinas en la casa de mi abuela Julia ahora que, pasadas varias décadas, me siento con mi hijo de ocho años en torno a un hornillo de butano en el campamento de tiendas y parapetos que hemos montado en un camping de la costa dorada de Tarragona.
Como un pequeño universo de penumbras y silencios, el camping, con más de cinco mil habitantes, se parece casi en todo a La Huerta del Maule, esa pequeña aldea en la que pasabamos las vacaciones mis hermanos y yo cuando no pasaba de los ocho años.
Todo funciona lento y en sordina y la luz, estratégicamente dispuesta para realzar la sombra de los pinos, palmeras y cipreses, invita a la reflexión y el recogimiento. Nadie grita ni se pelea por el aparcamiento. Los coches circulan a no más de 10 kilómetros por horas y los niños juegan, como en los mejores tiempos de mi abuela, en las callejas y jardines, sin temor al ratero de turno ni al ciclista imprudente. En el camping queda en evidencia que uno de los grandes males de la vida en las ciudades modernas son los ayuntamientos, con sus alcaldes y concejales, que mandan lo innecesario y ordenan lo que ya funciona. Porque aqui todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y lo respeta. El vecino saluda al recien llegado y, si puede, le facilita las tareas para que implante su "vivac", mientras los niños corren libres y alborotados, sin miedo a un motorista que corre a cien por hora con el escape libre.
De entre los árboles que nos rodeaban al atardecer en el camping, se me viene, de pronto, la memoria de la abuela. Me parece verla con sus greñas blancas y su moño de tomate, contando las andanzas de fulanito o las mezquindades de sutanito.
Una vez, a la hora crepuscular de la merienda-cena, en un arbol al otro lado de la calle, justo frente a la ventana del comedor de la abuela, se instaló un pájaro que soltó unos sureos como de palomo en celo.
- ¿Que pajaro es ese, abuelita?
- Es la Malú, esa bruja calentorra que vive al otro lado de la colina...
- ¿Calentorra qué quiere decir?
- Que está caliente con tu abuelo Segundo y que me lo quiere llevar...
- Pero si es sólo un pájaro que busca su nido.
- ¡De eso nada! Es esa bruja, que se convierte en lo que quiere y te lo voy a demostrar.
Sin mediar más palabras mi abuela desapareció en la semipenumbra de la casa y volvió, rauda, armada con una vieja escopeta de caza. Cargó, apuntó hacia el pájaro en la rama y disparó un tiro que retumba en mis oídos hasta el día de hoy. Unas plumas saltaron al viento mientras el pájaro se alejaba, piando aterrado, en el horizonte.
- ¡P'a que te enteres! gritaba mi abuela con el puño en alto mientras alguien reprochaba que hubiese disparado en presencia de niños.
- ¡Segundo! -gritaba dirigiéndose a mi abuelo-. ¡Te quedaste sin novia!
Pasé la noche en duermevela, pensando en aquel pájaro herido que, según mi abuela, era aquella simpática señora - con una hija que años más tarde sería mi compañera en un periódico nacional-, que cuando veía venir las carretas de vendimiadores salía al camino a pedirles uva que compartía con nosotros.
La historia tuvo un final tan bellamente elegido, que provoca las delicias de mi hijo cuando se lo cuento en el camping en que estamos haciendo la última comida del día. Porque a la mañana siguiente, poco después del desayuno, se presentó en casa de mi abuela doña Malú, la de la colina. Venía con un vendaje blanco, cual turbante, que cubría casi toda su cabeza y una oreja que, dijo, se había roto en no se qué accidente dentro de su casa.
- ¡Nada de accidente, bruja cochina!, chillaba mi abuela, muerta de celos. -¡He sido yo que te arrancó la oreja de un escopetazo... Y si vuelves por aquí te voy a arrancar el corazón de cuajo, para que aprendas a quitarles los hombres a otras mujeres...
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