Ante tanta seriedad y rigor administrativos, organicé una fiesta, invité a algunos amigos para hablarles de
mi buena suerte y hasta adjudiqué algunos momios a gente a la que le debo favores y más de un momento de
alegría en mi existencia. Lo malo es que también vinieron algunos envidiosos, excépticos y matapasiones
(a estos no les ofrecí nada) y comenzaron a decirme que cuidado, que había mucho fraude, que no podía ser
verdad tanta belleza, que de donde tanta suerte, que no me lo merecía, porque si yo no mandaba tantos correos
electrónicos... Por Rubén Adrián Valenzuela
En menos de 15 días, gracias a internet, me he vuelto archimillonario. Primero porque la National Lottery
del Reino Unido cruzó mis datos de navegante con el número de mis mensajes enviados, menos un dígito por
vivir en España más dos dígitos por usar yahoo y así, hasta dar con un número ganador extraído de entre un
millón de postulantes.
Me asignaron una clave de acceso, un numero de identificación como ganador y en medio de frases
coloreadas y llenas de signos exclamativos que denotaban felicitaciones y asombro, me informaron que
había obtenido 650.000 libras esterlinas, que a pesar de no ser el premio mayor, se aproxima bastante a los
cien millones de las antiguas pesetas.
Como comprenderán, no era cosa para tirar a la basura y comencé los trámites para reunirme con mi dinerito,
tan inexplicable como asombrosamente ganado. Tuve que responder a una serie de preguntas, enviar
certificados de identificación fiscal y hasta hablar de mi religión, cosa que ya me dejó un poco mosca.
Continué, sin embargo mandando y recibiendo correos electrónicos, todos los cuales venían acompañados de
logotipos convincentes, fotos de algunos de los responsables de pagar mi premio y hasta la publicidad
institucional de FedEx (una de las mayores agencias de mensajería en el mundo), que me confirmaba mi premio y
requería más información privada mía, para hacerme llegar el medio millón largo de divisas hasta la
puerta de mi casa.
Manifesté algunas dudas y una que otra objeción (como el hecho de que me respondieran algún correo
electrónico de noche o en domingo) y me pusieron en contacto con la Policia Metropolitana de Londres,
desde donde, con logotipo oficial y todo, me escribió un inspector de Fraudes en el Juego diciéndo que a
efectos fiscales e impositivos mi premio era inobjetable, pero estaba sujeto a unas tasas y seguros
obligatorios que ya estaban cubiertos. Acompañó un certificado de propiedad legitimado, que yo debería
mostrar ante la Policia española y el scanner de un documento que debería rellenar una vez me hubiese
reunido con mis millonsejos, todo para legalizar mi pequeña fortuna y que nadie, por suplantación, se
hiciese propetario de mi dinero.
Ante tanta seriedad y rigor administrativos, organicé una fiesta, invité a algunos amigos para hablarles de
mi buena suerte y hasta adjudiqué algunos momios a gente a la que le debo favores y más de un momento de
alegría en mi existencia. Lo malo es que también vinieron algunos envidiosos, excépticos y matapasiones
(a estos no les ofrecí nada) y comenzaron a decirme que cuidado, que había mucho fraude, que no podía ser
verdad tanta belleza, que de donde tanta suerte, que no me lo merecía, que si yo no mandaba tantos correos
electrónicos como El País o el Gobierno ¿cómo es que el premio no se lo daban a
ellos y sí a mí?
En fin, ya saben. No faltó el que dijo que a él le habían tocado 850 mil libras esterlinas en la misma
Lottery. Ni tampoco el que, presumiendo de globalización, contó que a él sí que lo había
favorecido la suerte con 50.000.000 de dólares americanos, porque se comunicaba mucho, vía internet,
con los Estados Unidos (éste seguro que es un agente de la CIA).
Total, que entre mis amigos y conocidos hay un cierto revuelo, porque estamos apostando entre nosotros para ver a quien le pagan primero su premio. Claro que, como aprendemos a palos, no le he contado a ninguno
que yo ya pagué los casi dos mil euros que me pidió FedEx para cubrir los gastos de desplazamiento,
documentación, impuestos y seguros que, antes, habían tenido que depositar en la Policía Metropolitana de
Londres para garantizar la operación. Tampoco les he contado (no sea que me copien) que llamé al tal
inspector policial de Fraudes y sí, me atendió de lo más solícito y me dió su palabra de que el premio que
me toca por ser tan buen internauta, llegará a mis manos en breve.
La gran duda que tengo ahora es cuál de todos mis premios millonarios llegará primero a mis manos: si el
de 2.500.000 dólares que me gané con la National Lottery de Australia, los 300.000 euros de la Loto de
Francia o los 48.000.000 de dólares que me he ganado en un banco de Lagos, Nigeria, por haber sido el único
periodista blanco que no criticó la revolución nigeriana de 1945 contra el Imperio Británico.
De estas ganacias ya no he hablado con mis amigos, porque no quiero pasar por el trago amargo de tener
que negarles ayuda cuando comiencen los sablazos. Y aguardo nervioso la llegada del primer cheque porque,
con tanto pago a Australia, Francia, Nigeria y el Reino Unido me he quedado un poco en descubierto,
¿saben?
Y es que para ganar hay que invertir, digo yo y eso es lo que algunas de mis amistades no comprenden.
(
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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