miércoles, 25 de febrero de 2009
Yo había caído herido en la Alameda, cerca del Club de la Unión, mientras intentaba ayudar a un carabinero que había resultado herido (y muerto después), por los balazos de un soldado desde la torreta de un tanque instalado entre la Universidad de Chile y el Ministerio de Defensa. ¿Sabes lo que más me duele? Es que la familia de aquel carabinero debe haber estado convencida, todos estos años, que a su padre/ hijo/hermano/ tío y amigo lo había matado un francotirador de la UP.
       P.D.: Verónica Ahumada, que hoy tiene un cargo ofical en La Moneda, está en Facebook. Es amiga de Oscar Reyes y se le deben enviar mensajes conminándola a decir la verdad.


Por Rubén Adrián Valenzuela




Recordada Verónica:

A menudo me pregunto, cuando pienso en ti, cómo hiciste para cumplir la misión que te encomendó el doctor Salvador Allende cuando, el 11 de septiembre de 1973, insistió en que abandonaras La Moneda "para salvar tu vida y contar lo que aquí has visto".
Yo sólo sé que las promesas que nos hicimos mutuamente cuando nos volvimos a encontrar, tras el bombardeo del palacio de Gobierno y la muerte del Presidente Allende, no se han cumplido. Y no por mi parte, precisamente.
Recuerdo cuando unos días antes de tu viaje a Buenos Aires, en septiembre de 1973, nos encontramos en Providencia, frente al restaurante El Parrón, que no sé si existe todavía, pero que hoy veo con nitidez en mi memoria. Ambos tuvimos miedo de saludarnos. No quisimos acercarnos el uno a la otra, porque nos habían dicho que los servicios de inteligencia militar paseaban por las calles con prisioneros de la Unidad Popular, para que delataran a sus ex compañeros y amigos.
Los dos titubeamos. Miramos para uno y otro lado, nos sacudimos el miedo y llorando -no sé si tú pero yo sí-, nos trenzamos en un abrazo que muchos deben haber malinterpretado. Te habían dicho que yo estaba muerto, porque el 11 o 12 de septiembre me habían visto en la televisión, entrando en camilla a la Posta Central. Yo había caído herido en la Alameda, cerca del Club de la Unión, mientras intentaba ayudar a un carabinero que había resultado herido (y muerto después), por los balazos de un soldado desde la torreta de un tanque instalado entre la Universidad de Chile y el Ministerio de Defensa. ¿Sabes lo que más me duele? Es que la familia de aquel carabinero debe haber estado convencida, todos estos años, que a su padre/ hijo/hermano/ tío y amigo lo había matado un francotirador de la UP.
Yo aprendí aquel día que los balazos no duelen y que las películas esas en las que un hombre cae herido por arma de fuego son todas falsas. Nadie se queda quieto, en el mismo lugar en que estaba antes del disparo, porque vuela y cae como si el tiempo se hubiese convertido en una eternidad.
Al carabinero, cuyos documentos me los quedé, y a mi nos subieron en una ambulancia que apareció desde Ahumada, contra el tráfico. Iba llena de muertos y heridos y yo quedé tirado panza abajo sobre las piernas de un hombre que me pareció muerto. En el trayecto, mientras el rotor de la baliza de la ambulancia hacía un lúgubre ruido en el metal del vehículo,al girar, vi que las cintas que llevaba con las palabras del Presidente Allende bajo la camisa (me las había dado Amado Felipe antes de salir de Radio Magallanes), se estaban llenando de sangre. Quise acomodarlas, para protegerlas, pero alguien se quejó: "No te movay tanto, huevón".
En la Posta Central había camarógrafos. Uno de ellos, de Canal 13, (me aprece que era Labra), me reconoció y comenzó a filmar. Yo levanté la mano para pedirle que no, que esas imágenes las vería mi madre y se moriría del susto, pero él siguió con el encuadre hasta que desaparecimos en los pasillos de aquel centro. Por culpa de esa filmación pasé mucho susto, porque muchos que no me querían nada hicieron correr el rumor de que yo había entrando a la Posta con el puño en alto, como si fuera el saludo comunista. Yo no soy comunista, tú lo sabes. Nunca lo fui, pero no por decisión mía. Hubiera querido militar en el PC si me hubiesen invitado a hacerlo, pero nadie, nunca, me lo propuso siquiera. Yo admiraba mucho a ese Partido. Por Neruda, Por mi tío Tito Alaniz, que tuvo una imprenta por allá por Santa Rosa, cerca de Puente Alto y que, siendo comunista, nunca me habló de política. Y yo supe que él era comunista por las coronas de
flores que le mandó el PC cuando murió, poco antes de la caída de Allende.
No levante el puño ante las cámaras, pero otros, amigos bien pensados, opinaron que yo había sido muy valiente y confesaron que ellos no lo habrían hecho.
En Providencia, frente al Parrón, te dije que yo creía que tú eras la mujer muerta en La Moneda. Hubo una vícima mujer entre los defensores de La Moneda, pero eso nunca nadie lo menciona. Puede ser que lo hayan ocultado o puede ser que n haya ocurrido así, pero en esas fechas nadie podía investigar esas cosas. Lo cieerto es que desde Allí nos fuimos a mi casa, muy cerca, en la calle Alberto Magno alllegar a Eliodoro Yáñez. All´estaba Gloria, mi esposa entonces y estaban mis hijos Mauricio y Leonardo. Glorita Giselle había muerto la misma semana del golpe y el 4 de septiembre la habíamos llevado al Cementerio Católico, donde me parece que estabas tú, la Manola Robles, Patricia Ibáñez y un montón de otros colegas a los que no he vuelto a ver. Aquel día del funeral de mi hijita era el aniversario del Gobierno de Allende y la UP había preparado varios festejos y un desfile frente a La Moneda y el Presidente Allende vio desfilar frente a
sí a un obrero que llevaba una pancarta que decía "Este es un Gobierno de mierda, pero es mi Gobieirno y por eso lo defiendo".
En la Radio Magallanes, mi jefe, Leonardo Cáceres me invitó incorporarme al equipo de los que ese día cubrían los actos por la celebración. "Compañero" -me dijo-, "comprendo tu dolor, pero la única manera de vivir el duelo es trabajando". Yo era el reportero de Gobierno en la Magallanes, así es que cogí una "plancha" y me fui a desfile, donde muchos, sin saber que lloraba por haber dejado ese mismo día a mi hijita en el cementerio, vieron lágrimas en mi cara y pensaron que era por la emoción de la fiesta.
En La Moneda tú me solias echar la bronca porque yo defendía a los periodista de un diario furiosamente antiallendista: La Tribuna. En el Gabinete de Prensa había una consigna para no darles fotos ni comunicados a los colegas de ese diario "por momios", pero tú decías que yo los defendía porque estaba enamorado de una periodista, Fresia me parece que se llamaba, que no me daba ni la hora porque ella no entendía, a su vez, que yo fuese allendista.
En mi casa tomamos una taza de té y pudiste ver cómo Gloria y yo trabajábamos haciendo copias de la cinta con la palabras de Salvador Allende. Yo las había llevado llenas de sangre y las habíamos limpiado en un proceso lento y laborioso, que implicó a los niños y nos llevó horas y horas de trabajo. Al salir huyendo de la Posta Central (me ayudó un médico que me dijo: "Te va a doler y te va a sangrar, pero no te vas a morir. No puedes quedarte aquí") iban tan empapadas de sangre, que hasta pensé tirarlas. Y es que en la camilla donde me operaron para sacarme algunos trozos de esquirla, siempre estuve boca abajo, con el culo al aire y la sangre manaba hacia mi vientre, mi entrepierna y el pecho. En la avenida Santa María, al otro lado del Mapocho, al que llegué en un autobus que no fue autorizado a cruzar el puente, ningún automovilista quería llevarme. Tan manchado de rojo iba, que alguno me dijo que a lo mejor yo era un terrorista. Pero
al final llegué, herido y sucio, a mi casa. Creo que ya habían decretado el toque de queda y ese día, desde mi cama de enfermo pude ver cómo la TV iba dando cuenta de los avances militares y el incendio de La Moneda. En una de esas me ví entrando a la Posta y no pude sino acordarme de la madre el cámara del 13 que me había filmado. Alguien me ha dicho, años después que a lo m,ejor eso me salvó la vida "porque todo el mundo vió que entraste vivo a la Posta".
Lo curioso es que yo me habíanegado a identificarme en la Posta, porque el médico que me ayudó dijo que "si se enteran que eres de la Magallanes, eres hombre muerto. Un oficial de carabineros vino a exigir que me identificara y como yo insistí en no hacerlo, dió orden de que me detuvieran y me vigilaran todo el tiempo. "¡Puchas que es malagradecido usted!" -le grité desesperado-, "Por ayudar a uno de los suyos estoy en esta situación". ¿Qué dice este hombre", preguntó el oficial. Le conté que el carabinero que yo había visto caer en la Alameda venía conmigo en una ambulancia. "Mire" -le dije-, "estos son sus documentos". El uniformado cogió los papeles, preguntó a dónde habían llevado al carabinero y diciendo a sus hombres "¡Vengan conmigo!", desapareció. Fue el momento que aprovechó el médico que me había operado. "Ya cabrito. Te fuiste de aquí!" y así pude librarme y librar las cintas que ahora tantos y de tan mala manera, me
disputan.
En mi casa acordamos que te llevarías un par de copias con las últimas palabras del Presidente Allende. Días después, llevándolas ocultas en tu cuerpo, cruzaste los controles policiales y te fuiste a Buenos Aires. Desde allí mantuviste contacto con nosotros y me mandaste tu dirección. Así, cuando meses después viajé yo también aBuenos ASires, fui a verte en un apartamento de la calle Malabia, donde vivías con otra periodista amiga. Allí me contaste dónde escondiste las cintas y a quien le habías dado copias. Una la habías entregado, seún tú, al general carlos Prats, quevivía casi enfrente tuyo, en la msima calle Malabia y me pusiste en contacto con él, que me contó sus proyectos e impresiones sobre lo que estaba ocurriendo en Chile.
La última vez que te vi en la capital argentina te llevé una rosa roja, artesanal, que había hecho una amiga "para la tumba del Chicho". Nos abrazamos al despedirnos y me juraste que, juntos, íbamos a llevar esa flor a la tumba de Salvador Allende, cuando volviese la democracia y la tumba pudiese llvar una lápida con el nombre del Presidente.
Hoy me dicen que no quieres hablar conmigo, ni quieres referirte a aquellos díass tan dolorosos. Lo respeto. Alguna razón tendrás. Ppero, al menos, di la verdad. Cuéntales a los periodistas que te interrogan que es cierto lo que cuento y no dejes que otros me arrebaten el mérito y me acusen de "megalómano". Si hasta dicen que nunca resulté herido y que sólo recibí un arañazo. Arañazo que me dejó restos de bala en el cuerpo y que hoy se alojan entre mis riñones y la columna vertebral, porque se han desplazado y un día pueden que me dejen inválido. O no. Quien sabe. Sólo que si a uno lo abandonan las personas a las que appreció, ya nada tiene sentido y comienza a sentir que la sangre derramada, la de todos, la del Presidente y la de los miles de desaparecidos, no tuvo razón de ser.
Un abrazo solidario.

Tags: Hay silencios que gritan

Publicado por Desconocido @ 7:44
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