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"Peor aún. ¿Sabe usted cómo se contrae y retuerce el intestino cuando nos metemos una papa caliente en el buche? Comer frío es más sano, más económico y más ecológico... Por Rubén Adrián Valenzuela
Los adultos que conocían la historia de Laura y la letra L estampada a fuego en el brazo del Tío Lucho, solían hacerle bromas: “Menos mal que no te puso el yerro candente en una parte más... juguetona”. Y, cuando llegaban a este punto, a los pequeños de la casa nos mandaban a jugar si era de día, o a la cama, si ya se había hecho de noche.
- ¿Y por qué no dejó su país y se vino contigo, Lucho?
- Porque las mujeres son así, contradictorias. Lloran por lo que han perdido, pero no luchan para conservarlo…
Las mujeres de casa se encolerizaban. Lo acusaban de machista y comodón.
- Haberte quedado tú, miserable…
- El hombre es de su casa y de su tierra -, respondía sin amilanarse.
Sus afirmaciones eran siempre categóricas. Contundentes y fundamentadas. Pocos se atrevían a polemizar con él, porque de lo que se hablara, él sabía un poco más. Y cuando algún tema la resultaba incómodo, caía en un mutismo cercano al autismo, del que sólo salía después de retirarse a su habitación, donde dicen que hacía una especie de siesta que podía durar hasta el día siguiente.
Un día mi padre obsequió a mi madre con una nueva cocina de gas butano, de esas que venían con plancha, calentador de platos, horno y temporizador. Los hombres que la trajeron a casa la estaban descargando cuando apareció por allí el Tío Lucho. Preguntó a qué se debía el regalo y cuanto había costado. Cuando mi padre le dijo lo que había pagado, él espetó: "Una pequeña fortuna, para cargarnos el medioambiente y el colon, que se nos pondrá irritable".
La primera que se irritó fue mi madre, que acusó al Tío Lucho de estar contra el progreso y de negarle comodidades a la mujer en la casa. "¿Puede usted decirme, cuñada" -respondió él-, "qué necesidad hay de cocinar los alimentos y, más aún, servirlos calientes?" Ella hizo una ardiente defensa de la cocina casera, los guisos tradicionales y las recetas de la abuela. Pero él, imperturbable, sin alterar su voz, se explayó en la idea de los gases contaminantes. "El butano es un gas que se obtiene del petróleo, que contamina y mata y que algún día faltará en la tierra y nos andaremos comiendo unos a otros". Dijo también que los alimentos hervidos perdían propiedades, que hay minerales y proteínas que son solubles en el agua y que en muchos casos, lo que deberíamos servirnos era el agua en que se hierven las alcachofas o los espárragos, por ejemplo. "Estos últimos son ricos en fósforo y el fósforo se diluye en el agua y se pierde para siempre. Lo que comemos como espárragos no es más que fibra estéril".
Mi madre trató de argumentar que comer caliente venía bien para el organismo, pero mi tío fue apabullante: "Peor aún. ¿Sabe usted cómo se contrae y retuerce el intestino cuando nos metemos una papa caliente en el buche? Comer frío es más sano, más económico y más ecológico...
Llegados a este punto quise intervenir en la conversación preguntando a mi tío qué quería decir ecológico, pero mi madre me cogió de la mano y casi a la rastra me llevó con ella hacia los dormitorios. "No le des más cuerda" -dijo- " o nos dará una conferencia sobre sus extrañas ideas acerca de ecología y economía antifemenina".
Pasados algunos meses, el Tío Lucho comenzó a quedarse muchas horas fuera de casa. Llegaba tarde, no venía a las comidas y, cuando de noche entraba en su habitación, lo hacía a oscuras y descalzo, para no molestar a los que ya dormían. Alguien dijo que muchas veces venía borracho y que no sabían qué hacía en la oscuridad. “Parece que no duerme en la cama, porque siempre está como recién hecha”.
- ¿Pero viene a dormir o sólo es que entra para cambiarse de ropas y se va?
Nadie supo contestar, pero alguien, puede ser que mi padre, propuso hacerle una broma que todos aprobaron con gran jolgorio. Le cambiarían la cama de sitio y, puesto que al entrar en la habitación lo haría a oscuras, no se daría cuenta de nada hasta que estuviese en el suelo.
El Tío Lucho llegó pasadas las once de la noche. Todo el mundo aparentaba dormir, con la casa en silencio y a oscuras. Yo, desde mi cama, intentaba adivinar sus movimientos y le sentí abrir la puerta, dejarla entornada y después silencio. Pasó un rato y alguien ahogó una risita bajo las sábanas, pero yo no aguantaba la curiosidad. Desde la habitación de mi tío no salía el más leve ruido y de pronto escuché lo que me pareció una respiración acompasada, entre ronquido y susurro, muy espaciados. Salí de mi cama y a tientas, fui por el pasillo hasta el Cuarto del Sur. Sólo se oía respirar a mi tío y no parecía que estuviese pasando nada extraordinario. Abrí la puerta con mucha cautela y entré, intentando orientarme por el sonido de la respiración. La cama, en la posición que la habían puesto mis padres para hacer su broma, estaba vacía, justo en medio del cuarto. Pero yo le oía. Sabía que el Tío Lucho estaba allí, porque respiraba y roncaba sin mucho estruendo. Le busqué en el suelo, suponiendo que sus costumbres de fakir lo habían llevado a desdeñar la cama, pero no, no estaba en el piso. Miré entonces en el lugar donde antes había estado su cama, un espacio detrás de la puerta, y le vi. Frente al espejo del ropero, abierto en dirección a la puerta, su cuerpo se reflejaba en la superfie plateada. Estaba tendido, boca arriba y flotaba en el aire, como sobre una balsa. Quise correr, meterme bajo mi cama pero en vez de eso un grito, como de espanto, salió de mi garganta: “¡Tío Lucho!”. Mi tío cayó cuan largo era, gritando a su vez. Y gritaban mis padres y mi hermana pequeña, que creyó que el tío estaba muerto. Las luces de la casa se encendieron todas y todo el mundo, en pijamas, iba y venía preguntando qué había pasado.
El Tío Lucho puso un poco de orden, cuando afirmó que nada, que me había hecho una broma y yo me había asustado más de la cuenta. Me guiñó un ojo, nos invitó a salir de su cuarto y cuando ya volvíamos a nuestras habitaciones, casi como en un lamento, anunció: “Familia, me despido ahora porque mañana temprano me voy. Ya no os seguiré molestando con mis rarezas” y cerró la puerta sin pronunciar más nada.
A la mañana siguiente, cuando salía de casa para ir al colegio pude ver que el traje nube gris con rayas y los zapatos elegantes del Tío Lucho, ya no estaban dentro del ropero y su cama, entonces sí, aparecía toda revuelta y deshecha como nunca lo había estado.
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