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Un ejemplar de tapas rústicas, que mis padres no querían que yo leyese y que, creo recordar, era un poemario. “Erial” se llamaba y muchas veces lo hojeé a hurtadillas, sin comprender por qué estaba prohibido. Nunca he podido recordar con certeza el nombre de su autor, ni he vuelto a tener un ejemplar en mis manos. Por Rubén Adrián Valenzuela
El Tío Lucho nunca explicaba los principios en que se basaban sus experiencias. Se limitaba a sentenciar, repitiendo casi como en una letanía, que la mente humana es muy poderosa y la tenemos mal aprovechada. Decía que el dolor no existe, que es cuestión de control mental y se deleitaba haciéndonos ver que podía pasar una aguja de coser, con hilo y todo, de un lado a otro de sus mejillas. Comenzaba esterilizando la aguja con una cerilla, que por supuesto dejaba negro y con hollín el acero. Al clavarlo en sus carnes, el tizne, como el de los tatuajes, quedaba incrustado en su piel, y durante días y días lucía como un lunar en su cara, hasta que desaparecía sin dejar rastro. Una tarde me preguntó si ya sabía yo lo que quería ser de adulto. - Periodista -, fue mi respuesta. - ¿Para qué? - Quiero contarle cosas a la gente. Salir en los periódicos y que lean mis opiniones - Jesús le contó muchas cosas al mundo y nunca escribió ni una letra. La única vez que lo hizo fue en la arena y luego lo borró con el pié… Jamás decía no debes hacer esto o aquello. Se limitaba a contar historias o anécdotas. Y después se quedaba en silencio, con la vista perdida en el horizonte, como si estuviese escuchando voces que le susurraban al oído. Entonces, de pronto, volvía a hablar con algún tema inesperado. - ¿Sabes quien fue Juan Federico Blumen Bach? - No tío. - Estableció que las razas humanas que pueblan la tierra son cinco… Se le considera el fundador de la antropología moderna, pero era un poco racista. Lo curioso es que en su habitación sólo había un libro. Un ejemplar de tapas rústicas, que mis padres no querían que yo leyese y que, creo recordar, era un poemario. “Erial” se llamaba y muchas veces lo hojeé a hurtadillas, sin comprender por qué estaba prohibido. Nunca he podido re cordar con certeza el nombre de su autor, ni he vuelto a tener un ejemplar en mis manos. Un día abrí su armario. Era un ropero de madera con espejos por el lado de adentro de las puertas y salvo por un traje que colgaba del perchero y un par de zapatos cuidadosamente lustrados, no había nada más. El traje, con chaleco y americana cruzada, era de un tono nube gris, con rayas blancas de esas que ahora llaman diplomáticas. El pantalón, con suspensores elásticos, no tenía cinturón y lucía una impresionante línea, como recién planchado. Sobre el pantalón, cuidadosamente dispuesta, una corbata con el emblema de Oxford, conservaba el nudo en triángulo más simétrico que yo recuerde. Las camisas, que había varias, eran blancas con el cuello duro, almidonado tal vez, y en la parte superior del bolsillo, trabajosamente bordada, destacaba una L de color azul pálido. - ¿Me contarás alguna vez la historia de esa letra L tatuada en tu brazo, tío? - No es por Lucho, si es lo que quieres saber. - ¿Una mujer tal vez? - Se llamaba Laura y era argentina Lo que me contó a continuación fue tan impactante, que años más tarde, la primera novela breve que presenté a un concurso literario, incluía esa anécdota como vivida por uno de los personajes. Laura, la salteña, estaba locamente enamorada de mi tío y no soportaba la idea de que éste la dejase para volver a su país. Era uno de esos romances de tango, con final triste y despedida. Así es que se fueron de copas la víspera del viaje que los habría de separar para siempre. Ebrios hasta caerse, volvieron al hotel donde se alojaban y mi tío se quedó profundamente dormido. Poco antes del amanecer lo despertó un dolor insoportable y un espantoso olor de carne chamuscada. Era Laura, que había hecho una L con el alambre de una percha y, calentándola al rojo vivo, la estampó en el brazo de su amante dormido “pa que nunca te olvides de mí”. Lo marcó como a una res y el Tío Lucho no le guardaba rencor. “El amor tiene formas extrañas de manifestarse, sobrino”. |
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