martes, 24 de febrero de 2009

EL TÍO LUCHO ( 2 )

 Sacó un bolígrafo Bic, le quitó la carga de tinta y tras hacerte una pequeña incisión en el cuello, introdujo la carcasa como una cánula y te hizo respirar. Yo casi me desmayé al ver que te cortaba la garganta, pero cuando recuperaste el color y  se normalizó tu respiración, supe que ese hombre había obrado un milagro y que estaría en deuda con él para el resto de mis días.  Por Rubén Adrián Valenzuela      

 

 

 - No respirabas y te ibas poniendo azul, mientras yo gritaba "¡Mi hijo se muere, mi hijo se muere, hagan algo por favor!".  En eso alguien llamó a la puerta y era el Tío Lucho que venía de visita. El había estudiado hasta 5º de Medicina y ya era casi un médico cuando lo dejó. Pero esa tarde, como si lo hubiera mandado el cielo, llegó y se hizo cargo de la situación en pocos segundos. Sacó un bolígrafo Bic, le quitó la carga de tinta y tras hacerte una pequeña incisión en el cuello, introdujo la carcasa como una cánula y te hizo respirar. Yo casi me desmayé al ver que te cortaba la garganta, pero cuando recuperaste el color y  se normalizó tu respiración, supe que ese hombre había obrado un milagro y que estaría en deuda con él para el resto de mis días. Cuando llegó la ambulancia para llevarte al hospital  –siguió contando mi madre-,  los enfermeros decían que ellos no lo habrían hecho mejor y hasta dudaban de si tendrían el coraje para hacerlo.

Han pasado los años, nunca he podido saber qué fue lo que obstruyó mi garganta siendo yo tan niño, pero cada vez que miro la piel bajo mi cuello, veo la cicatriz que dejó la carcasa del viejo bolígrafo Bic y me congratulo de no haber tenido que tomar, nunca, con mis hijos, una decisión tan drástica como la que tomó el Tío Lucho para arrebatarme de las garras de la muerte. Tal como dice mi madre, a él le debo la vida.

       Un día el Tío Lucho me llevó a dar un paseo y cuando retornábamos a casa, me invitó a  un refresco en un bar enorme, llamado “El Gorila”, que tenía un gran patio interior y unas pistas donde los hombres jugaban al tejo, especie de petanca, pero en el barro.

El ambiente era folklórico y colorido, con mucho de cosa campestre. Los hombres vociferaban, prometían, aplaudían y bebían a destajo. Yo estaba encandilado porque allí era donde mi padre y su primo se perdían muchas tardes, con gran disgusto de mi madre que creía que el Tío Lucho sólo servía para descarriar a mi padre.

            -Nunca salen con la familia, sólo se emborrachan y seguro que van con mujeres-.

En “El Gorila” mi tío pidió un “potrillo”, algo así como un vaso de medio litro, de chicha de manzana, una especie de sidra dulce y rosada que, por su sabor almibarado engaña a los novatos y emborracha pronto y más que media docena de botellas de cava.

Yo pedí una Coca Cola y mi tío bromeó todo el rato, diciendo que tuviese cuidado, que no me fuese a emborrachar. Tenía una risa espasmódica, muy franca y sonora, que siempre acababa en ataques de tos que tornaban su cara del mismo color rosado de la chicha. “Hay que saber tomar” –decía-. “Sólo los atarantados se marean”. Y parte de su secreto consistía en ir, con frecuencia, a vaciar la vejiga. “En el pis se va el alcohol”.

En una de esas coincidimos los dos frente a un mingitorio, orinando cual dos camaradas. El recinto apestaba y no invitaba a las confidencias ni a las bromas, pero de pronto mi tío, mientras se secaba las manos con un papel, llamó mi atención hacía la bombilla en la pared. Era una de esas bombillas raquíticas, de no más de 40 vatios, con una luz mortecina y toda cubierta de polvo y cagadas de mosca. ¡”Mira, sobrino”, dijo y se quedó mirando hacia el foco de luz. Yo lo seguí con la mirada, sin entender qué buscaba. Pensé en una araña o una lagartija, pero él gritó “¡no dejes de mirar o te perderás los detalles!”.

Lo cierto es que no entendí mucho, porque de pronto, en un parpadeo, la bombilla estalló con gran estruendo. Yo pensé que había sido una coincidencia y él no se esforzó por sacarme del error, porque cuando alguien vino a ver qué había pasado, mi tío se mostró indignado. Les dijo que esas cosas se debían revisar con frecuencia y que por poco su sobrino había resultado herido, que no volvería más a ese lugar. Acabamos comiendo unos sándwiches de pernil y tomate y más chicha y Coca Cola, todo por cuenta de los dueños que no querían perder un cliente ni dar la sensación de desidia y suciedad que mi tío les había reprochado.

Meses más tarde le volví a ver el numerito de las bombillas explotando, sólo con afán didáctico, según decía. Quería que yo le imitase, ya que todo era cuestión de proponérselo. “La mente es muy poderosa y si uno se concentra adecuadamente, hasta es posible que camine sobre las aguas”.

-         ¿Y usted, tío, puede caminar sobre las aguas?

-         Aún no lo he intentado, pero puede que un día…

En otra ocasión me sorprendió, enseñándome a resucitar una mosca. Las sacaba muertas de la batea que mi madre tenía en el patio para lavar la ropa y las recubría de sal como en un túmulo. Después de una tensa espera, el insecto comenzaba a moverse, sacudía sus alas y salía volando. “Esa morirá pronto, pero de vieja”, decía en medio de su risa asmática.


Tags: Cuento Inédito

Publicado por R.A.Valenzuela @ 6:36 | 0 Comentarios | Enviar

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