martes, 24 de febrero de 2009

EL TÍO LUCHO ( 1 )

Mi madre siempre cuidaba que la habitación de su huésped estuviese ordenada, con las sábanas limpias y recién planchadas cada día, pero daba la sensación de que el Tío Lucho no usaba la cama, porque siempre estaba intacta, tal como la había dejado la muchacha al ordenarla por la mañana. 

Por Rubén Adrián Valenzuela    

 

El Tío Lucho llegó a vivir a la casa de mis padres cuando yo tenía nueve o diez años. Mi madre me llamó para que lo saludara y, entre tímida y modosa, dijo “Yo te parí, pero él te dio la vida”. Le dí un beso en la mejilla y me gustó su aroma de un perfume que entonces promocionaban “para los hombres bien hombres” y él me dio una palmada en las nalgas, al tiempo que decía: “Espero que esta vez no me harás pasar más sustos”.

Se quedó a vivir en la primera habitación del amplio caserón de dos aguas donde crecí. Estaba al comienzo de un largo pasillo central, hacia el que daban las puertas del comedor, los dormitorios y el baño y la llamaban “el Cuarto del Sur” porque desde su amplio ventanal se veían dos damascos floridos, que cuando llegaba el verano se llenaban de albaricoques aterciopelados y fragantes. Enfrente había una rosaleda que cubría toda la parte alta de la puerta cancel, de modo que cuando florecían las rosas, para salir de casa teníamos que pasar bajo un túnel verde y frondoso que, a veces, se nos enganchaba en la ropa o nos arañaba la cara.

No recuerdo rosas más encarnadas, más olorosas y grandes que las de esa casa, que mi padre perdió en una mala operación comercial. Pero la llegada del Tío Lucho creó un ambiente de fiesta permanente, con modales más cuidados y la mesa todos los días vestida de mantel largo. Se diría incluso que la comida era mejor, porque mi padre, que quería impresionar a su primo, se encargaba él mismo de la compra.

El Tío Lucho había sido el primero de la familia con estudios universitarios y también el primero en cruzar las fronteras del país para ir a buscar oro en el Urubamba, cazar cocodrilos en el Amazonas y servir en el cuerpo consular en la remota pero entrañable Bariloche, de Argentina. Su anecdotario era tan rico, tan extenso y “amazing”, como él decía, que muchas veces después de la comida del mediodía nos quedábamos tardes enteras, embelesados, escuchando sus aventuras. Le gustaba apoyar los pies en los bordes del brasero que mi madre ponía con las ollas y la tetera, cerca de la mesa familiar: “No saben ustedes lo que se echa a faltar este ambiente cuando uno anda por allí, dando patadas a las piedras”.

Un día le pregunté por una cicatriz en forma de “L”, que llevaba tatuada en la parte interior del brazo izquierdo, poco más arriba de la pulsera del reloj. La miró, la masajeó y dijo: “Tú no querrías tener una igual”. Cuando insistí y le dije que sí, que me gustaría, que quería que me hiciera una similar, él se negó un con gesto que no daba lugar a réplica: “Eres muy joven aún para saber ciertas cosas”.

Mi madre, que no perdía ocasión de lanzar  sus dardos envenenados contra el Tío Lucho, dijo algo así como que la cicatriz sería el recuerdo de alguna de sus peripecias en prisión. Él había crecido en medio de un ambiente carcelario y su nombre se repetía con respeto y hasta con devoción en alguno de los penales más sórdidos del país. Su padre, el hermano del mío, había sido alcaide en una de las prisiones de máxima seguridad y su hijo Lucho se paseaba entre los reclusos con la misma soltura con la que hoy nuestros niños se mueven en las guarderías. Llevaba y traía recados. Hacía favores imposibles y recibía regalos indescriptibles. Los presos, aún los más peligrosos, le adoraban. Luchito siempre estaba del lado de los perseguidos y de los pobres y ésta dedicación causó a mi tío abuelo, el alcaide, más dolores de cabeza que varios motines simultáneos. Tantos, que cuando llegó la edad de que Luchito se inscribiese en un instituto, lo mandaron fuera de su ciudad, a la capital, donde otra suerte de aventuras nutriría su historial.

Sus primeros días como huésped, los pasó el Tío Lucho en extraños ajetreos. Iba y venía con papeles y documentos que tenían que ver con una herencia “intesta”, palabra que tardé años en comprender y que entonces me sonaba más parecida a infecta y me asustaba.

Mi madre siempre cuidaba que la habitación de su huésped estuviese ordenada, con las sábanas limpias y recién planchadas cada día, pero daba la sensación de que el Tío Lucho no usaba la cama, porque siempre estaba intacta, tal como la había dejado la muchacha al ordenarla por la mañana.

-         ¿Dormirá en el suelo este hombre?  -decía la chica-.

-         Puede que sea fakir  -bromeaba mi padre–. En las selvas del Brasil se aprenden cosas muy extrañas.

Los niños de la casa comenzamos a canturrear, mientras jugábamos, que nuestro tío era fakir y que dormía en el suelo, pero mi madre me sermoneó.

-         Tú, menos que nadie, debes burlarte del Tío Lucho. Entonces me contó que, siendo yo muy pequeño, estuve al borde de la muerte, cuando una tarde, después de la siesta, se me obstruyó la garganta y comencé a ponerme cianótico. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)


Tags: Cuento Inédito

Publicado por R.A.Valenzuela @ 6:28 | 0 Comentarios | Enviar

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