Los sudamericanos han debido pagar caros sus desvelos por cuidar la pureza y singularidad del idioma castellano. Cada vez que alguien, en la Península , no conoce una palabra y su significado, le echa la culpa al “sudaquismo” y se quedan “de pasta de boniato” cuando descubren que es de origen hispano (tributario a su vez del latín) y que figura con entrada propia en los sucesivos diccionarios de la Real Academia de la Lengua.
Por Rubén Adrián Valenzuela
Andamos a patadas con la lengua. Las palabras se nos caen y deforman. Las escribimos mal y las interpretamos peor. Y cuando el gazapo es de tal envergadura que deberíamos pedir disculpas a la memoria de Cervantes, nos encontramos con respuestas como la de la ministra de Igualdad, que después de soltar en el Parlamento esa perla que a todos nos debería igualar: “miembros y miembras”, se disculpó diciendo que era un palabro que se le había pegado en Sudamérica.
Como si los pobres sudamericanos no tuviesen ya suficientes culpas sobre sus espaldas, ahora esto.
La verdad, sin embargo es que ni la palabra miembras ni la ministra que la popularizó, son sudamericanas. Y en una media docena de llamadas telefónicas a Chile, Argentina, Venezuela y Colombia, no encontré a nadie que conociera y usara el sustantivo tan penosamente puesto en boga por la señora Aído, a quien, si le aplicáramos su receta, habría que llamar “Aida”.
Miembro, que viene del latin “membrum”, no tiene locución femenina y tanto puede referirse a un apéndice del cuerpo humano o de los animales vertebrados, útil para las funciones locomotoras y prensiles, como a una persona que forma parte de una corporación o colectivo. También puede aludir al miembro sexual masculino -comúnmente llamado pene-, al que nadie, nunca (salvo con intenciones aviesas) ha querido llamar “pena”.
En esto de adjudicarle género a las palabras hay mucho paño que cortar. Recuerdo que en la Facultad de Periodismo se dedicaban varias clases para insistirnos en aquello de que las palabras no tienen sexo y que nunca deberíamos referirnos a una militar con faldas como a “la militara” o a un galeno mujer como a una “galena”, porque además de ser incorrecto, estaríamos definiendo a una doctora en medicina como “súlfuro natural del plomo”.
Los sudamericanos han debido pagar caros sus desvelos por cuidar la pureza y singularidad del idioma castellano. Cada vez que alguien, en la Península , no conoce una palabra y su significado, le echa la culpa al “sudaquismo” y se quedan “de pasta de boniato” cuando descubren que es de origen hispano (tributario a su vez del latín) y que figura con entrada propia en los sucesivos diccionarios de la Real Academia de la Lengua.
La palabra “andana”, por ejemplo, es muy poco usada entre los castellanoparlantes, en circunstancias que forma parte de la jerga habitual de los productores de vino en la zona de Jeréz. Alude a las filas de barricas, unas sobre otras, que se forman en las bodegas; lo mismo que a los ladrillos dispuestos en orden y apilados para su almacenamiento.
Pero sigamos con los palabros, que dan más jugo (y no juga, aunque provenga de manzanas o naranjas). El asignar género a las palabras es una obsesión de cierto grupo femenino que parece que se siente más realizada cuando al hogar le llaman hogara, al coche cocha y al cielo ciela. Nunca se han propuesto un gesto de igualdad en beneficio de los hombres, llamando a la casa, caso, a la paella, paél o al macho de la cebra, cebro.
No es baladí esta cuestión. Hay muchas cosas que están en juego y entre ellas la racionalidad. Hay estudios que certifican que una lengua bien hablada desarrolla los mecanismos del raciocinio en el cerebro (¿o debería decir cerebra?) y permite la mejor comprensión de códigos comunes.
Imaginemos que, siguiendo los parámetros de la ministra Aido, aplicásemos la formula igualitaria a todas nuestras conversaciones. El campo sería campa, la campana campano y el correo, correa . La hembra de tigres sería tigra y para mayor confusión el femenino de mano sería mana, con lo que el manantial ya no manaría y los nacionalistas deberían ser nacionalistos o, a lo mejor, nacional-listos. En fin, que hasta el Estatuto Catalán se vería afectado porque habríamos de tener la Estatuta , llena de reglamentas tales como que a partir de ahora al sexo femenino convendría llamarlo… ¡miembra!, y a cierta parte de la anatomía de ellas, cula. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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