lunes, 23 de febrero de 2009

Eutimio Buenasperas comprendió que esa noche nadie haría caso de su dedo gordo y la astilla de madera, así es que se fue a casa, donde puso el pie en un barreño con agua y allí lo dejó hasta la mañana siguiente. Grande fue su sorpresa cuando al despertar comprobó que de su pie hinchado habían comenzado a salir unos pequeños brotes verdes,como los tallos tiernos de las cebollas.  Por Rubén Adrián Valenzuela 

 

 

Mi amigo Eutimio Buenasperas se clavó una astilla de madera en el dedo gordo del pie y el pie se le puso gordo como una bombona de campingás. Fue a Urgencias de la Seguridad Social, pero los médicos y enfermeras estaban mirando el partido de la Selección Nacional de Futbol en la Copa de Europa, así es que lo invitaron a que se sentase con ellos en una de las camillas del servicio de Cirugía. Eutimio Buenasperas no es muy amante del fútbol y tampoco de los médicos, pero como nunca había estado en una reunión informal con ellos, aceptó la invitación. Oyéndoles y mirándoles tan entusiasmados, especialmente con la parte baja de la anatomía de las enfermeras, Eutimio Buenasperas parafraseó unos versos de Pablo Neruda, en los que el poeta cuenta cómo fue a un cementerio a preguntarle a los enterradores qué era la poesía: "Eran grandes fornicadores", concluia el poeta.

Quiso la suerte (en este caso la mala suerte) que la Selección Nacional de Fútbol ganase el partido y entonces los médicos y enfermeras se dedicaron a celebrar por todo lo alto, incorporando ahora a los pacientes internados que aún podían moverse. Sin saber cómo ni de dónde, en la sala de Urgencias aparecieron botellas de cava, bebidas gaseosas, confeti y cornetas de esas que suenan en Carnaval. Pero desaparecieron lentamente los médicos y enfermeras y sólo quedaron allí los enfermos, muchos de los cuales comenzaron a comentar sus dolencias y el tratamiento que estaban recibiendo. Uno dijo que había venido a la consulta por un dolor en la espalda, pero que el doctor le había recomendado baños de hielo. Ahora lo estaban tratando de una neumonía y estaba muy satisfecho con su médico, porque de eso sí que sabía un rato el profesional.

Eutimio Buenasperas comprendió que esa noche nadie haría caso de su dedo gordo y la astilla de madera, así es que se fue a casa, donde puso el pie en un barreño con agua y allí lo dejó hasta la mañana siguiente.

Grande fue su sorpresa cuando al despertar comprobó que de su pie hinchado habían comenzado a salir unos pequeños brotes verdes, como los tallos tiernos de la cebolla.

Bajó a la calle y trató de tomar un taxi, pero estos pasaban raudos, sin pasajeros y sin carga, porque iban al desayuno. "Y para un trabajador la comida es sagrada", le dijo un taxista con el que logró cambiar algunas opiniones mientras esperaba que el semáforo pasase de rojo a verde. Mi amigo se fue, renqueando, hasta Parques y Jardines, donde un operario le dijo que no conocía el tipo de planta al que pertenecían los brotes verdes, pero cogió un walkie-talkie y llamó a su jefe, que llegó pronto montado en un carrito electrico de esos que en los aeropuertos se usan para llevar pasajeros y equipaje.

- ¿Dónde se hizo eso? -preguntó el jefe de Parques y Jardines-. ¿No habrá estado pateando las plantas del parque y se le clavó un esqueje por accidente?

- No,no -balbuceo mi amigo- me clavé una astilla de madera en unos andamios del Ayuntamiento, esos que instalan cuando hay obras en la acera...

El jefe no quiso escuchar más. Le sugirió que fuese al Ayuntamiento y que presentase una queja allí. El no lo podía ayudar "porque las cosas no están como para arriesgar el trabajo por meterme en asuntos que no son de mi competencia".

Cuando se alejaba, renqueante, mi amigo notó que los brotes se habían desarrollado bastante en el curso de la conversación con los jardineros y alcanzó a oirles decir, a gritos, que tuviese cuidado con el agua. Que había restricciones para el riego y que si lo sorprendían regando su pie, nadie le iba a creer que se trataba de un accidente.

Quiso tomar un autobús, pero los choferes estaban en huelga. Ya habían conseguido el derecho a ir vacaciones todos los fines de semana, pero como habían anunciado tres huelgas consecutivas, tenían que seguir adelante con lo anunciado para que nadie se sintiese tentado a pensar que con ellos se podía negociar fácilmente. El pequeño brote se había convertido ya en una rama del tamaño de un bastón, tan verde y frondosa que parecía un pequeño arbolito. Eutimio Buenasperas no quiso, pues, viajar en Metro, pues le podían pisar el pie o romper alguna ramita de su arbol y se volvió a casa caminando. Por la calle le sorprendió un guardia municipal, que lo acusó de estar robando material público y de tratar de engañar a la autoridad con mentiras como la de la astilla de madera. Mi amigo se sintió tan acosado que refutó al guardia diciéndole que él no era ninguna autoridad. "Usted representa a la autoridad, lo que es distinto" le dijo y el guardia se quedó tan aturdido, que llamó a sus jefes. Estos se presentaron en tres vehículos distintos y se bajaron corriendo, como si de un atraco al banco se tratase, y con sus porras en ristre rodearon al hombre y su rama: ¿Quien te está insultando? dijeron al guardia y éste señaló a Eutimio Buenasperas, que no se había movido del lugar. "¡No ponga resistencia a la autoridad!" Mi amigo levantó las manos y en ese momento vio que un pajarillo se había posado en una de las ramas de su arbolito y se quedó embelesado oyéndole cantar. Uno de los que asistía a la escena y que se declaró ecologista, increpó: "Mira lo que le haces a la naturaleza, cabrón. El pájaro quiere hacer su nido pero tú te estás robando su árbol".

Llevaron a mi amigo a comisaría y allí le anunciaron que lo multarían  por destrozar el mobiliario urbano, pero que tendría que dejar su arbolito para que lo trasplantaran a un vivero de Parques y Jardines. El trató de explicarles que no sería posible separarlo de su apéndice vegetal, pero no tuvo con quien hablar porque le habían dejado solo, sentado en un banco de madera. Cuando horas después vinieron a buscarlo, solo encontraron un arbol plantado en medio del patio, junto al banco en que habían dejado al detenido, pero de éste ni huellas. Supusieron que se había fugado y ahora los guardias comen cada día sus refrigrios bajo un frondoso arbol en el patio, escuchando enternecidos los gorgeos del pájaro que hizo su nido en la ramas de lo que un día había sido Eutimio Buenasperas. (rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)


 

Tags: Una astilla en el dedo

Publicado por Desconocido @ 23:33
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