El responsable de hacer reir al desaparecido Pontifice en los últimos seis años de su vida fue un joven español, hoy abogado que se hacía llamar "Payaso Japo". Por Rubén Adrián Valenzuela
Una antigua y prestigiosa revista norteamericana tenía entre sus secciones más leídas una selección de chistes y anécdotas jocosas que publicaba bajo el título genérico de "La risa, remedio infalible". El humor sutil y las situaciones divertidas tenían aquí cabida y puede que se trate de uno de los primeros ejemplos de periodismo interactivo, ya que lectores de todo el mundo podían colaborar con aportaciones de su propia cosecha.
Con el tiempo, el título de la columna ha devenido en verdad científica y cada vez son más los trabajos de investigación que nos hablan de los beneficios de reirse a mandíbula batiente. Dicen que Cicerón fue uno de los primeros que se preocupó del tema, pero sus trabajos quedaron inconclusos y hoy sólo nos sirven como dato referencial.
Reirse, cosa que algunos sólo aceptan cuando se trata del prójimo (parece ser que sólo los muy inteligentes son capaces de reirse de sí mismos), es tan beneficioso que hasta el colesterol, el azúcar en sangre y el estres se baten en retirada cuando nos reímos de buena gana.
Los niños, maravillosos seres que han venido al mundo para ser felices, pero que en algunos sitios explotan como mano de obra, tienen la capacidad de reirse hasta 300 veces por día y se afirma que su risa transparente y cantarina es una de las más contagiosas.
Fritz Perls, el cientifico investigador alemán al que se considera el padre de la terapia Gesthalt, buscaba descubrir el momento en que los niños -en su tránsito hacia la etapa adulta-, pierden la capacidad de asombro y alegría que les es característica. "Darsecuentidad" la llamaba Perls, quien creía que era posible volver hacia ese estado de pureza y felicidad mediante una adecuada terapia, capaz de hacernos ver en qué etapa de nuestras vidas hemos perdido la alegría de vivir.
Uno de los adultos a los que más se vio reir en público era el desaparecido Papa, Juan Pablo II, a quien se le llegó a considerar un santo en vida y se cree que será encumbrado a los altares de la santidad en menos de diez años.
El responsable de hacer reir al desaparecido Pontifice en los últimos seis años de su vida fue un joven abogado español que se hacía llamar "Payaso Japo". "Contagiaba a todos con su risa y era tan abierta y sincera que incluso algunos peregrinos enfermos rieron por primera vez en muchos años", cuenta hoy el payaso Japo, quien se desempeña como profesor de Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos, de Madrid.
Japo, quien en realidad se llama Diego Pool dice que algunos miembros del equipo asesor de Juan Pablo II llegaron a temer por la vida del Pontífice, a raíz de las risas que le arrancaban las chirigotas del payaso Japo. "Se reía hasta las lágrimas y pateaba en el suelo con verdadera felicidad infantil", dice el joven abogado, quien aclara que "ni era católico ni creyente" cuando lo llevaron a actuar ante el Papa. "Hoy creo que él me ve desde el cielo y se sigue riendo con mis actuaciones".
El temor del séquito papal no era infundado. A pesar de los beneficios de la risa,hay quienes se han muerto de un ataque cardíaco producto de un acceso incontrolado de risa. Es que todos los excesos matan. (
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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