CON TEXTOS DE LUIS SEPÚLVEDA y del escritor gerundense José Mª Gironella, autor de "Los cipreses creen en Dios" y de "Un millón de muertos", un homenaje a la mujer que hoy, con gran denuedo, rige los destinos de Chile
Por Rubén Adrián Valenzuela
Una mañana fría, llena de lluvias y de olvidos, desde la terraza del Picnic, en Sitges, frente al mar Mediterráneo, le cuento a la mujer que amo un cuento de José María Gironella (un catalán genial al que la historia todavía no le abre sus páginas), donde habla de "el día que se murió el mar". Es un relato bello, estremecedor y alucinado, que nos hace desear con fervor que aquel día no llegue nunca, nunca.
Ella, la mujer amada, catalana que vivió los tiempos del catalán proscrito y corrió delante de los represores para gritar contra el franquismo y los franquistas, no comparte mi entusiasmo por el autor de "Los cipreses creen en Dios" o "Un millón de muertos", entre otras cosas porque se quedó en España mientras media España no pudo quedarse y porque "Gironella escribió bajo licencia del franquismo".
Yo no comparto estos juicios no sólo porque creo que el gerundense era más cristiano que franquista y más escritor que militante. Su obra, para la que un día por escrito y con gran difusión (en un diario de tiradas milcentenarias) llegué a pedir el Nobel de Literatura, fue tan trascendente que le cambió las cifras a la Historia, la que lleva h mayúscula. Dijo que aquí, tras la Guerra Civil hubo un millón de muertos, pese a que los caídos en el frente y las "limpiezas" no pasaban de quinientos mil. "Es que aquel que mató a su hermano estaba tan muerto como el que cayó con el pecho agujereado en uno u otro bando", me dijo, por teléfono, un día que le pedí una entrevista a la que antes llegó la muerte artera.
Y entonces, en Sitges, frente al Mar de Sitges que tanto adoro, la mujer amada y yo hablamos de amor y de odio, de generosidades y rencores, de perdón y de esperanzas. Así, llegamos al ejemplo, tan reciente y tan alegre de Michelle Bachelet, la mujer a la que los votos encumbraron a la primera magistratura de la República en Chile. Ella, con su padre torturado y muerto en las cárceles de una dictadura tan o más oprobiosa que la de Franco; ella, que sufrió el vejamen y el maltrato militar en un campo de concentración al que la llevaron con su madre, supo perdonar (un día, mientras era ministra de defensa se encontró en el ascensor de su casa con uno de los uniformados que la torturó y violó

y transmitirle al pueblo un mensaje de amor y de esperanza. No permitió que se le muriese el mar, como imaginó Gironella y sembró el campo de esperanzas y de nuevas ilusiones. Por eso tanta gente,hoy, habla del fenómeno Michelle. Y hasta los poetas le cantan a su hacer. Sé que a muchos podría parecerles extrano y ajeno, por lo lejano, el ejemplo de esta mujer que volvió del exilio para poner de pié al pueblo, como vaticinó en su día Salvador Allende: "Se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre a la conquista de una vida mejor". Y es por lo mismo que el escritor Luís Sepúlveda -"El viejo que leía novelas de amor"-, escribió lo que sigue que, a pesar de que circula profusamente por internet, he querido compartir con los lectores:
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En la historia política chilena, solamente Pedro Aguirre Cerda, en 1938, y Salvador Allende en 1970, generaron un sentimiento colectivo de esperanza tan fuerte como el que rodeó a Michelle Bachelet en estas elecciones. Un portavoz de la derecha intentó descalificarla aduciendo que el prestigio político se conseguía en una suerte de escalafón de funcionario, pero sus votantes decidieron que el prestigio político de Michelle Bachelet estaba construído justamente por su forma de ser: una mujer serena, una doctora que, de la misma manera como Allende fue ministro de salud, también ocupó esa simbólica cartera ministerial, además de la de defensa en un país con las heridas todavía abiertas y al que los militares aún deben una humilde petición de perdón por los crímenes cometidos, por ejemplo, el asesinato del General Alberto Bachelet, militar fiel a la Constitución y padre de la recién elegida Presidenta.
Y cómo no iba a generar esperanzas una mujer separada que ha criado sola a sus hijos, una mujer que no vacila en reconocer su derecho al agnosticismo, una mujer que, junto a su madre pasó por uno de los mayores centros de horror y tortura como fue Villa Grimaldi, y salió entera, sin odio pero con una vocación inquebrantable de justicia. Cómo no iba a generar esperanzas una mujer socialista que jamás ha renegado de sus convicciones de izquierda ni se auto sometió a un dudoso reciclaje doctrinario.
Recuerdo una mañana, poco antes de ser nominada candidata, que en Villa Grimaldi hablé con varias personas y consulté qué opinaban de ella. Una amiga hizo una definición que se quedó grabada en mi memoria, dijo: “Michelle es como es, y eso es muy difícil de conseguir pero muy fácil de percibir; es transparente, habla y te mira a los ojos, te toca, logra que te acerques, te trasmite su seguridad pero también sus dudas; es una mujer de carne y hueso, no es un producto del poder económico o de complicidades políticas. Michelle es así porque se alimentó de las mejores esperanzas de su generación.”
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