Una noche, transcurridas ya unas semanas, la pequeña
nieta del muerto vino a la habitación de su madre.
Había soñado con su abuelo y se la veía muy contenta,
pero sus padres la mandaron callar. Tenían sueño,
querían dormir y no estaban de ánimo para escuchar
cuentos al amanecer.
Por Rubén Adrián Valenzuela
El viejo doctor cenó con su hija y su yerno y comenzó
a sentirse mal antes de ir a la cama. Hacia la
medianoche había muerto sin dar tiempo, siquiera, a
que lo viera un médico y el certificado de defunción
no pudo precisar si la causa de la muerte había sido
un infarto o un derrame cerebral.
La familia quedó desolada, pero más el antiguo socio
del viejo doctor, pues se quedaba sin cobrar un
importante capital que le había facilitado para
sacarlo de un apuro y perdía unos documentos,
cruciales para la marcha del negocio que ambos habían
puesto en marcha.
La hija no pudo hacer mucho. Sin dinero para pagar las
deudas de su padre y ajena a sus trapicheos y
papelería, vio cómo el antiguo socio se hundía en la
desesperación.
Una noche, transcurridas ya unas semanas, la pequeña
nieta del muerto vino a la habitación de su madre.
Había soñado con su abuelo y se la veía muy contenta,
pero sus padres la mandaron callar. Tenían sueño,
querían dormir y no estaban de ánimo para escuchar
cuentos al amanecer.
"Mañana nos cuentas tu sueño", dijo el padre, pero a
la mañana siguiente la niña no recordaba nada y nadie
se preocupó más del asunto.
Los adultos, en esas conversaciones en las que dejan
fuera a los pequeños y que, como decía el poeta Pablo
Neruda "dividen tanto el mundo de los niños con sus
familias", comentaban que la muerte del abuelo
probablemente había trastornado más de la cuenta a la
chiquilla.
-Hay que vigilar que no vuelva a tener pesadillas-,
dijo el padre.
-Pero las pesadillas son traumáticas, hacen sufrir y
ella estaba feliz-, retrucó la madre.
Dieron carpetazo al asunto deduciendo que la sola idea
de soñar con su abuelo fallecido llenaba de gozo a la
nena, pero ésta no volvió a hablar de sus sueños.
Una noche, sin embargo, cuando las luces de la casa
estaban apagadas y todo el mundo dormía en sus
habitaciones, se escuchó un grito trepidante, lleno de
jolgorio, como los que dan los niños mientras abren
sus regalos al pie del árbol de Navidad.
-¡Mamá, papá... Vengan, vengan pronto!-
En el que había sido el despacho del viejo doctor,
donde a veces pasaba consulta y miraba la avenida
Diagonal desde una de sus ventanas, la chica había
descubierto una especie de armario empotrado, lleno de
documentos, carpetas, cartas, documentos de depósitos
bancarios, acciones al portador y más de 50.000 euros
en billetes de 500.
- ¿Qué has hecho? ¿Cómo encontraste esto?, preguntó el
padre, casi gritando.
- ¡Me lo dijo el abuelo, en sueños!
- Y el librero metálico éste... ¿Cómo lo has movido tú
sola?
- El abuelo me ayudó. Él quería mostrarme la puerta
del armario empotrado.
La niña dijo que había recibido instrucciones para que
una parte del dinero y las acciones fuesen entregadas
al antiguo socio del viejo doctor y la otra parte se
destinase a pagar la hipoteca de un apartamento que
dejaba en herencia a su nieta.
Ahora la hija y el yerno del viejo doctor han puesto a
la niña en manos de un sicólogo que, se piensa, la
ayudará a superar los traumas que esta experiencia
sobrenatural pueda haberle causado .
El sicólogo, como buen profesional, toma nota de todo
lo que le dice la chiquilla y de vez en cuando juega a
la Lotería Nacional, siguiendo las instrucciones de su
joven paciente, que le dicta los números del billete
que debe comprar. No se sabe si ya ha cobrado algún
premio, pero hay quien dice que en menos de un año el
sicólogo ha cambiado dos veces de coche y que se está
comprando una masía en El Tagamanent.
A la niña, de vez en cuando, se la ve hablar sola,
reir con mucha frescura y cada tanto, cuando sus
padres se muestran escépticos de las predicciones que
ella formula, guiña un ojo, hace como que acata las
instrucciones de sus padres y comenta por lo bajini:
"Si abuelo, es que los adultos son tan incrédulos..."
(
rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)
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