lunes, 26 de enero de 2009
A veces, detrás de una palabra de difícil pronunciación se oculta una verdad insospechable, maravillosa,
que nos revela lo muy desarrollados que estamos y lo poco que sabemos de nuestras facultades, físicas y psíquicas



Por Rubén Adrián Valenzuela       


 La estereognosia es una de aquellas palabras que te dan
problemas hasta para escribirlas y
con la que, difícilmente, alguien en un concurso de
conocimientos en la tele, se llevaría el premio mayor.
Sin embargo encierra una de las propiedades del ser
humano que la ciencia y la tecnología están a años luz
de reproducir en los laboratorios.
Ningún robot o máquina prodigiosa podrá estar dotado
nunca de estereognosis; los magos la han utilizado
durante décadas como fenómeno paranormal y los ciegos,
por ejemplo, no podrían llevar una vida medianamente
activa si carecieran de ella.
Pero, ¿qué es en realidad la estereognosia? El
diccionario la define como la facultad de percibir la
forma y los volúmenes de los cuerpos, utilizando las
sensibilidades táctil y muscular. Y aunque resulte
farragoso y hasta parezca un galimatías, resulta que
esta facultad sólo la poseemos los humanos y la
utilizamos una y cien veces cada día.
El lector puede comprobar lo que afirmo, metiendo una
de sus manos en un bolsillo, bolsa o cartuchera
repleto de monedas de distinto tamaño y valor
numismático. Elija entonces entre una de ellas y
descarte, por ejemplo, las de menor valor. Así, sin
mirar y casi sin reflexionar, sabrá que las de más
peso y volumen, aquellas que tienen el borde estriado,
son de 2€.. El ejercicio se puede repetir con
billetes de 5, 10, 20 o 50 € y muchas veces se
acertará, aunque también habrá errores, porque no nos
entrenamos cada día para mejorar estas aptitudes. Un
ciego, sin embargo, difícilmente se equivocará,
acertando con objetos más variados y de naturaleza más
incierta.
Mi abuelo materno, que era ciego por culpa de un
acidente laboral, llegó a dominar tan bien la
estereognosia que era capaz de describir los colores
de ciertas telas, especialmente el casimir, con sólo
tocarlas. Y había afinado tanto su oído, que
distinguía a una persona civil de un uniformado.
“Este camina golpeando los tacones en el
suelo... Debe ser carabinero o milico”, le dijo
una vez a mi padre, que en una comida familiar estaba
presentando a un amigo, efectivamente policía
uniformado.
Hoy, los ciegos que leen en el sistema braille
practican la estereognosis, pero no lo saben. Y los
ilusionistas y prestidigitadores que, a ciegas o con
los ojos vendados, manipulan cartas de la baraja o
candados y esposas, se sirven de esta prodigiosa
facultad, para la que podemos entrenarnos en casa sin
aspirar a ganarnos la vida en un espectáculo de feria.
Cuando metemos la mano en el bolso o cartera de señora
para buscar una llave (o cuando un ladrón lo hace para
llevarse la billetera), es la estereognosia la que
está actuando y si estos pequeños gestos los
repitiéramos conscientemente muchas veces al día,
llegaríamos a desarrollar habilidades tremendamente
estimulantes.
Lo que está claro es que ninguna de estas capacidades
(si no se hacen trampas claro), las llegará a
desarrollar un engendro mecánico que quiera parecerse
al hombre o clonarlo. Seguimos siendo una de las
criaturas más portentosas de la creación, pero vivimos
acomplejados, minimizándonos, convencidos de que
dentro de nada seremos reemplazados por la
inteligencia artificial.
(rubenadriainvalenzuela@yahoo.es)


Tags: Una palabra maravillosa

Publicado por Desconocido @ 22:52
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