domingo, 25 de enero de 2009
A escala cósmica somos tan absolutamente
insignificantes y pintamos tan poco en los planes
divinos -si es que hubiera algún plan para nosotros-,
que resulta incomprensible que nos pasemos la vida
matándonos unos a otros, en guerras indecibles, con
dioses vengativos y profetas no afeitados.




El Gran Bostezo


Por Rubén Adrián Valenzuela   


Si cogemos un puñado de azucar con la mano y lo
arrojamos con fuerza al centro de una mesa de comedor,
tendremos una breve representación de lo que fue el
"big bang". Y si luego, al sacudirnos, vemos que
algunos granitos han caído lejos, cerca de los
márgenes que conducen al abismo, tendremos la exacta
dimensión de lo que representa la tierra y la galaxia
en que se mueve. No somos nada y tenemos la pretensión
de estar hechos a imagen y semejanza del Creador, de
ese Gran Hacedor que nos puso en la periferia de todo,
destinando lo mejor de sus energías e imaginación a
construir galaxias en las que hay, como en la de
Andrómeda, hasta un billón de estrellas, todas más
grandes que nuestro Sol.
¿Por qué, pues, iba Dios a interesarse por crear vida
inteligente, solamante, en este penúltimo granito de
azúcar de la Vía Láctea, una más de las casi 50
galaxias que forman el llamado Grupo Local?
Ricard Casas, director del observatorio de la
Agrupació Astronómica de Sabadell no compara la
galaxia en que nos movemos con un puñado de azúcar,
sino con una ensaimada "con un abultamiento en el
centro y cuatro grandes brazos enrollados a su
alrededor".
El sistema solar, el que nos da vida y
-de momento- estabilidad, está casi en el borde
exterior de uno de estos cuatro brazos de la gran
ensaimada, nada más y nada menos que a 26.000 años luz
del centro de la Vía Láctea, a la que, por otra parte,
no le quedan más que unos dos mil millones de años de
vida.
A escala cósmica somos tan absolutamente
insignificantes y pintamos tan poco en los planes
divinos -si es que hubiera algún plan para nosotros-,
que resulta incomprensible que nos pasemos la vida
matándonos unos a otros, en guerras indecibles, con
dioses vengativos y profetas no afeitados.
Si verdaderamente existe un cielo al que iremos
después de morir, no será ni a las estrellas, ni al
Sol ni a las galaxias lejanas. Tampoco viajaremos a un
gran agujero negro en el que desapareceremos para
reaparecer, convertidos en luz, al otro lado del
intestino del Gran Arquitecto. Estaremos en el cielo
simplemente con desaparecer de este mundo, el
verdadero infierno, en el que hemos venido a parar por
nuestros pecados pasados, por nuestras guerras sin
remisión, por nuestros crímenes sin perdón.
Viajamos a bordo de un planeta que se mueve a razón de
30 kilómetros por segundo. La Tierra va buscando al
Sol que, a su vez, se desplaza a  217 km/s en pos del
centro de la Vía Láctea (nuestro granito de azucar
suburbial) que se dirige a velocidad de vértigo hacia
un choque con la galaxia de Andrómeda, donde seremos
engullidos... ¿para siempre?
Todo está previsto ya y el cataclismo ocurrirá, de
modo inexorable, dentro de unos dos mil millones de
años luz, es decir, en un bostezo del Gran Creador.
(rubenadrianvalenzuela@yahoo.es)

Tags: Y allí seremos engullidos

Publicado por Desconocido @ 7:47
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