jueves, 22 de enero de 2009

La idea de este libro surgió de modo inesperado y comenzó con tres accidentes. Y fue en el despacho del Lama catalán Jamjan Tashi Dorje Rinpoché donde comenzó a tomar forma, justo cuando yo le explicaba, con los ojos llorosos y el cuerpo lleno de magulladuras cómo, en menos de seis horas me había caído a la entrada del Monasterio, provocándome un esguince; en unas escaleras de la residencia, magullándome una costilla, el brazo y el hombro izquierdos y en la explanada, a la salida del comedor, donde ya me sangraron las rodillas, las palmas de ambas manos y el mentón.


Por Rubén Adrián Valenzuela (El Garraf, Barcelona)



Le conté al Lama Jamjan Tashi Dorje Rimpoché mis accidentes en su monasterio.Él me miraba risueño, en silencio, con los ojos llenos de bondad. Y hablamos durante varias horas, al cabo de las cuales, cuando me despidió, yo no sabía por qué mi llegada a ese recinto sagrado había sido tan dolorosa. Pero sí, que haríamos este libro.

.Rimpoché no intentó explicar la razón de mis accidentes en su casa, pero me hizo comprender el porqué del sufrimiento, la inutilidad de los apegos y la definición de la felicidad personal. Y una mañana, mientras me contaba historias de su vida y la peripecia, casi inaudita de crear un Monasterio Budista en El Garraf –“al sur de Barcelona”, le había dicho un Lama en la India -, salió el tema de mis accidentes y de otros, mortales en algún caso, que ha habido en ese lugar.

Con el correr de los días, comprendí por qué nunca antes había adoptado un maestro que me sirviese de guía y cómo, pese a que mi vida había estado plagada de momentos felices y coronados con el éxito, la angustia y la desolación habían sido mis compañeras inseparables.

“Descubrir la insatisfacción” –me dijo-, “es como descubrir a tu enemigo”.

Al enemigo se le combate declarándole la guerra…

“O no. Si descubres sus tácticas, ya puedes neutralizarlo, usando sus mismas armas. Entonces deja de interesarte, porque ya sabes que no conduce a la felicidad”.

Rimpoché dice que su misión en la vida es crecer y sabe que la vida mundana, el éxito, el dinero y la notoriedad social (todas cosas que él ha conocido) no dan la felicidad.

“Cuando las cosas comienzan a ir mal en tu vida social y laboral, comienzan las enfermedades, y sé muy bien de qué hablo”.

Nacido en 1951, en Barcelona; hijo de empresarios acaudalados y emprendedores; socialmente exitoso y con un porvenir lleno de promesas y tentaciones, dejó la carrera de medicina y el mundo de los negocios y se vio, de pronto, en la miseria. Viviendo con su madre en una habitación que le dejaban unos tíos, conoció el hambre y el frío, supo del desprecio de los que antes le llamaban amigo y se enfermó.

Debe usted haber incubado mucho rencor

“No, ni rencor ni amargura, sino una conclusión: Esa vida no la quiero. No da la felicidad ni la paz interior.”

Cuenta que comenzó a sufrir dolores de cabeza. Eran verdaderas migrañas que convertían su vida en un suplicio y lo hacían recurrir a toda clase de medicinas y terapias.

Un día, en el autobús, un argentino algo mayor se dio cuenta de que estaba mal, padeciendo una jaqueca criminal y, pese a que no le conocía de nada, lo invitó a su casa, para que le viera su esposa. Él preguntó si la mujer era médica pero no, resultó que era medium. Imponía las manos y curaba a las personas de diversas dolencias a las que la medicina tradicional no les hallaba respuesta.

“Cuando salí de la casa de ese matrimonio” –cuenta hoy el Lama-, “yo era otra persona. La mujer me dijo que mis dolores eran consecuencia de unas energías que había en mí, que me permitirían ayudar a otras personas. O sea, que yo tenía dotes de sanador”.

Cuando se despedían, a las puertas del modesto apartamento de la vidente y su marido argentino, el Lama cuenta que lanzó una exclamación que hasta el día de hoy no olvida: “Esto es mejor que haber ganado veinte millones en la Lotería”.

¿Comenzó entonces su carrera como sanador?

“En buena medida sí… Comencé a experimentar con algunos conocidos, imponiéndoles las manos. En algunos casos obtuve unos resultados espectaculares”.

¿Ha obrado algún milagro?

“Primero habría que definir qué es milagro. Si el hecho de que alguien que te viene a ver en silla de ruedas, cuando se va deja la silla y sale caminando, puede considerarse milagroso, he hecho milagros. Si alguien viene con un tumor que le está matando y le quitas el tumor, hablamos de un milagro”.

Pero está certificado eso? ¿Hay algún registro, una prueba médica de que ocurrió así?

“No hace falta certificar nada, porque es algo que sólo interesa a la persona afectada y a mí. Si yo veo que alguien tiene una piedra que le está matando y ese alguien no ve la piedra, yo se la quito porque la veo y ya está. Es una posesión, es algo que está dañando a ese alguien y si yo le ayudo, a quien le sirve es a esa persona, a nadie más y no hace falta registrarlo”.

Las instituciones oficiales podrían querer decir algo…

“Que digan lo que quieran, yo no hago mal a nadie”.

A otros los han quemado en la hoguera por haber hecho lo que usted hace.

“Sí, y santa Teresa se les escapó por lo pelos, pero los tiempos han cambiado”.

¿Ha tenido problemas con las instituciones?

No, he sido muy modosito. De hecho, no me enfrento con nadie y convivo con la ciencia. Yo intervengo en aquellos campos en los que la ciencia no ha encontrado respuestas”.

Rinpoché se lamenta de que sus capacidades se vayan a ir con él cuando muera. Como se trata de un don para el cual no hay recetas, no podrá transmitirlas a sus discípulos ni dejar tratados escritos para que otro asuma su papel cuando él ya no esté. Y puesto que no hay técnicas ni trucos de prestidigitador, ni siquiera él sabe como explicarlas.

¿Cuál es el secreto?

“No hay secreto. Yo me pongo en oración y suceden cosas. A veces, cuando estoy frente a una persona muy necesitada de ayuda, veo venir unos puntos de luz, brillantes, que bajan hacía mí y cuando salen, son negros y la persona está aliviada”.

¿Le afectan las historias que le cuentan, los casos que conoce?

“Cuando viene una madre que ha perdido a su hijo, siento que se establece una relación de ternura que me conmueve. Creo que la muerte de un hijo es un dolor que no te hace crecer. Todo lo demás se puede superar con el desapego, pero la pérdida de un hijo no te hace crecer. Hace poco vino a verme una señora inglesa que acababa de perder a un hijo de 17 años que padecía síndrome de down. Como sabes, en esos casos hay una relación muy intensa madre-hijo, viven muy pendientes de sus necesidades y su evolución. Y si de pronto lo pierden, el dolor es tremendo.

¿Y usted qué hizo para consolarla?

“Nada, te sientes impotente, incluso para entrar en oración. Hubiera hecho cualquier cosa para ayudarla, pero el dolor de una madre o de un padre que ha perdido a su hijo sólo lo puede comprender alguien en la misma situación. Y si no, no puedes ofrecer consuelo que valga”.

Cuando murió la primera de mis hijas, de nueve meses apenas, alguien cometió la estupidez de decirnos que mi mujer y yo éramos jóvenes y que podíamos tener más hijos…

“Con la vida no se puede jugar. Y si nos ponemos filosóficos tienes que pensar que por karma eso te ha sucedido por algo que has hecho en el pasado, a lo mejor en otra vida”.

 

O sea que es cuestión de ponerse en oración…

“No siempre. No es una cosa que yo domine y que pase cada vez que yo quiera. Tengo que estar dispuesto, limpio de alma y orar con toda mi intención. Entonces ocurre, lo veo claramente y sé que todo va a ir bien”.

El Lama, a quien su madre quería ver convertido en ginecólogo, se siente muy a gusto (“orgulloso” es la expresión que usa) de su relación con el mundo espiritual. Cada mañana, al levantarse para comenzar sus oraciones y meditar, consulta el mo-ho y, atendiendo a lo que allí ve, toma sus decisiones. El mo-ho es una especie de baraja tibetana, de 60 cartas () falta añadir datos. “Me asombra” –dice-, “cómo la gente puede tomar decisiones a ciegas, sin tener a nadie que le guíe. Y entonces me digo que soy un ser afortunado por tener esta relación con el mundo espiritual”.

Usted habla de relación con los seres espirituales como si fuera lo más natural del mundo, como si cualquiera de nosotros pudiera establecer esta relación y conectarse al mundo espiritual.

“Es que se puede. Mediante la meditación y la oración se puede lograr un nivel de conciencia

(rubenadrianvalenzuela@yahoo.es) 

 

 


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Publicado por Desconocido @ 8:21
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