Mauricio Valenzuela Mujica vivió 26 años, durante los cuales tuvo tiempo de convertirse en poeta, animador de programas de televisión y bailarín de brakedance (junto con su hermano Leonardo integró un dúo que ganó un concurso nacional de esa modalidad de baile en el programa “Tocata” de Televisión Española). Tenía unos ojos brillantes y limpios, una nariz abundante y una lengua que a la hora de hacer jugarretas podía alcanzar proporciones increíbles. Pero, por sobre todas las cosas, era poeta y le gustaba jugar con las palabras, buscar su significado inconfeso. Amante tardío de la “beat generation”, cuyos libros encontró en mi biblioteca, descubrió deslumbrado a Ferlinguetti y a Kerouac. A Ginsberg y a Gregory Corso. Aprendió a disfrutar con las canciones de Bob Dylan y a él, inmerecedor de todo homenaje, le dedicó varios de sus buenos poemas. Pero a Mauricio, como a miles de jóvenes en éste y el otro lado del Atlántico, le gustaba ducharse con lujuria. Sus estancias bajo el chorro podían durar horas y aunque le llamasen para avisar que su plato con comida caliente ya estaba en la mesa, él se tomaba un tiempo para seguir con su disfrute... Por eso que cuando resbaló en la bañera y se desnucó, nadie lo fue a buscar, mientras la lluvia de la alcachofa caía y caía... Encontraron su cuerpo cuando ya estaba yerto y yo no me consuelo de su muerte, a pesar de los años. Y alejando la lluvia que inunda mis ojos, repaso hoy las páginas de su póstumo libro: “El aprendiz de brujo. Mis peores poemas” (Editorial Casa Doce/ Santiago de Chile)
“Nada consiguió matar al Quijote/ mientras estuvo loco./El Quijote se volvió cuerdo/ Y entonces/ se murió”.
No sé cómo he llegado hasta aquí y no sé si alguien leerá esto, pero es lo de menos. Para mí Mauricio fue aire fresco en un pueblo cerrado como Guadarrama. Gracias por recordarme que yo también le quise.