Parece que los jueces españoles hubiesen visto todos la película "Kramer contra Kramer", porque no saben dictar otro tipo de sentencia que la que aplicaba una jueza norteamericana al hijo norteamericano de una pareja norteamericana.
Por Rubén Adrián Valenzuela Ilustración Krahn
Aferrado al cuello de su padre, el chico llora que conmueve. Solloza, gime, chilla y suplica pues no quiere separarse del hombre al que, por una sentencia judicial, sólo puede ver cada dos fines de semana. Pero esta noche de domingo quiere que sea papá quien lo lleve a la cama y le lea un cuento antes de dormirse. Y que, también papá, le lleve a la mañana siguiente al colegio, pues desde que tiene uso de razón, ese simple gesto, que para muchos es cosa habitual, le ha estado prohibido. Al colegio lo pueden llevar sus abuelos maternos, sus tios, sus primos o el vecino de la tercera planta, pero nunca su padre, quien ha de mantenerse alejado no sólo porque así lo mandó la justicia, sino porque a su madre le parece que, permitirlo, le puede causar graves trastornos y alterar su rutina de vida. Así ha sido desde que las cosas no le importaban., cuando apenas se alzaba sobre el año y medio. Pero ha crecido, sabe elegir y prefiere a su padre antes que a su madre, no porque a esta la quiera menos, sino porque ella "siempre dice no" y pocas veces da buenos argumentos para sus negativas.
En miles de hogares a lo largo de la geografía española la escena de un progenitor llevando a su hija o hijo a la casa o apartamento de su ex pareja se vive en domingo, que es un día que supuestamente está destinado al descanso y la alegría. Pero así lo ha dictaminado un juez de familia, generalmente una mujer, que jamás se detiene a pensar en el niño, sino en que debe ser leal con el sexo al que pertenece y porque la tradición así lo manda: "Los hijos con la madre, que el hombre no hace falta para estos menesteres".
Se diría que todos los jueces de España han visto la película "Kramer contra Kramer" (Robert Benton, 1979, con Dustin Hoffman y Meryl Streep), porque ninguno se atreve a innovar y porque la sentencia: "El padre podrá verle cada dos fines de semana alternos y unas horas, entre semana, a la salida del colegio", es la que imponía una jueza norteamericana al hijo norteamericano de una pareja norteamericana, que acaba reconciliándose por el bien del hijo. Pero los finales felices sólo se ven en las películas. En la realidad y particularmente en este país, los hijos son para algunas mujeres una operación comercial, unos rehenes con los que fastidiar a su expareja por años y años, al tiempo que se recubren de cierto prestigio social por aquello de "es madre soltera y está sacando ella sola a su hijo, adelante".
En el caso al que me refiero, el niño sólo conoce como familiares a quienes forman el entorno de su madre. No sabe que por parte de papá también tiene abuelos, tíos, primos y hasta hermanos mayores (productos de un matrimonio anterior). Y a su abuela, que se está muriendo de vejez y enfermedad, aun no ha podido abrazarla, ni contarle sus estridentes relatos de las aventuras del Spiderman o El Jinete Fantasma, simplemente porque "es sudaca y vive al otro lado del Atlántico".
A la espera de un cambio de talante entre los jueces y buscando un acuerdo entre las partes, el niño se ha ido haciendo mayor. Tiene criterio propio, mira las cosas con los ojos del alma y siente que no es con su madre que está mejor. Muchas veces se ha ido a la cama sin verla por la noche, pues sus ansias de no delegar y de enfrentarse ella sola a la maternidad, la llevan a trabajar como posesa aquí y allá. Pide ayuda, pero no la adecuada y más de alguna vez el "kanguro" o amigo en el que delegó responsabilidades le falló. Y cuando el chico se accidentó o provocó un incidente desafortunado, ya en el cole o en el parque, fue su abuela o un amigo el que acudió a socorrerle, pues "mamá estaba trabajando".
Un estudio realizado por una universidad francesa, hace ya cierto tiempo, reveló que la palabra que más escuchan los niños en su primer año de vida es "No". No esto, no lo otro y no lo de más allá. Pero lo más grave que demostró esta investigación es que al menos el 84 por ciento de las veces que se había dicho "no" a un niño, la negación carecía de sentido. Se dice no por sistema y no se admiten réplicas. El niño, al que muchos ven como un pequeño diablillo que sólo quiere satisfacer sus instintos, no sabe lo que dice y si lo dice y lo sabe, no importa; es un ser humano con derechos al que, a modo de disciplina se le ha hecho entender que son los mayores los que mandan, aún sin estar preparados para ello. Y así vamos por la vida, contribuyendo a las sicopatías y las depresiones. Ya se sabe: Un niño reprimido será represor; un niño criticado será critico, etc.
Alguien decía en
larevista@el-mundo.es que "no envejecemos porque se oxiden nuestras células, sino porque nuestro entorno deja de sorprendernos" y la muerte de los sueños infantiles tiene mucho que ver con las frustraciones de un adulto. (
rubénadrianvalenzuela@yahoo.es)
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