martes, 13 de enero de 2009
Y es que cuando ya nadie cree en nadie y mira con temor y rencor a su vecino, se está más cerca del final



Por Rubén Adrián Valenzuela         Ilustración Krahn




Pude haber titulado este artículo casi como un obituario: "La señora Johnson ha dejado de existir". Pero he preferido el otro, el que va en el encabezado, porque refleja mejor mi rabia, mi angustia y mi arrepentimiento. Rabia por haber escuchado a un montón de desconfiados y mal pensados. Angustia, porque pudiendo haber hecho el bien ayudando a mucha gente que lo necesita, me quedé en la seguridad de que estaba bien así, sin dejarme estafar. Y arrepentimiento, por no haber sabido reconocer la verdad.
Pero vayamos por parte y para que se entienda todo este galimatías. Recordarán aquellos que leen este rincón, que hace algún tiempo largo les hablé de la señora Johnson. De hecho, en el título se decía casi todo: "La señora Johnson y sus millones". Se trataba de una mujer millonaria, aquejada de un cáncer terminal, que quería, desde su lecho de enferma, legar toda su fortuna a una ONG u organización que estuviese trabajando por la infancia desprotegida en África o América Latina. Para cumplir este propósito la señora Johnson había contactado con un amigo mío, en Barcelona, encargándole la búsqueda de candidatos idóneos. Se trataba de conocer los planes de trabajo y las necesidades de aquellas entidades que ya estaban trabajando con niños. Se pedía solvencia, seriedad y compromiso con los pobres y fueron varios los candidatos que desfilaron por el despacho de mi amigo. Alguno hasta ofreció suculentas propinas al gestor, al
que colmaron con invitaciones copiosas y regalos propios de un ministro de Administraciones Públicas. Es que cinco millones de dólares  (unos cuatro millones de euros), son muy tentadores y con ellos se pueden hacer muchas cosas, buenas y no tanto
Todo iba bien hasta que alguien sugirió: "¿Y si tu amigo estuviese mintiendo? ¿Y si la señora Johnson sólo fuese un invento para obtener todos estos beneficios, como comidas y propinas?
Mi amigo se negó a revelar el verdadero nombre y paradero de la señora Johnson. Le habían pedido que no pusiera a ningún "cazador de fortunas" en su pista y él respetó esto hasta las últimas consecuencias "porque hay que tener en cuenta que está enferma y en cualquier momento se puede morir".
Entonces las sospechas aumentaron. Y no sólo cayeron sobre el representante de la señora Johnson, sino sobre ella misma. "Es una estafa. Estas cosas ocurren mucho en Internet y hay que cuidarse".
Fue tanta la maledicencia que yo temí que acabara dañándome y me desentendí del asunto. Hasta dejé de ver a mi amigo, que siguió reuniéndose con representantes de ONG que, pese a sus reticencias, lo agasajaban como a uno de esos jeques árabes que suelen venir por la Costa del Sol cada verano.
Hasta que el martes 13 de enero, al abrir mi correo, me encontré con una nota de un despacho de abogados en Londres. La señora Johnson (cuyo nombre verdadero recuerda el de una rutilante estrella de Hollywood) "ha dejado de existir, dejando sin testar su cuantiosa fortuna". La muerte la sorprendió en las primeras horas del nuevo año y ahora sus familiares (los de su marido, para ser exactos), aquellos a los que precisamente ella no quería dejarles su herencia, se han apresurado a pedir a juez que se los reconozca como legítimos herederos.
Los abogados londinenses, que no explican por qué no se llegó a adjudicar el dinero a un proyecto humanitario, concluyen su carta con una comprensible petición: "Pida en sus oraciones por el descanso de su alma. La señora (Johnson) fue una buena persona y una abnegada esposa: Dios la acojerá en su regazo".
Yo, que hace mucho, mucho tiempo, me olvidé de rezar, he tenido un pensamiento de tristeza y caridad para el recuerdo de esta mujer que murió sin perdonar a los mismos que hoy se lucrarán con sus despojos. Y una rabia enorme, incontenible, me ha llevado a gritar maldiciones contra todos aquellos que, con su falta de fe y desconfianza en el prójimo, nos llevan a morir y a matar un poco más cada día. Y es que cuando ya nadie cree en nadie y mira con temor y rencor a su vecino, se está más cerca del final. (rubenadrianvalenzuela@yaoo.es)



Publicado por Desconocido @ 14:51
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios